El mundo no se detuvo cuando el Curador activó la Fase Dos.
Eso era lo más peligroso de todo.
Las ciudades siguieron funcionando.
La gente fue a trabajar.
Las noticias hablaron de banalidades.
Y, sin embargo, algo invisible comenzó a reorganizarse.
Celeste lo sintió antes de que ocurriera cualquier evento concreto. No como una amenaza directa, sino como una reducción del espacio interior, como si el mundo estuviera decidiendo por adelantado qué pensamientos merecían existir.
—Esto ya no es cacería —dijo mientras caminaban—.
Es arquitectura.
Irene asintió con el rostro tenso.
—Está rediseñando el entorno humano.
Para que personas como nosotras…
no tengan dónde aparecer.
Alma caminaba en silencio. Desde la pérdida del eco protector, su percepción se había vuelto más cruda. Menos filtrada. Más real.
—Siento miedo —admitió de pronto—.
No como antes.
Este miedo es… lógico.
Celeste la miró.
—Ese es el más difícil de romper.
Duarte se detuvo al escuchar un sonido distante: sirenas.
—No son para nosotras —dijo—.
Pero tampoco son normales.
Valeria sacó su teléfono analógico, inútil para redes, pero útil para señales básicas.
—Tres ciudades cercanas —dijo—.
Emergencias simultáneas en centros de atención psicológica.
Irene cerró los ojos.
—Está empezando por ahí.
Celeste apretó los dientes.
—Por donde la gente va cuando ya no encaja.
A kilómetros de distancia, en un edificio sin nombre, El Curador observaba gráficos descendentes.
—La anomalía no nace del trauma —decía—.
Nace de la interpretación del trauma.
Giró ligeramente la cabeza.
—Si controlamos el marco…
controlamos el resultado.
Una asistente dudó.
—¿Y si algunas personas no responden al marco?
El Curador sonrió con paciencia.
—Entonces no son personas funcionales.
Y el sistema siempre elimina lo que no puede integrar.
De vuelta con Celeste y las demás, el bosque terminó abruptamente frente a una carretera.
—No podemos quedarnos fuera del mundo —dijo Valeria—.
Pero entrar ahora es suicida.
Celeste observó el asfalto.
—No vamos a entrar como antes.
Alma la miró.
—¿Entonces cómo?
Celeste respiró hondo.
—Como una interrupción viva.
El eco, aunque debilitado, respondió dentro de ella. No con fuerza. Con convicción.
—El Curador cree que puede prevenirnos —continuó—.
Pero no entiende algo esencial.
Irene levantó la vista.
—¿Qué cosa?
Celeste habló despacio, segura:
—Que las grietas no se crean desde afuera.
Nacen dentro del sistema.
Y dio el primer paso hacia la carretera.
La carretera no llevaba a ningún lugar especial.
Ese era el truco.
No había carteles, ni tráfico constante, ni vigilancia evidente. Solo asfalto gastado y una línea amarilla descolorida que parecía dividir algo más que carriles. Celeste avanzó primero, con la sensación de estar cruzando un umbral que no tenía nombre.
—Aquí —dijo—.
Aquí empieza a sentirse distinto.
Irene miró alrededor.
—Porque ya no estamos fuera del sistema —respondió—.
Estamos dentro, pero sin permiso.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Mi forma favorita de existir.
Alma caminaba con cautela. Cada sonido parecía más nítido, cada movimiento más pesado. Sin el eco protector, el mundo había ganado textura… y amenaza.
—Antes —dijo— sentía que algo amortiguaba las decisiones.
Ahora todo pesa más.
Celeste la miró con atención.
—Eso no es una pérdida —dijo—.
Es conciencia sin anestesia.
Un vehículo pasó a lo lejos. Nada fuera de lo común. Aun así, Duarte se tensó.
—No nos buscan a nosotras —dijo—.
Pero alguien sí está siendo buscado.
Irene asintió.
—La Fase Dos no es persecución directa.
Es clasificación.
Se detuvo y señaló un edificio visible entre los árboles: un centro comunitario pequeño, paredes claras, puertas abiertas.
—Ahí —dijo—.
Ese lugar ya cambió de función.
Valeria frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el eco no vibra —respondió Celeste—.
Está… silenciado.
Entraron.
El ambiente era tranquilo, demasiado. Personas sentadas en círculo, sonrisas medidas, voces bajas. Un mural en la pared decía “Estabilidad es bienestar”.
Alma se estremeció.
—Aquí no hay tristeza —susurró—.
Pero tampoco hay preguntas.
Una mujer se acercó a ellas, amable, correcta.
—Bienvenidas —dijo—.
¿Buscan orientación?
Celeste sostuvo su mirada.
—Buscamos escuchar.
La mujer inclinó la cabeza.
—Aquí ayudamos a que las personas dejen de luchar consigo mismas.
Irene dio un paso adelante.
—¿Y qué hacen con las que no quieren dejar de luchar?
La sonrisa de la mujer se tensó apenas un segundo.
—Las acompañamos a aceptar.
El eco de Celeste reaccionó, breve, incómodo.
—¿Aceptar qué? —preguntó Alma.
—Los límites —respondió la mujer—.
No todos están hechos para más.
Valeria apretó los dientes.
—Eso es nuevo —murmuró—.
Antes al menos fingían esperanza.
Un hombre joven, sentado al fondo, levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Celeste, y algo se quebró en su expresión.
—No encaja —dijo en voz baja—.
Nada de esto encaja.
La sala se tensó.
La mujer se giró lentamente.
—Caleb —dijo con suavidad—.
Recuerda lo que hablamos sobre resistirse.
Celeste dio un paso hacia él.
—No estás equivocado —dijo—.
Solo estás despierto en un lugar que prefiere el sueño.
El eco vibró, leve pero claro.
El hombre respiró agitadamente.
—Ellos dicen que pensar así es el problema —dijo—.
Que el dolor viene de no aceptar el marco correcto.
Irene habló, firme.