La máscara de celeste

Capítulo 26: LAS GRIETAS DEL ORDEN

Las grietas no aparecieron de golpe.

Se formaron en silencio, como siempre sucede con las estructuras demasiado rígidas: pequeñas tensiones ignoradas, dudas disfrazadas de disciplina, órdenes obedecidas con la mandíbula apretada.

Los Restauradores crecían, pero no en unidad.

Marcos Hale lo sabía.

En la sala donde se reunían —un antiguo centro administrativo recuperado a medias—, los mapas seguían colgados, las rutas marcadas con precisión. Pero ya no todos miraban en la misma dirección.

—Estamos perdiendo legitimidad —dijo una mujer sentada al fondo—.
La gente empieza a cuestionar.

—Cuestionar es normal —respondió Marcos—.
Obedecer después es lo importante.

Un murmullo recorrió la mesa.

—Eso suena demasiado parecido a lo anterior —dijo otro—.
Y prometimos que no lo repetiríamos.

Marcos lo miró fijamente.

—Prometimos evitar el colapso —corrigió—.
No gustarles a todos.

Mientras tanto, Celeste caminaba con cuidado. No por miedo a ser atacada, sino por algo más peligroso: ser usada.

Sabía que los Restauradores no eran un bloque. Y sabía que algunos empezarían a buscarla, no como enemiga, sino como herramienta.

La confirmación llegó de noche.

Una joven llamada Elia, operadora de un nodo intermedio, apareció en el edificio abandonado con los ojos llenos de insomnio.

—No puedo seguir —dijo sin rodeos—.

Alma tensó el cuerpo.

—¿De qué lado vienes?

Elia negó con la cabeza.

—Del lado que se está rompiendo.

Celeste le ofreció agua.

—Habla.

Elia respiró hondo.

—Marcos ya no escucha —dijo—.
Las decisiones se están volviendo… automáticas.
Y algunos quieren ir más lejos.

—¿Más lejos cómo? —preguntó Irene.

Elia dudó.

—Crear un sistema nuevo —dijo—.
No centralizado en una persona…
pero sí cerrado.
Incuestionable.

El ex Curador, presente en la sala, cerró los ojos.

—La misma jaula —murmuró—.
Con otro nombre.

Celeste miró a Elia.

—¿Por qué vienes aquí?

—Porque me pidieron algo —respondió—.
Y no lo voy a hacer sola.

Elia explicó el plan: algunos Restauradores querían provocar una crisis controlada. Un fallo lo suficientemente grave como para que la gente suplicara una estructura firme.

—Una caída breve —dijeron—.
Para salvar el largo plazo.

Alma se puso de pie.

—Eso es asesinato con retórica.

Celeste sintió el eco estremecerse.

—¿Marcos lo sabe? —preguntó.

Elia negó.

—O no quiere saberlo.

La traición no fue un acto espectacular. Fue una decisión tomada en voz baja, con la convicción de quienes creen que el fin justifica todo.

Celeste entendió algo entonces: el peligro ya no era el control, sino el miedo a perderlo.

—No vamos a exponerlos —dijo Celeste—.
Ni a cubrirlos.

—Entonces… —Elia tragó saliva—
¿qué hacemos?

Celeste se levantó.

—Decimos la verdad —respondió—.
Aunque nos rompa alianzas.

Elia la miró aterrada.

—Eso va a desatar caos.

—El caos ya está —dijo Celeste—.
La diferencia es si mentimos para evitarlo.

La oportunidad llegó antes de lo esperado.

Un intento de sabotaje falló parcialmente. No colapsó el sistema, pero dejó rastros claros. Suficientes.

Marcos Hale recibió el informe de madrugada. Leyó los nombres. Reconoció a algunos. Personas en las que confiaba.

—¿Es cierto? —preguntó en una transmisión privada.

Celeste respondió sin rodeos.

—Sí.

Marcos guardó silencio largo rato.

—¿Y tú? —preguntó al fin—.
¿Vas a usar esto contra nosotros?

Celeste negó.

—No —dijo—.
Voy a decirlo en voz alta.
Y dejar que decidan.

Marcos cerró los ojos.

—Eso nos destruirá.

—O los obligará a elegir quiénes son —respondió ella.

La transmisión terminó sin acuerdo.

Horas después, la información se filtró. No con titulares incendiarios. Con datos simples, sin adornos.

La reacción fue inmediata.

Algunos Restauradores se separaron públicamente. Otros redoblaron su postura. El movimiento se fracturó en tiempo real.

En las calles, la gente no celebró. Estaba cansada de revelaciones.

—Siempre hay alguien que cree saber más —dijo una mujer—.
Estoy harta.

Celeste escuchó ese cansancio como una herida abierta.

Esa noche, Elia regresó al edificio abandonado.

—Ahora soy una traidora para ellos —dijo—.
Y una sospechosa para ustedes.

Celeste la miró con compasión.

—Eso suele pasar cuando eliges no mentir.

El eco vibró, suave.

El ex Curador observó la ciudad desde una ventana rota.

—El orden se está desmoronando —dijo—.
Pero esta vez… no por imposición.

Celeste se acercó.

—Sino por elección —respondió—.
Y eso cambia todo.

En algún lugar, Marcos Hale se quedó solo en una sala vacía, entendiendo que su mayor error no había sido buscar control…

…sino creer que podía sostenerlo sin convertirse en aquello que decía combatir.

La noche cayó sobre una ciudad cansada, dividida, despierta.

Y por primera vez, el futuro no se sentía como una línea trazada,
sino como una pregunta abierta que nadie podía responder por los demás.




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