El cansancio se me instala en la mandíbula,
ahí donde aprendo a sonreír
aunque me duela tragar.
Asiento con la cabeza
antes de pensar,
pido perdón con la lengua
antes de entender la falta.
Aquí todo es mi culpa:
si hablo,
si callo,
si respiro de más.
Siéntate derecha.
Cruza las piernas.
No ocupes tanto espacio.
Mi cuerpo aprende a encogerse
como un animal que ya sabe
dónde llega el golpe.
No tengo permiso para sentir.
Si nombro el miedo, es berrinche.
Si nombro el cansancio, exagero.
Si nombro el dolor,
me dicen que lo inventé.
Sonríe —
me dicen—
porque la tristeza te queda mal.
No grites.
No llores.
No tiemblen las manos.
Solo estás aquí
para sostener,
para aguantar,
para ser útil incluso rota.
Me quiebro por dentro
y nadie lo nota,
porque aprendí a esconder las grietas
bajo la piel.
Vivo con la calma clavada a grapas,
con la voz reprimida en la garganta,
con el pecho apretado
para que no se escape nada
que incomode.
Porque si me quejo, soy ingrata.
Si dudo, soy débil.
Si me duele, es mi problema.
Así que mi cuerpo obedece
antes que mi corazón.
Se tensa.
Se calla.
Se adapta.
Vivo condicionada a no sentir,
a sonreír mientras me borro,
a fingir que no pasa nada
mientras algo en mí
aprende a desaparecer.
Y sigo.
Respirando bajito.
Funcionando.
Como si eso
no fuera otra forma de violencia.