La Marca

La marca

Brasil, 2011.

La lluvia golpeaba los techos de São Paulo como si el cielo intentara advertir algo. Las calles brillaban bajo las luces amarillas y el ruido de los autos se mezclaba con el eco de las sirenas lejanas.

Miguel caminaba solo bajo aquella tormenta sin imaginar que años después terminaría sentado frente a cuatro tumbas hablando con personas que ya no existían.

En ese tiempo tenía veintiséis años, un empleo mediocre reparando sistemas eléctricos y una vida simple. No era rico. No era importante. Pero tenía sueños.

Y entonces apareció Sofía.
La conoció en una cafetería pequeña cerca de la estación del metro. Ella estaba leyendo un libro viejo, uno tan antiguo que parecía deshacerse entre sus manos. Miguel recordaría siempre aquella primera mirada porque hubo algo extraño en ella, como si Sofía ya lo conociera.

Hablaron durante horas.

Descubrieron que ambos amaban viajar, odiaban el ruido de la ciudad y tenían miedo a quedarse solos. Desde aquel día comenzaron a verse cada vez más seguido hasta que terminaron enamorándose.

Pero Sofía tenía secretos.

A veces desaparecía durante días completos sin explicar dónde había estado. Otras veces despertaba llorando después de pesadillas horribles.

—¿Qué soñaste? —preguntaba Miguel.

Ella siempre respondía lo mismo:

—No lo recuerdo.

Y mentía.

Meses después compraron una casa en las afueras de São Paulo.

Era una casa antigua. Demasiado barata para su tamaño. Los vecinos evitaban hablar sobre ella.

Un anciano incluso le dijo a Miguel mientras descargaba cajas:

—Las paredes de esa casa escuchan.

Miguel solo se rio.

Debió haber escuchado.

Los primeros meses fueron felices.

Decoraron la casa, consiguieron mejores trabajos y comenzaron a construir una familia. El tiempo pasó rápido y decidieron viajar a España para conocer a la familia de Sofía.

Allí Miguel descubrió algo extraño.

La familia de Sofía era rara. Demasiado callada.
Vivían en un pueblo apartado donde las personas cerraban puertas y ventanas antes del anochecer. La abuela de Sofía jamás miraba directamente a Miguel y siempre llevaba un rosario en la mano.

Una noche, durante la cena, la anciana tomó a Miguel del brazo con fuerza.

—Si alguna vez ves la marca… huye.

Miguel sintió un escalofrío.

—¿Qué marca?

La anciana abrió la boca para responder, pero Sofía golpeó la mesa.

—Basta.

El silencio se volvió incómodo.

Nadie volvió a hablar del tema.

Dos años después nació Ana.

Y por un tiempo todo pareció perfecto otra vez.

Cuando regresaron a Brasil, Miguel sentía que finalmente tenía la vida que soñó:

una esposa hermosa, una hija sana y un futuro brillante.

Pero la casa había cambiado.

Las paredes hacían ruidos extraños durante la noche. Se escuchaban pasos en el segundo piso, aunque no hubiese nadie. Las luces parpadeaban exactamente a las 3:15 AM.

Siempre a esa hora. Siempre.

Una madrugada Miguel despertó porque escuchó a Ana riéndose en el pasillo.

Se levantó confundido.

La encontró parada frente a la puerta del sótano, mirando la oscuridad.

—¿Con quién hablas? —preguntó.

La niña sonrió.

—Con el hombre alto.

Miguel sintió que el corazón dejaba de latirle por un segundo.

—¿Qué hombre?

Ana señaló la oscuridad del sótano.

—Ese.

Pero no había nadie.

O eso creyó.

Porque cuando cerró la puerta, juraría haber visto dos ojos observándolo desde abajo.

Poco después compraron una mascota para Ana: una pequeña perrita blanca llamada Nieve.

La llegada de Nieve cambió todo.

La perrita ladraba todas las noches hacia el mismo rincón de la casa. Gruñía a las paredes. Rascaba desesperadamente el sótano.

Y cada vez que daban las 3:15…

gemía aterrorizada.

Miguel comenzó a investigar la historia de la casa.
Y descubrió algo horrible.

La familia anterior había muerto allí. Todos.
El padre asesinó a su esposa y a sus hijos antes de incendiar la casa. El caso jamás se resolvió porque el hombre desapareció.

Y lo peor…

ocurrió exactamente a las 3:15 AM.

Miguel quiso mudarse.

Pero Sofía se negó.

—No podemos escapar.

Aquella frase quedó grabada en su mente.

Años después nació Mathew.

La familia volvió a encontrar felicidad por un tiempo. Miguel amaba a sus hijos más que a nada en el mundo.

Pero Ana comenzó a cambiar.
Hablaba sola. Dibujaba símbolos extraños en las paredes. Y repetía constantemente:

—Él ya viene.

Miguel intentó llevarla a psicólogos.

Nadie entendía qué ocurría.

Una noche despertó porque escuchó pasos en el techo.

Tomó una linterna y salió al patio bajo la lluvia.
Entonces lo vio.

Una figura altísima parada sobre la casa.

Inmóvil.

Observándolo.

Miguel gritó.

La figura desapareció.

Pero al regresar encontró escrita una frase en la pared del comedor:

“LA MARCA YA ESTÁ EN TU SANGRE.”

Miguel no durmió durante días.

Comenzó a tomar pastillas. Veía sombras moviéndose por la casa. Escuchaba susurros.

Y siempre…

siempre…

a las 3:15 AM.

La noche del cumpleaños de Mathew llegó en medio de una tormenta terrible.

La electricidad fallaba constantemente.

Nieve no dejaba de ladrar.

Ana estaba extrañamente callada.

Y Sofía parecía aterrorizada.

Durante la fiesta, Ana tomó la mano de Miguel.

—Papá…

—¿Sí?

—Hoy viene por nosotros.

Antes de que Miguel pudiera responder…
Nieve chilló desesperadamente y cayó muerta en el suelo.

Las luces se apagaron.

La casa quedó completamente oscura.

Entonces se escuchó una voz.

Una voz profunda.

Inhumana.

—YA ES HORA.

Las bombillas explotaron.

Los invitados comenzaron a gritar.




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