La máscara de celeste 2 - la verdad

CAPÍTULO 1

Celeste despertó con la certeza de que alguien había estado llorando en su habitación.

Abrió los ojos lentamente.

El techo blanco.

La misma grieta pequeña sobre la esquina izquierda.

La luz gris de la mañana entrando por la ventana.

Todo estaba exactamente donde debía estar.

Excepto el silencio.

Celeste permaneció inmóvil.

Escuchó.

Nada.

Se incorporó un poco y apartó el cabello de su rostro.

—¿Hola?

Su propia voz sonó extraña.

Demasiado fuerte.

Esperó.

Nada.

Entonces lo escuchó otra vez.

Un sollozo.

Muy bajo.

Celeste giró la cabeza hacia la puerta.

El sonido había venido de allí.

Se levantó.

El suelo estaba frío bajo sus pies.

Caminó despacio hasta la puerta y apoyó la mano sobre el pomo.

Esperó.

Otro sollozo.

Esta vez estaba segura.

Había alguien al otro lado.

Abrió.

El pasillo estaba vacío.

Celeste frunció el ceño.

Miró a ambos lados.

Nada.

Las luces estaban encendidas. El edificio comenzaba a despertar. Se escuchaban puertas abriéndose a lo lejos, pasos, voces apagadas.

Normal.

Demasiado normal.

Cerró la puerta.

—Estoy perdiendo la cabeza.

Lo dijo en voz alta, esperando que las palabras sonaran ridículas.

No funcionó.

Desde que el sistema había dejado de reconocerla, Celeste había aprendido a desconfiar de todo.

De las cámaras.

De las pantallas.

De las personas.

Incluso de sus propios pensamientos.

Se dirigió al baño.

Encendió la luz.

Su reflejo apareció en el espejo.

Ojeras.

Cabello desordenado.

Una pequeña marca junto a la ceja que no recordaba haberse hecho.

Celeste se acercó.

La tocó.

Nada.

Parpadeó.

La marca seguía allí.

—¿Cuándo me hice esto?

No obtuvo respuesta.

Se alejó del espejo.

Entonces se detuvo.

Había algo escrito en el vapor del cristal.

Tres palabras.

NO CONFÍES EN ÉL.

Celeste sintió que el estómago se le cerraba.

Miró alrededor.

El baño estaba vacío.

Volvió a mirar el espejo.

Las palabras comenzaron a desaparecer lentamente.

Una letra.

Después otra.

Hasta que no quedó nada.

Celeste respiró hondo.

Abrió el grifo.

Agua fría.

Se lavó la cara.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuando volvió a levantar la cabeza, el espejo estaba limpio.

No había mensaje.

No había marca.

Solo ella.

—Perfecto.

Se secó el rostro y salió del baño.

Intentó convencerse de que había sido un sueño.

Eso era lo lógico.

Después de todo lo que había vivido, su cerebro podía estar jugando con ella.

Era una explicación.

Y necesitaba una.

Porque la alternativa era aceptar que alguien había estado dentro de su habitación.

Y eso significaba que el sistema no la había dejado libre.

Celeste tomó su chaqueta.

Antes de salir, miró una última vez la habitación.

La cama.

La ventana.

El escritorio.

Nada extraño.

Abrió la puerta.

Y se quedó quieta.

Había un sobre en el suelo.

Blanco.

Sin nombre.

Sin dirección.

Celeste lo recogió.

Lo abrió.

Dentro había una fotografía.

La sacó lentamente.

Y el mundo pareció detenerse.

Era ella.

Mucho más pequeña.

Quizás seis años.

Estaba sentada en el suelo de una habitación que no reconocía.

Llevaba un vestido blanco.

Tenía las rodillas llenas de tierra.

Y estaba sonriendo.

Celeste dio vuelta la fotografía.

En la parte de atrás había una fecha.

17 de marzo.

Nada más.

Frunció el ceño.

No había año.

Volvió a mirar la imagen.

Entonces notó algo.

Detrás de la niña había una mujer.

Solo se veía parcialmente.

Una mano sobre su hombro.

Celeste acercó la fotografía a sus ojos.

La mujer llevaba una pulsera negra.

Con un símbolo grabado.

Una máscara.

Celeste dejó caer la fotografía.

El sonido del papel contra el suelo fue casi imperceptible.

Ella conocía ese símbolo.

Lo había visto demasiadas veces.

Pero había algo que no entendía.

Nunca había tenido esa fotografía.

Y, sobre todo…

no recordaba aquella habitación.

Se agachó para recogerla.

Entonces su teléfono vibró.

Celeste se sobresaltó.

Lo sacó del bolsillo.

Una notificación.

Número desconocido.

Abrió el mensaje.

Solo decía:

¿Ya encontraste la fotografía?

Celeste dejó de respirar.

Miró la puerta.

Después el pasillo.

Volvió a mirar el teléfono.

Escribió:

¿Quién eres?

La respuesta llegó inmediatamente.

Alguien que te recuerda.

Celeste sintió un escalofrío.

Escribió:

Yo no te recuerdo.

Tres puntos aparecieron en la pantalla.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó el mensaje.

Ese es el problema.

Celeste apretó el teléfono.

—¿Qué quieres?

Esta vez la respuesta tardó.

Mucho más.

Hasta que finalmente apareció:

Quiero que recuerdes antes de que él te encuentre.

Celeste sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

¿Quién?

La respuesta apareció.

Una sola palabra.

Él.

Nada más.

Celeste miró la pantalla.

Esperó.

No llegó ningún mensaje.

Entonces escuchó pasos.

Alguien caminaba por el pasillo.

Se acercaba.

Celeste guardó rápidamente el teléfono.

Los pasos se detuvieron justo frente a su puerta.



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En el texto hay: hay drama, hay fantasía

Editado: 19.08.2026

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