La máscara de celeste

Capítulo 20: CUANDO EL SILENCIO SE ROMPE

El refugio no despertó con un ruido.
Despertó con una ausencia.

Celeste lo sintió antes de abrir los ojos: el eco, que la noche anterior había sido un murmullo contenido, ahora estaba… plano. No apagado. Interrumpido. Como una melodía cortada en seco justo antes del último acorde.

Se incorporó de golpe.

La casa estaba en silencio. Demasiado.

—¿Alma? —susurró.

Desde la habitación contigua llegó una respuesta somnolienta.

—Aquí…

Celeste respiró apenas más tranquila, pero la sensación persistía. Se levantó y caminó descalza por el pasillo. La madera del suelo crujía con normalidad, los primeros rayos del sol entraban por las ventanas, y aun así… algo estaba fuera de lugar.

Irene estaba en la cocina, de pie, inmóvil, observando la cafetera apagada como si fuera un objeto extraño.

—Ellos nos encontraron —dijo sin girarse.

Celeste se detuvo en seco.

—¿Quiénes?

Irene cerró los ojos un segundo.

—No “quiénes”.
Él.

Duarte apareció en la puerta trasera, ya vestido, el teléfono en la mano.

—Sin señal —dijo—. Otra vez.
Pero ahora no es casualidad.

Valeria salió del baño, frotándose las manos nerviosamente.

—Vale, nadie me va a decir que esto es solo mala cobertura, ¿verdad?

Irene negó.

—Esto es un bloqueo selectivo.
Discreto. Elegante.
Es su estilo.

Celeste se acercó.

—Háblanos de él.

Irene respiró hondo, como si esa pregunta pesara años.

—No tiene nombre que importe —dijo—.
Pero si necesitas uno…
lo llaman El Curador.

Alma apareció en el pasillo, pálida pero firme.

—¿Curador de qué?

Irene la miró con una mezcla de respeto y tristeza.

—De lo que considera errores de diseño humano.

El eco volvió a tensarse.
Esta vez, no como un murmullo.
Como una advertencia.

—No viene a observar —dijo Celeste—.
Viene a probar.

Irene asintió.

—Siempre lo hace primero.
Mide. Ajusta.
Luego decide si vales la pena… o si debes ser corregida.

Valeria tragó saliva.

—No me gusta nada esa palabra.

—A nadie le gusta —respondió Irene—.
Por eso funciona.

Un zumbido suave atravesó la casa. No fue eléctrico; fue interno, como si la vibración recorriera el aire y los huesos al mismo tiempo.

Celeste cerró los ojos.

Vio una imagen breve, involuntaria:

Un edificio blanco.
Vidrio.
Pantallas.
Y un hombre de espaldas, con las manos entrelazadas, observando datos que se movían como organismos vivos.

—Está mirando ahora —susurró.

Duarte apretó los puños.

—Entonces no nos escondemos.

—No —dijo Irene—.
Nos reubicamos.

Se movió con rapidez inesperada para alguien tan serena. Abrió un armario oculto detrás de una estantería y reveló una escalera estrecha que descendía.

—Este lugar nunca fue una fortaleza —explicó—.
Fue una pausa.
Y las pausas se terminan.

Alma dio un paso adelante.

—No vamos a huir otra vez.

Celeste la miró.

—No es huir —dijo—.
Es elegir el terreno.

Bajaron en silencio. El espacio subterráneo era simple: mapas, cuadernos, radios analógicas, notas escritas a mano. Nada digital.

—Él confía demasiado en sus sistemas —dijo Irene—.
Y eso lo vuelve sordo a ciertas cosas.

Celeste pasó los dedos por un mapa marcado con puntos.

—¿Otros refugios?

—No —respondió Irene—.
Otros despertares.

El zumbido volvió, más intenso. Esta vez, Valeria lo sintió claramente.

—Está… tocando el lugar —dijo—. Como si llamara a la puerta sin golpear.

Celeste respiró hondo. El eco dentro de ella ya no estaba fragmentado. No buscaba completarse; escuchaba.

—Quiere una respuesta —dijo—.
Quiere saber si somos reactivas… o predecibles.

Duarte levantó la vista.

—¿Y qué le damos?

Celeste miró a Alma.
Luego a Irene.
Luego a todos.

—Una tercera cosa.

El zumbido cesó de repente.

Y entonces, una voz llenó el espacio.

No salió de ningún altavoz.
No fue un pensamiento.

Fue directa.

—Celeste Montenegro —dijo con calma absoluta—.
Has superado mis expectativas iniciales.

Valeria soltó un insulto ahogado.

Irene no se movió.

—No lo invites —susurró.

Celeste dio un paso adelante.

—No necesitas invitarme para hablarme —respondió—.
Ya estás aquí.

Un silencio tenso.

Luego, la voz sonrió. Literalmente se oyó la sonrisa.

—Bien —dijo El Curador—.
Entonces hagámoslo correcto.

Las luces parpadearon una sola vez.

—Te ofrezco una conversación —continuó—.
Y a cambio…
dejo este lugar intacto.

Celeste sintió la presión del eco en todos los rincones. Personas dormidas, protegidas por esa calma frágil.

—No negocias desde una posición moral —dijo—.
Sino desde el control.

—Siempre —admitió él—.
La moral es ineficiente.

Alma dio un paso al frente.

—Ella no te pertenece.

—Nadie pertenece —respondió la voz—.
Pero todo puede optimizarse.

Celeste cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, su voz era firme.

—Entonces escucha esto.
No soy tu error.
No soy tu proyecto.
Y no soy tu solución.

Un pulso recorrió el refugio.
No violento.
Claro.

El Curador guardó silencio por primera vez.

—Interesante —dijo finalmente—.
Has aprendido a modular.

—He aprendido a elegir —respondió Celeste—.
Y esa es una variable que no controlas.

El silencio se estiró.

Luego, la presión desapareció.

La voz habló una última vez:

—Esto no ha terminado.
Apenas empieza.




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