El portal se cerro, y el grito desgarrador de Lowell retumbo en el silencio mortífero del lugar.
El chico perdió el equilibrio, se derrumbo en el suelo mientras lo golpeaba, frustrado y derrotado. Henry se acerco para intentar ayudarlo a levantarse, pero Lowell solo gruño a la defensiva.
-Déjalo. -Le ordeno Fidel, mientras le tomaba el hombro a Henry.
Henry negó con la cabeza, pero rápidamente fue jalado por Fidel para irse a comprobar el estado de sus soldados.
Fidel corrió entre el fuego y los gemidos de dolor, comprobando a sus soldados y gritando ordenes para atender a los mas heridos. Vio como su esposa salía del lago, con la respiración agitada y acompañada de su hermana, quien la sostenía fuertemente de la mano junto con el chico de antes, tal vez su hijo.
Artemisia se acerco corriendo y abrazo a su marido con fuerza, el cual la apretó contra su cuerpo como si su vida dependiera de ello. La beso en el rostro, en el cabello mojado, y por ultimo en los labios.
-¿Estas bien, querida? -pregunto con un tono de voz bajo.
Artemisia sonrió y dejo un beso en su mejilla, posando una mano en su marca en un gesto de cariño intimo.
-Si, estoy bien. -respondió, aunque rápidamente su rostro cambio a una preocupación extrema. -¡¿Dónde están los chicos?!
Henry alzo su mano y grito, indicándole que estaba bien. Artemisia paso sus ojos por todo el lugar, y vio a Anny en el suelo de rodillas, tan serena que le aterro.
Se acerco corriendo por su niña, notando como cerca a ella estaba Lowell derramando lagrimas y gritando de impotencia sonoramente. Redujo su paso, y con cuidado se arrodillo junto a la chica, acariciando su espalda delicadamente.
-¿Cariño? ¿Estas herida? -susurro con dulzura, notando manchas de sangre en su sobrina, pero esta no respondió.
Anny miraba su alrededor como si fuera una pesadilla de la cual quería despertar. Los cuerpos ardían, pero pese a ser del ejercito contrario una sensación agridulce le llenaba la garganta. Ya había matado antes, pero nunca se había quedado realmente a admirar los estragos que las batallas tan violentas y devastadoras dejaban.
Sintió de repente un frio por todo el cuerpo, peor que el de aquella tina. Era la sensación de respirar por primera vez la muerte tan de cerca, como si en cualquier momento pudiera alcanzarla, tal como había alcanzado a su amado por unos minutos.
-Todos están muertos. -musito débilmente.
Artemisia suspiro, la abrazo con cuidado por los hombros, sabiendo que era la primera vez que su sobrina admiraba algo tan devastador.
-Es parte de la guerra, cariño. Somos nosotros, o son ellos.
Anny no respondió ante eso, solo apretó los labios en señal de resignación.
-Se los llevaron. -murmuro con la voz rota, subiendo su mirada a su madrina. -Se los llevaron a ambos. No tuve la oportunidad de siquiera darle un abrazo antes de que lo arrebataran de nuevo.
La chica soltó un sollozo, y se mordió los labios para no gritar. Adriel no se merecía abrazar a su padre, no merecía sonreírle, ni sus sonrisas. Ese era su lugar, ella era su hija, y el era un sucio trono y captor. Un asesino que algún día ella mataría.
-Y Nathan... -Volvió a decir Anny, girando su vista a Lowell, el cual ya había parado de llorar, pero tenia una mirada vacía en los ojos. -Nathan se fue al infierno.
Artemisia miro a Lowell con dolor, y el chico solo negó con la cabeza, con los ojos hinchados. La mujer levanto una mano para acercarlo, pero Lowell se alejo, levantándose y dirigiéndose a una roca con pasos pesados para sentarse, aun con la mirada perdida.
Henry observaba todo a lo lejos, ayudando a los heridos. Conto 10 victimas fatales, algo que Fidel admitió que era un milagro teniendo en cuenta el fuerte ataque de los tronos. El hombre grito, ordenando a su ejercito acomodarse para volver, aunque muchos prefirieron quedarse a ayudar a los habitantes del lago.
Los portales se abrieron, y el ejercito marcho a través de este en silencio. Anny se acerco en silencio a Lowell, extendiéndole la mano como una invitación a irse. Lowell, sin decir palabra alguna la tomo, caminando junto a la chica en un silencio pesado, que se sentía como piedras en la garganta.
Cruzaron el portal, quedando en aquel pasillo solitario, solo se escuchaba el resonar de los pasos del ejercito. Caminaron hacia la pequeña sala, sentándose todos como si estuvieran en automático. Ninguno quería hablar, no emitieron sonido alguno.
Lowell se llevo las manos al cabello con lentitud, temblando. Sus manos rozaron la trenza que Nathan le había hecho en la mañana, y su corazón se agito dolorosamente al pensar lo que probablemente le harían a su esposo.
Desenredo la trenza con delicadeza, pensando que eran las manos de Nathan y no las suyas propias, derramando una lagrima. Luego otra, y otra. Hasta que se dio cuenta que estaba llorando en silencio frente a todo el mundo, sintiéndose humillado y vulnerable.
En cuanto termino sostuvo en sus manos una pequeña capsula. La miro por un momento, sabiendo perfectamente que era: veneno. Lo pensó, se atrevió a detenerse un momento a pensarlo. Por su mente paso la posibilidad de volver a ver a Nathan, pero era consciente de que si Selah lo tenia era casi imposible volver a ver a su amado. Al menos con vida, o al menos completo.
Visualizo a Nathan llorando de dolor, gritando como en sus pesadillas. Lo vio de nuevo en aquel cuarto de esa torre, sucio, sin una de sus alas y lleno de sangre. Escucho sus suplicas de ayuda, y por un momento entendió que Nathan no le había dado la pastilla por egoísmo, porque su historia fuera trágica.
Se la había dado para que tuviera piedad con su pobre cuerpo.
Lowell respiro hondo, ajeno a su alrededor y no notando los ojos que lo miraban intensamente. Si moría en ese momento, al menos su amado no sufriría algún tipo de tortura, y moriría con el cuerpo cuidado y puro que Lowell conoció infinidad de veces en su intimidad.