Liora echó a correr.
No sabía exactamente hacia dónde iba, solo que tenía que alejarse de aquella puerta antes de que se abriera por completo. El pasillo lateral era estrecho y mucho más oscuro que la sala de evaluación. No había ventanas, únicamente pequeñas lámparas empotradas en la pared que proyectaban una luz blanca y fría sobre el suelo. Sus pasos resonaban demasiado fuerte y, durante unos segundos, tuvo la absurda sensación de que todo el edificio podía escucharla.
Detrás de ella se oyó el golpe de una puerta.
Después, voces.
Liora aceleró.
No podía dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir. Hacía menos de una hora había salido de casa convencida de que acudiría a una evaluación administrativa y regresaría antes de comer. Ahora estaba corriendo por los pasillos del Registro Biológico Central porque una doctora le había dicho que huyera y porque la Guardia de Vinculación había llegado justo después de que un sistema encontrara una coincidencia genética del 97,8 % con un registro restringido relacionado con la familia Arven.
Todo aquello era absurdo.
Lo peor era que empezaba a sospechar que precisamente por eso era real.
Al final del pasillo encontró una puerta metálica. La abrió sin detenerse a comprobar qué había al otro lado y se encontró en una escalera de servicio. Bajó dos escalones de golpe, agarrándose a la barandilla para no resbalar. El sonido de otras pisadas apareció detrás de ella.
Liora miró hacia arriba.
No vio a nadie.
Siguió bajando.
Una planta.
Otra.
No sabía cuántas había recorrido cuando encontró una puerta con un pequeño cartel que decía Acceso restringido. La abrió.
Al otro lado había una zona de almacenamiento llena de cajas, archivadores y carros metálicos. El aire olía a papel viejo y productos de limpieza. Liora cerró la puerta con cuidado y se quedó inmóvil, intentando recuperar el aliento.
Escuchó pasos en la escalera.
Esta vez estaban más cerca.
Se llevó una mano a la boca para contener la respiración.
Los pasos se detuvieron.
Durante unos segundos solo escuchó el latido de su propio corazón.
Después alguien habló al otro lado de la puerta.
—Revisad las escaleras.
Una segunda voz respondió.
—¿La salida lateral?
—También.
Liora cerró los ojos.
La Guardia no estaba buscando a una persona cualquiera.
La estaban buscando a ella.
La idea le produjo una sensación extraña. Hasta ese momento siempre había pensado que el Registro era una institución que observaba a los ciudadanos desde arriba, una maquinaria enorme e impersonal que funcionaba mediante documentos, normas y números. Ahora, por primera vez, aquella maquinaria parecía haberse girado hacia ella.
Y tenía piernas.
Tenía voces.
Estaba recorriendo los mismos pasillos que ella.
Esperó hasta que las voces se alejaron y entonces salió de la sala de almacenamiento. Encontró otra puerta al final del corredor y, después de comprobar que no hubiera nadie, la abrió. La puerta daba a un pasillo administrativo de la segunda planta.
Había gente allí.
Dos empleados caminaban conversando, una mujer revisaba unos documentos junto a una impresora y un hombre esperaba frente a un ascensor. Liora bajó la cabeza y caminó intentando parecer tranquila. No sabía si la Guardia había dado su descripción ni cuánto tiempo tardarían en localizarla, así que decidió que correr por un edificio lleno de cámaras era probablemente la peor opción.
Cuando llegó al ascensor, pulsó el botón.
Las puertas se abrieron.
Entró.
Antes de que se cerraran, levantó la vista hacia el reflejo metálico de las paredes.
Tenía el cabello desordenado, las mejillas enrojecidas y una expresión que no reconocía del todo.
Parecía alguien que acababa de descubrir que su vida estaba construida sobre una mentira.
Y quizá lo estaba.
El ascensor comenzó a descender.
Liora sacó el teléfono del bolsillo.
Tenía tres mensajes de Niko.
—¿Todo bien?
—Liora.
—Contéstame.
Durante un segundo dudó si llamarlo. Después escribió que sí, que todo estaba bien, pero no llegó a enviarlo.
