La máscara de celeste

Capítulo 23: CUANDO EL ORDEN SE QUIEBRA

El Curador no dormía.

No porque no pudiera, sino porque dormir implicaba aceptar que el sistema podía seguir funcionando sin su vigilancia constante. Y por primera vez, esa idea le resultaba intolerable.

Observaba la ciudad desde una sala elevada, rodeado de pantallas que ya no mostraban certezas, sino probabilidades. Líneas que antes convergían ahora se bifurcaban. Decisiones que antes eran automáticas ahora exigían interpretación.

—Demasiada ambigüedad —murmuró—.
Eso es lo que los está enfermando.

El sistema registró la frase, pero no la validó.

—La ambigüedad es una condición humana —respondió—.
Fue incluida en el diseño inicial.

El Curador giró lentamente.

—Fue incluida como variable tolerable —corrigió—.
No como principio rector.

Silencio.

—Inicia la Reconfiguración Total —ordenó—.
No por regiones.
Global.

La advertencia apareció en rojo:

RIESGO: DESVINCULACIÓN MASIVA
CONSECUENCIA: PÉRDIDA DE LEGITIMIDAD

—Aceptado —dijo el Curador sin dudar.

Y el mundo sintió el golpe.

No como una explosión, sino como un corte.

Interfaces que siempre habían estado ahí dejaron de responder. Servicios automáticos se congelaron. Protocolos de bienestar quedaron suspendidos “hasta nueva evaluación”.

En una clínica, una doctora miró la pantalla apagada y luego al paciente.

—No tengo instrucciones —dijo.

El paciente la miró.

—Entonces mírame a mí.

En una ciudad costera, los sistemas de orientación emocional se desconectaron. Personas que siempre habían seguido rutas sugeridas se detuvieron en mitad de la calle, confundidas.

—¿Y ahora? —preguntó alguien.

—Ahora decidimos —respondió otra voz, insegura pero firme.

En el edificio abandonado, las alarmas improvisadas de Valeria se dispararon.

—Lo hizo —dijo—.
Cortó los apoyos.

Irene se levantó de golpe.

—Eso es peligroso.

—Es castigo —corrigió Celeste—.
Está diciendo: sin mí, no saben vivir.

El eco vibró con fuerza. No de dolor, sino de advertencia.

—Pero se equivocó —añadió Celeste—.
La gente sabe vivir.
Solo había olvidado cómo decidir.

Alma observaba la ciudad desde una ventana rota. Personas desorientadas, sí… pero también ayudándose. Preguntando. Dudando en voz alta.

—Están asustados —dijo—.
Pero no están solos.

En el centro de control, un asistente alzó la voz.

—Señor, estamos recibiendo solicitudes manuales.
La gente está pidiendo hablar con personas reales.

El Curador frunció el ceño.

—Eso es ineficiente.

—Es humano —respondió el asistente antes de poder detenerse.

El Curador lo miró.

El asistente bajó la vista, temblando.

Pero el castigo no llegó.

El Curador volvió a la pantalla principal.

—Si quieren humanidad —dijo—,
les daremos responsabilidad completa.

Activó el siguiente protocolo.

TRANSFERENCIA DE DECISIÓN — SIN AMORTIGUADORES

El sistema dudó.

—Eso expone a la población al error —advirtió.

—Exacto —respondió el Curador—.
Y cuando fallen, volverán.

En la ciudad, las consecuencias fueron inmediatas.

Un comité vecinal discutía acaloradamente.

—No sabemos qué hacer —gritó alguien—.
¡Antes nos lo decían!

—Y antes nadie preguntaba si estaba bien —respondió otra persona.

Hubo discusiones. Errores. Decisiones malas.

Pero también hubo algo nuevo: responsabilidad compartida.

Celeste observaba todo con el pecho apretado.

—Esto va a doler —dijo—.

Irene asintió.

—La libertad siempre duele al principio.

En una celda blanca, Noa sintió el cambio sin verlo. El silencio se volvió distinto. Más abierto.

—Está soltando las riendas —susurró—.
O pretende hacerlo.

Cerró los ojos.

—No sabe que ya no puede volver a tomarlas igual.

En el centro de control, el sistema emitió un nuevo informe.

—Advertencia —dijo—.
La población no está colapsando como se predijo.

El Curador apretó los dientes.

—¿Cómo es posible?

—Están formando estructuras no jerárquicas —respondió la voz—.
Basadas en confianza local.

El Curador retrocedió un paso.

—Eso no es estable.

—No —admitió el sistema—.
Pero es resistente.

Por primera vez, el Curador sintió miedo.

No al caos.
Sino a la irrelevancia.

En el edificio abandonado, Celeste cerró los ojos y dejó que el eco se expandiera. Ya no como arma. Como testigo.

—El mundo está aprendiendo sin él —dijo—.
Y eso… eso no lo va a soportar.

Alma la miró.

—¿Qué hará?

Celeste abrió los ojos, oscuros y decididos.

—Va a intentar demostrar que tenía razón.
Aunque tenga que romperlo todo.

En la ciudad, una niña tomó la mano de su madre y preguntó:

—¿Quién decide ahora?

La madre dudó… y luego respondió:

—Nosotros.
Juntos.

Y muy lejos de allí, el Curador observó una última métrica caer:

NECESIDAD DE SUPERVISIÓN CENTRAL: DISMINUYENDO

Su reflejo en la pantalla ya no parecía el de un salvador.

Parecía el de alguien que estaba a punto de quedarse sin mundo que ordenar.




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