Nathan había despertado ahogado, sintiendo en sueños que seguía debajo de aquella agua fría. Solo en medio del caos, abrumado ante los gritos pese a haber vivido toda su vida en medio de estos. Grito con desespero por tomar aire, y fue cuando se dio cuenta que podía respirar.
Abrió los ojos alarmado, y se incorporo para buscar de inmediato una vía de escape, pero, para su suerte o desgracia la habitación no contaba ni con una misera ventana. En medio de su pánico detallo la habitación, notando que parecía algo infantil. Los colores azul pastel resaltaban en las paredes, junto con literas de mármol que contenían infinidad de juguetes en madera, Nathan reconoció algunos.
Nathan se levantó con cuidado, sintiendo el suelo frio en sus pies descalzos, algo que no le agrado para nada. Detallo con profunda alegría que su arco y flechas estaban a sus pies, por lo cual rápidamente se puso las flechas a la espalda y tanteo su arco, suspirando de alivio al asegurarse que estaba casi intacto.
Sus dedos recorrieron el arco, y el pequeño lobo que había sido tallado por Lowell hace unos meses le hizo sentir que de nuevo estaba dentro del agua fría. Tembló en su lugar, y comenzó a revisar todo su cuerpo. El broche que Artemisia le había dado no estaba, pero lo encontró en la mesa de noche a su lado, abrochándoselo con rapidez en la camiseta. Su anillo, radiante pero con un brillo de magia débil, seguía en su dedo. Nathan no pude evitar que unas cuantas lagrimas le salieran al pensar en Lowell.
De seguro estaría preocupado a mas no poder, y Nathan no estaría con el para consolar medianamente el dolor del chico.
Suspiro con pesadez y comenzó a actuar lo mas rápido posible para llegar a salir de aquel lugar. Antes de tomar su arco comenzó a desenredar su trenza con rapidez, tomando la pequeña capsula que había ocultado y metiéndosela en la boca debajo de su lengua. Ya con su cabello suelto tomo el broche para volver a acomodarlo, agarro su arco y flecha y apunto a la puerta justo cuando escucho unos pasos acercarse.
Tendría que ser rápido, se estaba diciendo mentalmente que no dudara en atacar a nadie, todo con tal de salir corriendo. Lowell lo necesitaba, y eso era lo único que importaba para el en ese instante.
La puerta se abrió, dejando ver a Melquisedec entrando para comprobar el estado del chico, y haciendo que el cuerpo de Nathan se quedara petrificado.
Odiaba admitirlo, pero sabia que no seria capaz de matar a Melquisedec.
Sus ojos se iluminaron al verlo de pie apuntándole, y pareció no importarle la amenaza de Nathan ante su posición defensiva.
-¡Oh, Adriel tenía razón! ¡De verdad puedes caminar bien de nuevo! -exclamo casi incrédulo mientras daba saltitos de emoción.
Nathan lo miraba con desconcierto pese a conocerlo de toda la vida, le parecía absurda la situación en la que se encontraba. Pese a la emoción que el hombre irradiaba Nathan no bajo su flecha, aun inseguro.
-Tienes dos minutos para explicarme por qué volviste a secuestrarme, si no, uno de nosotros morirá. -dijo con un tono de voz imposta, sin dejar lugar a vacilaciones.
Melquisedec se quedó de pie, mas no perdió su sonrisa.
-Te trajimos aquí porque necesitamos que tus amigos se comuniquen con nosotros. -Nathan lo miro sin comprender. -Sabemos que si lo intentamos solos no nos ayudaran, pero si tu estas con nosotros es seguro que se comunicaran pronto. -explico Melquisedec con calma, pero Nathan seguía mirándolo con desconfianza.
-¿Por qué motivo quieren a mi familia aquí? ¿Dónde está Selah? -pregunto alarmado, tentándose cada vez mas a soltar la flecha y simplemente huir corriendo ante la idea de que Selah pueda volver a capturarlo.
-Nathan, Selah no está aquí. Estamos en el palacio del cielo, ella no puede entrar aquí.
¿En el cielo? ¿Por que razón estarían en el cielo en particular? Tembló de nuevo, comprendiendo que estaba bastante lejos de todo lo que conocía, y realmente no tenia donde ir.
-¿Cómo puedo confiar en que me estas diciendo la verdad? ¿Cómo puedo tener la certeza de que en serio esa mujer no puede entrar al cielo?
-Porque solo las almas puras pueden entrar aquí. Aunque bueno, también hay otra excepción.
Nathan arqueo una ceja, esperando que le explicara. Sin embargo, después de un silencio algo incomodo este comprendió que Melquisedec se guardaría esa información para mas tarde. No le importo mucho, sabia que de todas maneras después lo haría hablar.
-¿Recuerdas cuando venias de pequeño? -pregunto con una voz casi cobarde, Nathan asintió. -Por eso te traía, solo contigo podía entrar al cielo.
-No tiene sentido, ella es un trono. -objeto Nathan, intentando buscar la mentira entre la mirada del hombre. Sin embargo, solo veia tristeza. -Ella es tu hermana.
Melquisedec se quedo en silencio, hasta que suspiro con pesar y poso una mano en su pecho, en una expresión de profundo dolor.
-No puede entrar. -decreto finalmente, con un tono de voz átona.
Nathan bajo un poco su flecha, Melquisedec tenía razón. Selah tenía el alma tan corrompida que no podía entrar al cielo, al menos no por su cuenta. Desconocía si el mismo cielo rechazaba un alma tan dañada o acaso alguien mas con ayuda de la magia lograba evitar que entrara.
No podía ser Dios, porque por lo poco que sabia e intuía creía que estaba muerto.
Recordaba con vagancia cuando de pequeño y gran parte de su longeva adolescencia iba al cielo, pero en un punto nunca volvieron, no tuvo claro jamás el porque. En aquellas visitas no veía mucho, ya que Selah siempre lo lleva con los ojos vendados, oliendo a rosas y con un traje impecable, casi como si lo hiciera pasar por un desagradecido ante lo que hacia.
Pero el sabia, y todos sabían.
Por fin decidió bajar la flecha, examinando como el cuerpo de Melquisedec se relajaba visiblemente. Sin embargo, Nathan no dejo de mirarlo con total indiferencia.