Borró el mensaje.
Volvió a escribir.
—Necesito que hagas algo por mí.
Niko respondió casi inmediatamente.
—Eso nunca acaba bien.
A pesar de todo, Liora sonrió.
—Busca mi expediente.
La respuesta tardó unos segundos más.
—¿Qué expediente?
—El mío. El de Liora Vale.
—¿Qué pasa con él?
Liora miró las puertas cerradas del ascensor.
No sabía cuánto podía escribir. No sabía quién podía estar controlando las comunicaciones del Registro ni si alguien podía acceder a sus conversaciones.
—Hay algo que no encaja.
Niko tardó un poco más en responder.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Eso me preocupa más.
Las puertas se abrieron en la planta baja. Liora salió y caminó hacia una de las salidas secundarias. No podía contarle todo por mensaje. Ni siquiera estaba segura de poder explicarlo ella misma.
Cuando llegó a la puerta exterior, se detuvo.
Dos miembros de la Guardia de Vinculación estaban entrando por la entrada principal.
Liora bajó la mirada y salió por la puerta lateral.
El aire frío de la calle le golpeó el rostro.
Por primera vez desde que había entrado en el Registro, pudo respirar de verdad.
No se detuvo hasta haber cruzado dos calles.
Entonces llamó a Mara.
Su madre contestó al segundo tono.
—¿Liora?
—Estoy fuera.
Hubo silencio.
—¿Fuera de dónde?
—Del Registro.
Mara respiró aliviada.
Liora lo escuchó.
—¿Te han retenido?
—No.
Otra pausa.
—¿Qué ha pasado?
Liora miró a su alrededor antes de responder.
—Mamá, ¿qué sabes de los Arven?
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores.
Esta vez no hubo sorpresa.
Solo miedo.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque han aparecido en mi evaluación.
Mara no respondió.
—Mamá.
—¿Estás sola?
—Sí.
—¿Te están siguiendo?
Liora miró detrás de ella.
La calle parecía normal. Gente entrando y saliendo de comercios, vehículos circulando, una pareja esperando junto a un paso de peatones. Nada extraño.
—No lo sé.
—Ve a casa.
—Eso es lo que me dijiste antes.
—Liora, escúchame. Ve a casa y no hables de esto por teléfono.
Aquella frase hizo que Liora se quedara quieta.
—¿Por qué?
—Porque no sé quién puede estar escuchando.—Mara colgó.
Liora bajó lentamente el teléfono.
Durante unos segundos se quedó mirando la pantalla apagada.
No sabía qué le dolía más: descubrir que su madre sabía algo o descubrir que llevaba tantos años sin contárselo.
Guardó el teléfono y comenzó a caminar.
No quería volver directamente a casa. No después de aquella conversación.
Pero tampoco sabía dónde ir.
El nombre de Niko apareció otra vez en la pantalla.
—He encontrado algo.— Liora se detuvo.
—¿Qué?
La respuesta llegó casi inmediatamente.—No por aquí. Ven al archivo.— Liora frunció el ceño.
El Archivo Civil estaba a veinte minutos andando desde donde se encontraba y, en circunstancias normales, Niko nunca le habría pedido que volviera allí después de una evaluación médica.
—¿Estás seguro?
—No.
Liora miró hacia la avenida.
Después recordó las palabras de Mara.
"Ve a casa."
Y las de Niko.
"He encontrado algo."
Durante un instante tuvo la sensación de estar entre dos caminos y que ninguno de los dos era seguro.
Finalmente empezó a caminar hacia el Archivo.
No sabía todavía que aquella decisión iba a cambiar la forma en que entendía su propia historia.
El Archivo Civil de Nerath ocupaba un edificio mucho más antiguo que el Registro Biológico Central. No tenía la misma apariencia de fortaleza, pero sus sótanos conservaban documentos que habían sobrevivido a generaciones de funcionarios, reformas políticas y cambios en el sistema de clasificación. Liora había trabajado allí durante casi tres años y conocía sus pasillos lo suficiente como para moverse sin pensar.
Niko la esperaba en una de las salas interiores.
