Nathan se encontraba en su invernadero con una silla de ruedas cerca, después de todo aun no podía caminar correctamente y necesitaba descansar seguido, aunque intentaba siempre apoyarse en un bastón.
Le parecía hermoso como sus flores comenzaban a germinar, pese a que algunas de estas como sus rosas tomaban bastante tiempo admitía que hacía algo de trampa. Las plantas le daban tranquilidad y le hacían sentir en un espacio seguro, un espacio que estaba a su total control.
La sonrisa en su rostro al recordar como Lowell le trajo todas las semillas que encontró en un mercado al cual se fue a escondidas era siempre inigualable. El chico amaba los detalles que Lowell tenía con él, aunque sabía con su mirada que el chico no entendía porque lo hacía le era suficiente con tenerlo cerca, no necesitaba presionarlo con respuestas a dudas que inclusive el mismo tenía.
Solo habían pasado dos meses desde que Anny le rogo a Artemisia por ese invernadero, la cual quería negarse al considerar que el espacio podría ser útil después, pero ante la insistencia de Anny y la persuasión de los 3 chicos accedió.
Anny y Nathan se habían acercado más, el chico aun no hablaba lo que Anny quería escuchar, pero este siempre le decía que en cuanto el primer tallo de sus enredaderas floreciera le diría todo lo que quisiera escuchar. Mientras eso pasaba sostenían ricas conversaciones sobre Lowell y Henry, los cuales también hablaban de ellos, ambos lo sabían, siempre que Nathan escuchaba a Anny hablar sobre como Lowell lo miraba sonreía.
-Sus ojos siempre brillan en cuanto escucha tu voz, es como si instintivamente encendieras un interruptor en él. -dijo Anny con una sonrisa.
-Claro que lo hago, linda. Soy un ser adorable después de todo. -respondió Nathan con seguridad, meneando su cabello divertido.
No se confundan con lo tierno que puede ser Nathan, en el fondo de su corazón deseaba ver el mundo arder, deseaba ver en el infierno mismo a Selah y torturarla con sus propias manos por todo lo que le hizo.
Y cuando pensaba en ella pensaba en Lowell. Para Nathan Lowell era su salvador, lo admiraba y veía como un chico fuerte, deseaba estar a su lado y agradecerle por lo que hizo y siguió haciendo por él. Después de todo Lowell no estaba en la obligación de alimentarlo, cargarlo, ayudarle a aprender a caminar de nuevo y mil cosas más.
Recuerda una conversación que tuvo con él al respecto.
Estaban en la enfermería (ya que Nathan seguía durmiendo allí) practicando su andar, el cual había mejora considerablemente, ya podía mantenerse en pie por más tiempo y caminar solo hasta el cuarto de Lowell sin caerse, bueno, sin caerse tanto.
Nathan amaba el cuarto de Lowell, pequeño, cálido y con luces amarillas tenues, lo suficiente para iluminar el cuarto sin perturbar su vista, las sombras eran bastante sensibles a la luz. Cuando estaba ahí (al menos 3 veces a la semana en cuanto pudo andar sin ayuda) se sentaban en la cama a platicar, a veces jugaban ajedrez, aunque Nathan ganara casi todo el tiempo. Otras veces practicaban algo de magia, claro que en secreto de los demás, Nathan era bastante bueno, algo que hacía temer de cierto modo Lowell.
-Vamos... un poco más rápido, ¿Crees poder correr? -pregunto Lowell con cariño, haciendo dudar a Nathan.
-Bueno, supongo que puedo intentarlo. -respondió Nathan dudoso.
Nathan emprendió carrera, pero antes de siquiera agarrar velocidad sus piernas flaquearon y cayó al suelo. Pese a poder volar no le gustaba hacerlo en espacios reducidos, terminaba haciendo un desastre por el viento que provocaban sus alas y Lowell siempre era quien lo terminaba limpiando.
Rápidamente Lowell se acercó para cargarlo, pero Nathan levanto una mano en señal de que lo dejara hacerlo solo. El chico pudo levantarse del suelo con dificultad, se sentó en la cama y suspiro con pesar, Lowell se sentó a su lado y acaricio su hombro en señal de aliento.
Ahora era Lowell quien se animaba más a tocarlo, lo abrazaba algunas veces disimulando ayudarlo, rozaba con torpeza sus manos con un deseo ardiente de agarrarlas, quería sentir la suavidad que parecían tener. Y claro, Nathan lo notaba, pero prefería callar ante las intensiones silenciosas del otro, aun no tenia del todo claro que sentía por Lowell aparte de admiración y un profundo agradecimiento.
-Tranquilo, tus piernas aún no están fortalecidas del todo. Debemos seguir aplicándoles algo de peso como Artemisia recomendó. -dijo Lowell en un intento de animarlo.
-Se que tu intención es buena, también soy consciente de que aún tengo que mejorar mucho, solo es un poco desalentador. -respondió Nathan mientras suspiraba.
-Sabes que estoy contigo, no debes de sentirte así. -Intento consolar Lowell con una pequeña sonrisa.
Lowell paso una mano por su espalda sin darse cuenta, cuando Nathan sintió sus dedos rozar el nacimiento de sus alas se sobresaltó por instinto, alejándose rápidamente. Lowell se sintió miserable al ver la mirada de pánico en los ojos de Nathan.
-Perdona, te juro que mi mano se movió sola, no volverá a pasar... -dijo Lowell rápidamente mientras sentía que el cuerpo le temblaba por la culpa.
Y ahí iba Lowell, sintiendo que su estúpido inconsciente lo había traicionado de nuevo. Nathan suspiro, tomo su coleta y dejo su espalda al descubierto del contrario.
-¿Podrías hacerte detrás de mí? Quiero explicarte algo. -pidió Nathan con cuidado.
Lowell no dijo nada, hizo lo indicado y se posiciono detrás de Nathan, el chico tomo la mano de Lowell y la posiciono en el nacimiento de sus alas, ambos sintieron un escalofrió.
-Bien. -Nathan carraspeo nervioso. -Ese es el nacimiento de mis alas, la zona más sensible e importante para una sombra como yo. No sé si puedas ver un lugar donde no hay plumas.
-Si, lo veo. -respondió Lowell, hipnotizado.
Lowell acaricio con cuidado esa zona, haciendo temblar a Nathan por los malos recuerdos que sentir el tacto de una persona le traía. Aunque para Lowell era como estar tocando el cielo mismo, el permiso de tocar una zona tan delicada y vulnerable lo hacía sentir privilegiado. En la cultura de las sombras el contacto físico es mas que solo eso, es intimidad, amor, una muestra de respeto y confianza mas grande que otros tipos de acciones, para Lowell, el simple hecho de estar tocando esa zona le dejaba entender que el chico le estaba mostrando su vulnerabilidad, confiando en que el no le haría ningún daño, y eso era un privilegio.