Las torturas continuaban, los golpes no paraban, las pesadillas eran constantes y ahora era Selah quien lideraba en el lugar.
Desde el incidente del ojo la mujer había quedado resentida a mas no poder, decidiendo encargarse ella misma del lugar donde tenían cautivo a Ryo. Recriminándole siempre que se le antojaba lo maleducada que era su hija, desquitándose por el dolor agónico que le había dejado e inclusive tentándose en arrancarle un ojo a Ryo también para estar en términos iguales.
Adriel intento de todo por evitar que la mujer lastimara a Ryo, pero fue inútil si quería conservar su posición en la base y, al menos, proteger al hombre desde las sombras. Intentaba ser discreto, prudente, cada visita nocturna se sentía como un cuchillo filoso en la garganta.
Siempre que Selah se llevaba a Ryo para torturarlo Adriel esperaba afuera, callado y con la cabeza baja. Después de todo Selah era su hermana mayor, por más que quisiera retarla no podía hacerlo, no respetando la palabra de su padre. Aunque muchísimas veces solo quisiera matarla.
Ryo era duro, mucho más de lo que parecía bajo esas ropas sucias y esa delgadez, pero de vez en cuando se le escapaba un grito desgarrador durante las torturas, gritos que se volvieron las pesadillas de Adriel en un punto. Se levantaba algunas noches sobresaltado, yendo en piyama para comprobar que el hombre seguía vivo en su celda, solo respirando tranquilo cuando veía su respiración.
¿Por qué la idea de su muerte se volvió en su tormento? No lo entendía, no entendía en qué momento se castigaba a si mismo por todo lo que ha hecho, pero sabía que el hombre ahora era un eje principal en su vida.
Porque ahora cada vez que Ryo sufría el también lo hacía.
Ese día en especial el dolor por la herida causada por Henry fue muchísimo más intenso, haciendo a Selah vomitar e imposibilitándola de levantarse de la cama, por lo que fue Gedeón quien se encargó de cobrar venganza por su hermana. Al ser muchísimo más fuerte que cualquiera en ese lugar Ryo estaba realmente golpeado, Adriel sospechaba que tendría al menos 3 costillas rotas (con suerte).
Apenas cayo la noche Adriel se coló en su celda, prendió el foco y con cuidado comenzó a curar las heridas superficiales de Ryo de manera gentil, casi reverente. El hombre no le permitía usar magia en el por más que le insistiera, aunque en esa ocasión Ryo cedió, estaba bastante débil y adolorido y sabía que necesitaba más que bolsas de hielo y medicamentos.
-¡Auch! -Se quejo Ryo conteniendo las ganas de gritar por el dolor.
Ryo con sus pocas fuerzas jalo el cabello rubio de Adriel en un intento de que se alejara, pero este no lo hizo.
-Quédate quieto maldita sea, primero necesito estabilizarte antes de poder curar bien tus huesos rotos. -murmuro bajo Adriel mientras sostenía sus brazos con firmeza, aunque cuidando de no lastimarlo más.
-Si lo hicieras con más cuidado tal vez no me movería tanto. -protesto Ryo con ironía en la voz, rodando los ojos molesto, aunque Adriel soltó una risa pequeña.
En todo el tiempo compartido ambos habían formado un tipo de alianza extraña, todo por el bien del contrario. Adriel comenzaba a dudar del control de Selah y necesitaba de los Powerce para lograr encontrar a su padre sea donde sea, Ryo necesitaba de Adriel para mantenerse con vida (aunque su orgullo no le permitía reconocerlo).
Las conversaciones que mantenían eran profundas, ambos habían encontrado un entendimiento mutuo sobre las circunstancias de sus vidas. Ambos cargaban con el peso de liderar, pero ser restringidos por terceros, ambos habían cometido acciones terribles, bueno, Adriel sobre todo.
Y Ryo le recrimino cada una de ellas, inclusive todo lo que le hizo a su hija, jurándole que en cuanto fuera el momento no le importaría su alianza y dejaría que Anny lo golpeara a su antojo, Adriel no se quejó, se lo merecía después de todo.
Ryo solía decirle constantemente que era un imbécil, algunas veces menospreciándolo más de la cuenta, pero Adriel se dejaba, no hacia intento alguno de defenderse. Ryo tenía veneno en la voz, pero, con el tiempo, su voz llego a sonar melodiosa, encantadora, casi como si mostrara preocupación real por el trono.
En ese punto ya ambos conocían casi todo del otro. Cada noche, cada conversación, cada lagrima y grito ahogado que ambos habían visto del contrario convertía a la situación en algo especial, pero increíblemente aterrador.
Y mientras el respeto y la confianza crecía, la devoción que Adriel mostraba por Ryo también.
Adriel mantenía la ropa de Ryo limpia, le ayudaba a que se bañara (aunque fuera una vez a la semana), le consiguió una mejor cama e inclusive le regalo un piyama cómodo para las noches más frías, aunque Ryo solo le saco el dedo medio ante el obsequio igual lo acepto, con una sonrisa encantadora pero el orgullo algo roto, pero acepto.
Todo lo que habían pasado durante los años de Ryo encerrado (5 años ya casi para este punto) los había convertido en cercanos, casi en confidentes, guardando secretos del otro que ninguno (sobre todo Adriel) se había atrevido a decir a alguien mas en voz alta. Y ahora estaban en esa situación: Adriel cuidando y curando a Ryo sin pedir nada a cambio.
Las heridas eran bastante feas, enormes moratones, cortes finos que no sanarían tan fácil y la respiración quejumbrosa de Ryo indicaba costillas rotas. Adriel unto cremas especiales en sus brazos y parte de sus piernas, pese a la insistencia en que dejara aplicarse en otras zonas Ryo solo se levantó para intentar golpearlo, pero fue inútil.
-No seas terco ¿De qué sirve que cure tus extremidades si no me permites ayudarte de manera más profunda? -Le recrimino Adriel.
-En mi vida solo 3 personas me han visto desnudo: Mi madre, mi hermano y mi difunta esposa. Si quieres deja todas tus cosas aquí y yo me curare solo.
La respiración de Ryo era pesada y llena de quejidos, Adriel volteo los ojos y con un chasquido el hombre quedo en ropa interior.