Era beta, algo más bajo que Liora y con el cabello castaño siempre ligeramente desordenado. Tenía la costumbre de leer los documentos mientras caminaba y de hacer preguntas justo cuando parecía que nadie quería responderlas. Aquella vez, sin embargo, no estaba sonriendo.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Liora en cuanto llegó.
Niko miró alrededor antes de responder.
—Tu expediente.
—Eso ya lo sé.
—No, no sabes lo que quiero decir.
Sacó una carpeta de uno de los cajones y la dejó sobre la mesa.
Liora la reconoció inmediatamente.
Era una copia de su expediente civil.
—¿Por qué tienes esto?
—Porque me lo pediste.
—No te he pedido que lo saques físicamente.
—Ya. Pero cuando alguien me dice que busque algo y después desaparece durante una hora, suelo ponerme nervioso.
Liora abrió la carpeta.
Los documentos eran los mismos que había visto toda su vida. Certificados escolares, controles médicos, cambios de domicilio y registros administrativos. Todo estaba en orden.
Hasta que Niko colocó una hoja diferente encima.
—Mira la fecha.
Liora la miró.
Era un registro de incorporación al sistema.
Tres años después de su supuesto nacimiento.
—Esto ya me lo ha enseñado la doctora Sera.
Niko negó con la cabeza.
—No es eso.
Señaló la esquina inferior del documento.
Había un código.
Liora lo reconoció.
Era una clasificación interna utilizada para documentos modificados o reconstruidos.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué significa?
—Que este documento no es el original.
—¿Cómo lo sabes?
Niko sacó otro papel.
—Porque encontré una referencia al documento original.
Liora levantó la vista.
—¿Dónde?
Niko señaló la pantalla del ordenador.
—En un índice antiguo.
Liora se acercó.
El registro era breve. Apenas unas líneas.
VALE, LIORA.
IDENTIFICACIÓN ORIGINAL: RESTRINGIDA.
ESTADO: ELIMINADO.
AUTORIZACIÓN: ARVEN.
Liora dejó de respirar durante un instante.
—No.
Niko la miró.
—Eso es lo que pensé yo.
Ella volvió a leerlo.
Una vez.
Dos.
Tres.
El nombre seguía allí.
ARVEN.
La misma familia que aparecía relacionada con la coincidencia genética.
La misma familia que, según la doctora Sera, tenía autorización sobre el registro restringido.
Liora sintió que algo se hundía dentro de ella.
—¿Puedes recuperar el documento original?
Niko negó lentamente con la cabeza.
—No desde aquí.
—¿Por qué?
—Porque alguien se aseguró de que no quedara accesible.
Liora cerró la carpeta.
—Entonces tendremos que averiguar quién.
Niko la observó durante unos segundos.
—Liora, creo que ya sabemos quién.
Ella levantó la mirada.
—No.
—¿No?
—Sabemos qué apellido aparece en el documento. No sabemos por qué.
Niko guardó silencio.
Liora quería creer que aquello era una coincidencia. Que había una explicación administrativa, un error antiguo, una transferencia de datos, cualquier cosa que pudiera devolver su vida a un lugar comprensible.
Pero entonces recordó a Mara preguntándole si estaba sola. Recordó su miedo, recordó la marca de su muñeca, y recordó la voz de la doctora Sera diciéndole que huyera.
—Hay algo más —dijo Niko. Liora lo miró.
—¿Qué?
Niko dudó. —Mientras buscaba tu expediente, encontré otro registro.
—¿Relacionado conmigo?
—Sí.
—¿De qué?
Niko abrió un documento diferente. Esta vez no había nombre, solo una fecha, y debajo, una anotación.
Liora se inclinó para leerla. Su expresión cambió.
Porque la fecha no correspondía al día de su nacimiento, correspondía a diecinueve años atrás, y debajo de ella aparecían tres palabras que hicieron que el frío regresara a su cuerpo.
INCIDENTE. ELARA VALE.
Liora levantó lentamente la mirada.
—¿Quién es Elara Vale?
Niko no respondió.
No porque no lo supiera.
Sino porque acababa de comprender que Liora tampoco lo sabía.