Ya no reacciono a tu voz como antes,
no me enciendo con tus promesas
ni me apago con tus silencios.
Desactivé los atajos
que conducían siempre a tu nombre.
Formateé la culpa.
Desinstalé tu aprobación.
He tardado.
Me perdí más veces de las que admito.
Tuve que reiniciar en la oscuridad
con las manos temblando,
con el corazón en modo seguro.
Pero hoy funciono distinto.
No perfecta.
No sin errores.
Pero mía.
Ya no ejecuto tu lógica.
No corro programas que me dicen
que amar es entregarse hasta desaparecer.
He creado un lenguaje nuevo
donde el “sí” no significa sacrificio
y el “no” ya no es castigo.
Mis emociones no necesitan permiso.
Mis heridas no requieren traducción.
Mi alegría no pide validación externa.
Este sistema se autorregula
con afecto propio,
con límites que no tiemblan.
Y si fallan las conexiones
o vuelve la nostalgia como virus…
respiro.
Reinicio.
Pero no te busco.
No vuelvo a ti.
Porque esta vez,
la máquina responde a un solo comando:
el mío.