La luz no fue un estallido violento.
Fue algo peor.
Fue absoluta.
Celeste sintió que el mundo desaparecía bajo una claridad tan intensa que le atravesó la piel, los huesos, los pensamientos. No había arriba ni abajo. No había frío ni calor. Solo una presencia que no gritaba, no atacaba... ordenaba.
El tiempo se detuvo.
Cuando volvió a sentir su cuerpo, estaba de rodillas en el suelo frío de A-318. El pitido de los monitores había cesado. Las luces ya no parpadeaban.
Silencio.
Un silencio profundo, antinatural, como si el Centro Aurora entero estuviera conteniendo el aliento.
-¿Celeste...? -la voz de Valeria llegó primero, temblorosa-. ¿Estás viva?
Celeste abrió los ojos.
La sombra había desaparecido.
No disuelta.
No destruida.
Simplemente... ausente.
La habitación estaba iluminada por una luz suave, blanca, que no provenía de ninguna lámpara. Flotaba en el aire como una neblina tranquila.
Duarte estaba de pie, rígido, con el arma aún levantada.
-¿Qué fue eso? -preguntó, con voz baja-. No era la sombra.
Celeste se puso de pie lentamente. Sentía el cuerpo pesado, pero completo de una forma distinta. No más fuerte. No más poderosa.
Más entera.
-No -respondió-. No era ella.
Se giró hacia la camilla.
Alma respiraba.
No de forma irregular.
No forzada.
Respiraba bien.
El monitor mostraba un ritmo estable.
Valeria se llevó ambas manos a la boca y dejó escapar un sollozo.
-Está viva... Dios mío, está viva...
Celeste se acercó despacio, con miedo de tocarla, como si el más mínimo gesto pudiera romper aquel momento.
-Alma... -susurró.
Los párpados de su hermana temblaron.
Y esta vez, cuando abrió los ojos, ya no estaban negros.
Eran marrones.
Cansados.
Humanos.
-Celes... -murmuró Alma-.
Siempre tardas...
Celeste se quebró.
Cayó de rodillas junto a la camilla y apoyó la frente contra la mano de su hermana, apretándola con cuidado, como si necesitara confirmar que era real.
-Lo siento... -susurró-. Lo siento tanto...
Alma respiró hondo.
-No -dijo con esfuerzo-. No fue culpa tuya.
Duarte se acercó con cautela.
-¿Recuerda quién es? -preguntó-. ¿Está consciente?
Alma lo miró.
Luego a Valeria.
Luego al cuarto.
-Recuerdo... demasiado -respondió-.
Pero sí. Estoy aquí.
Celeste levantó la cabeza.
-¿Qué pasó cuando la luz...?
Alma cerró los ojos un momento.
-Algo... intervino -dijo-.
No era la sombra.
No era yo.
No eras tú.
Celeste sintió un escalofrío.
-¿Entonces qué fue?
Antes de que Alma pudiera responder, el aire volvió a vibrar.
La luz blanca del cuarto se condensó lentamente, reuniéndose en un punto frente a ellas. No tomaba forma humana, pero tenía contorno. Presencia. Voluntad.
Valeria retrocedió de inmediato.
-No... no, no, no. Ya tuvimos suficiente de entidades por hoy.
Duarte se colocó delante de ellas.
-Identifícate -ordenó, aunque sabía lo absurdo que sonaba.
La luz respondió.
No con voz.
Con pensamiento.
Celeste lo sintió directamente en la cabeza, claro como una verdad que siempre había sabido.
"Soy el equilibrio."
El corazón de Celeste se aceleró.
-¿El equilibrio de qué?
La presencia no se movió, pero el aire pareció asentir.
"De lo que fue dividido sin comprensión."
Alma respiró hondo.
-Ella no miente -dijo-.
Siempre estuvo ahí.
Observando.
Celeste apretó los puños.
-¿Entonces por qué no hiciste nada antes?
¿Por qué dejaste que nos destrozaran?
La luz se atenuó levemente.
"Porque ustedes no eran sujetos. Eran decisiones humanas."
Celeste sintió rabia.
-Nos usaron.
"Sí."
-Nos rompieron.
"Sí."
-¿Y ahora qué? -preguntó, con la voz firme-. ¿Vienes a arreglar lo que ellos destruyeron?
La luz guardó silencio unos segundos.
Luego:
"No puedo deshacer elecciones.
Solo responder a ellas."
Celeste recordó el instante crítico.
El paso que dio.
La decisión que tomó.
-Entonces... -susurró-.
¿Respondías a mi elección?
La luz brilló un poco más.
"Elegiste no completarte a costa de otro."
Alma miró a Celeste, sorprendida.
-¿Qué... qué hiciste?
Celeste cerró los ojos.
-No fui hacia la sombra -dijo-.
Pero tampoco la rechacé.
La dejé ir.
Duarte frunció el ceño.
-Eso no suena posible.
-Lo fue -respondió la presencia-.
Porque eligió no poseer ni ser poseída.
Valeria negó lentamente.
-¿Entonces la sombra...?
"Ya no está atada."
Celeste sintió un vacío distinto en el pecho. No doloroso. No urgente.
Libre.
-¿Y Alma? -preguntó-. ¿Por qué ella está bien?
La luz se movió hacia la camilla.
"Porque el sacrificio ya no era necesario."
Alma apretó la mano de Celeste.
-Yo... lo sentí -susurró-.
Como si algo se soltara.
Como si ya no tuviera que sostener nada.
Celeste respiró hondo por primera vez en mucho tiempo.
-¿Esto terminó?
La luz se quedó inmóvil.
"No."
Duarte tensó el cuerpo.
-Explícate.
La presencia respondió con calma implacable:
"El experimento terminó.
Las consecuencias, no."
Celeste sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Mis padres...?
"Dejaron rastros.
Otros continuaron."
Valeria tragó saliva.