Todo era oscuro, no podía distinguir si había un inicio o un final, solo estaba ahí, de rodillas mientras se sentía un ser miserable.
-¿Por qué? -Escucho una voz familiar, levanto la mirada y se quedó helado. Frente a él estaba su esposa, cubierta en sangre y con una gran herida. - ¿Por qué me abandonaste?
-Yo no te abandone... -dijo en un susurro, casi solo audible para él. Su esposa grito, mientras lágrimas de sangre salían de sus ojos.
-¡MENTIRA! -Sus gritos de pena resonaban por todo el lugar, el hombre se levantó del suelo y la miro directamente a los ojos, unos ojos sin vida, vacíos. -¡ME DEJASTE CON NUESTRA HIJA, NOS ABANDONASTE! -grito de nuevo, el hombre se inclinó y la empujo fuertemente, cuando la mujer cayó al suelo desapareció.
-Mi esposa sabía que nunca la abandone. -dijo en un susurro para si mismo.
-Exacto, querido, sabia. Porque por tu culpa está muerta ahora. -respondió una voz con rabia en su oreja.
La oscuridad se disipo, dejando ver una cama de piedra en una pequeña celda y las cadenas que lo sostenían por manos y pies, iluminada con un tenue bombillo. Se quedó ahí parado, no se giró a mirar al trono, no cedería ante sus manipulaciones, no debía.
-Me sorprendes, Ryo. De todas las sombras que he torturado, tú y tu mocosa han sido las que más han aguantado, aunque creo que viste con más claridad que yo como tu hija quería rendirse muy pronto.
Su piel se erizo y apretó sus manos con rabia e impotencia. Él siempre estuvo allí, observando detrás del espejo. Gritaba, lloraba, hasta llego a golpear el vidrio, implorando que la dejaran en paz, que todo lo que le estaban haciendo se lo hicieran a él, pero Adriel no cedería, encontraba un placer en ver sufrir psicológicamente a Ryo. Lastimarlo era aburrido, ya que la sombra estaba acostumbrado a la mano dura, pero su hija no, y, siendo honestos, Adriel disfruto corromper la piel y el alma de Anny. Aunque en el fondo ese disfrute solo ocultaba la rabia y el dolor que ver a Anny le traía devuelta a su vida.
La primera vez que la vio por un momento pensó que el trono la mataría delante de sus ojos, pero se dio cuenta del espejo, comprendió que esos no eran sus planes, ya que no tendría sentido para el matarla si Anny no podía verlo, pero al ver el látigo su corazón se detuvo, cuando la sangre pinto el suelo no pudo evitar llorar toda la noche.
Se sintió y aun se sentía miserable, su pequeña, su adoración, su delicada piel había sido marcada por un bastardo, solo por un retorcido placer de verlo sufrir. ¿Qué clase de padre permite que su hija sea torturada? No había podido ser fuerte, se había ido, lo aceptaba, pero si no lo hubiera hecho estaba seguro de que, en este punto, ya todos estarían muertos, incluyéndole.
Un chasquido frente a él lo saco de sus pensamientos, miro con odio esos profundos ojos dorados. Adriel sonrió con suficiencia, frente a Ryo no era necesario llevar su mascara, ya lo había visto de todos modos.
-Dime, después de abandonar tu reino, abandonar a tu familia, tu lugar, tu pueblo, tu hija ¿Aun te sientes merecedor de ser un rey? -El trono se acercó a su rostro, con su mano levanto su mirada, esa sonrisa burlona y con suficiencia era algo que Ryo odiaba, pero sonrió en respuesta, desconcertando a Adriel.
Ya lo había descifrado hace bastante, ya había visto por mucho tiempo esos ojos como para saber que ocultaban. Lo odiaba, pero gozaba con lo roto que estaba el trono. Su alma y corazón estaban rotos, y con ello jamás lograría quebrarlo del todo.
-¿Y tú? -Adriel lo miro confundido. -Después de sacrificar a tantos de tus hombres, explotar a tus mujeres para que tengas hijos con los cuales pelear, haber manipulado a todo tu pueblo, dime, Adriel ¿Eres merecedor de ser un líder?
Antes de que pudiera reaccionar un golpe en su rostro lo desestabilizo, haciéndolo temblar levemente. Escupió la sangre que salió de su boca y volvió a mirarlo con una sonrisa, cosa que solo enojo más al trono.
-A diferencia de ti, yo no abandone a mi pueblo en la miseria que cause, yo me fui para evitar caer en tu imperio, para proteger a mi familia. Me equivoque, mi madre fue asesinada por ti, deje a mi reino sin una protección importante, pero protegí a los que pude, los protegí con mi vida. En cambio tu solo creas armas y miseria, nuestra miseria es por tu mano, no por la mía. -El trono apretó sus manos, reprimiendo la rabia que sentía, en el fondo, aunque nunca lo admitiría, sabía que tenía razón.
-Caerás tarde o temprano, obtendré tu poder, y no habrá nada que puedas hacer al respecto. - El trono salió de la habitación, dejando solo a Ryo de nuevo.
-No yo, pero mi hija si, solo estoy comprándole tiempo... -Pensó, esperanzado. -Dios, donde quiera que estés, necesitamos que vuelvas a controlar todo esto. Te juro que te ayudare a matar a ese bastardo.
Ryo sabía que Dios estaba en algún lugar, sabía que no eran las ordenes de este por las cuales actuaba Adriel. Si fuera así para empezar Adriel no estaría haciendo todo eso, después de todo Dios es Dios, si algo le molestara con un chasquido podría borrarlo de la existencia fácilmente. Suspiro cansado y agotado, resistiría todo lo que pudiera, todo para que su pequeña llegue al fondo de todo el asunto.
Quería gritar, quería irse de ese lugar, quería golpear al hombre que tanto daño le a causado a el y a su familia.
Pero en el fondo de su ser sus palabras dolían. Sabia que pudo haber hecho las cosas de manera diferente, pudo irse, inclusive suicidarse en cuanto se entero de la maldición, pero fue cobarde y egoísta, y prefirió que su amor brindara frutos.
Aun recordaba cuando se enteraron del embarazo de Arael, como lloraron de tristeza y alegría a la vez. Como bailaron en ese castillo en el bosque con el corazón en la mano, una vida que comenzaba pero dictaminaba el fin de muchísimas mas. Su única esperanza era que Anny fuera un niño, pero bueno, ya todos saben que no fue así.