La máscara de celeste 2 - la verdad

CAPÍTULO 2

Celeste no respiró.

Durante varios segundos permaneció frente a la puerta, completamente inmóvil.

La mano seguía suspendida a pocos centímetros del pomo.

Del otro lado no había ningún sonido.

Ni pasos.

Ni respiración.

Ni siquiera el leve crujido del suelo que había escuchado segundos antes.

Nada.

Solo aquella frase.

No abras la puerta.

Y lo peor no era lo que había dicho.

Era la voz.

Su voz.

Celeste retrocedió lentamente.

—No.

La palabra salió tan baja que apenas pudo escucharla.

Miró la puerta.

—No eres yo.

Silencio.

Entonces la voz respondió.

—Nunca dije que lo fuera.

Celeste sintió un escalofrío.

—Entonces, ¿quién eres?

No hubo respuesta.

—¿Quién eres?

Esta vez golpeó la puerta con la palma.

—¡Respóndeme!

Nada.

Celeste respiró profundamente.

No iba a dejarse llevar.

No otra vez.

Había aprendido algo durante todo lo ocurrido con el sistema: el miedo hacía que uno dejara de pensar.

Y ella necesitaba pensar.

Miró la puerta de arriba abajo.

No había cámaras.

No había sensores visibles.

Ni siquiera había una mirilla.

Se acercó.

—Si realmente sabes quién soy, dime algo que nadie más sepa.

Silencio.

Celeste esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Veinte.

Entonces la voz habló.

—Cuando tenías seis años, odiabas las tormentas.

Celeste sintió que el corazón le daba un golpe.

No dijo nada.

—Te escondías debajo de la cama —continuó la voz—. No porque tuvieras miedo de los truenos.

Celeste cerró los ojos.

—Cállate.

—Te escondías porque alguien te dijo que, si mirabas por la ventana durante una tormenta, ellos podrían encontrarte.

Celeste abrió los ojos.

Su respiración se aceleró.

No recordaba eso.

O quizá…

Sí.

Un pedazo de memoria apareció en algún lugar de su cabeza.

Una habitación oscura.

Lluvia golpeando un cristal.

Una niña debajo de una cama.

Una voz femenina.

No mires afuera.

Celeste se llevó una mano a la boca.

—¿Quién me lo dijo?

La voz tardó en responder.

—Eso es lo que tienes que descubrir.

—¿Tú lo sabes?

—Sí.

—Entonces dímelo.

—Todavía no.

Celeste soltó una risa seca.

—Claro.

Retrocedió.

—Siempre hay un “todavía no”.

Se pasó una mano por el cabello.

—¿Qué quieren de mí?

La voz respondió inmediatamente.

—Nada.

Celeste frunció el ceño.

—No te creo.

—Eso es bueno.

—¿Bueno?

—Si vuelves a confiar demasiado rápido, volverán a controlarte.

Celeste sintió que algo se quebraba dentro de ella.

—¿Volverán?

Silencio.

—¿Quiénes?

Nada.

—¿Quiénes van a volver?

La voz no respondió.

Celeste dio un paso hacia la puerta.

—¿Es el sistema?

Esta vez la respuesta fue clara.

—No.

Celeste se quedó inmóvil.

—Entonces, ¿quién?

La voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Algo mucho peor.

Celeste se alejó de la puerta.

No sabía qué hacer.

Una parte de ella quería abrirla.

Otra quería salir corriendo del edificio.

Pero había una tercera parte.

Una que estaba empezando a recordar.

Y esa era la que más miedo le daba.

Miró el reloj.

07:42.

Solo habían pasado unos minutos desde que había despertado.

Parecía una eternidad.

Se sentó en la cama.

La fotografía seguía en el suelo.

La recogió.

La observó nuevamente.

La niña de seis años.

El vestido blanco.

La mujer detrás.

La máscara.

Celeste acercó la fotografía a la ventana.

Había algo extraño en la iluminación.

Una sombra.

Justo detrás de la niña.

La inclinó.

La sombra cambió.

Celeste frunció el ceño.

Volvió a inclinarla.

Entonces lo vio.

Una segunda persona.

Apenas visible.

Estaba detrás de la mujer.

Un hombre.

Celeste acercó aún más la fotografía.

Su rostro estaba parcialmente cubierto.

Pero llevaba algo alrededor del cuello.

Una cadena.

Y en ella colgaba una pequeña pieza metálica.

Una máscara.

Celeste sintió un vacío en el estómago.

—¿Quiénes son ustedes?

La fotografía no respondió.

El teléfono vibró.

Celeste casi lo dejó caer.

Número desconocido.

Abrió el mensaje.

No deberías haber visto la segunda persona.

Celeste miró inmediatamente la fotografía.

Escribió:

¿Quién es?

La respuesta tardó.

No lo sé.

Celeste se quedó mirando la pantalla.

Mentira.

Tres puntos.

Ojalá lo fuera.

Celeste apretó el teléfono.

Dime la verdad.

La respuesta apareció.

La verdad es que tú tampoco sabes quién eres.

Celeste sintió rabia.

Deja de hablarme como si fueras superior a mí.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

No soy superior a ti.

Pausa.

Soy anterior a ti.

Celeste dejó de escribir.

Leyó el mensaje una vez.

Después otra.

Anterior a ti.

No entendía.

Y entonces apareció otro mensaje.

Mira la fecha.

Celeste miró la fotografía.

17 de marzo.

Nada más.

¿Qué pasa con la fecha?

La respuesta tardó.

No es la fecha de la fotografía.

Celeste frunció el ceño.

Entonces ¿qué es?

La pantalla mostró:

La fecha en que desapareciste.

Celeste sintió que el mundo se detenía.



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En el texto hay: hay drama, hay fantasía

Editado: 19.08.2026

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