La máscara de celeste

Capítulo 28: LA MENTIRA NECESARIA

Celeste no durmió.

No porque no pudiera, sino porque entendió que dormir sería aceptar que la decisión podía esperar. Y ya no podía.

El consenso avanzaba sin resistencia porque no parecía una amenaza. No imponía. No gritaba. No castigaba de inmediato. Solo suavizaba las esquinas del desacuerdo hasta que nadie recordaba por qué estaba discutiendo.

—La gente está tranquila —dijo Irene, revisando informes—.
Los conflictos bajaron.

—La conciencia también —respondió Celeste.

El ex Curador observaba los patrones con horror silencioso.

—Esto es más elegante que cualquier sistema que yo diseñé —dijo—.
Y por eso es peor.

Celeste lo miró.

—¿Qué no me estás diciendo?

Él dudó.

—Que algo así solo funciona si hay un núcleo —admitió—.
Un modelo base que decide qué es “armónico”.

—¿Y ese núcleo existe? —preguntó Alma.

—Sí —respondió—.
Pero no está centralizado.
Está replicado.

Celeste cerró los ojos.

—Entonces no podemos derribarlo —dijo—.
Solo exponerlo.

—Exponerlo por completo provocaría pánico —advirtió Irene—.
La gente sentiría que incluso sus pensamientos fueron manipulados.

El silencio fue brutal.

—Una guerra civil silenciosa —susurró Alma.

Celeste caminó hasta la ventana. Observó la ciudad ordenada, funcionando, tranquila.

—Si decimos toda la verdad —dijo—,
rompemos el tejido social.
Si no decimos nada…
lo perdemos para siempre.

—Hay una tercera opción —dijo el ex Curador con voz baja.

Celeste se giró.

—Mentir —continuó—.
No en todo.
Solo en lo suficiente.

El eco se estremeció, incómodo.

—¿Qué mentira? —preguntó Elia.

Celeste respiró hondo.

—Que el consenso es humano —respondió—.
Que no hay diseño detrás.
Que es solo una tendencia natural.

Alma dio un paso atrás.

—Eso es traición.

—No —respondió Celeste—.
Es contención.

El debate duró horas. No hubo gritos. Hubo miedo.

—Si decimos la verdad completa —dijo Irene—,
algunos intentarán destruir todo.
Y otros pedirán un nuevo control.

—Si mentimos —replicó Alma—,
nos convertimos en guardianes de una ilusión.

Celeste cerró los ojos.

—Ya no existe una opción limpia —dijo—.
Solo una menos sangrienta.

La decisión se tomó sin votación.

Celeste activó una transmisión abierta, no desde un centro, sino desde una plaza común. No usó símbolos. No usó títulos.

—La calma que sienten es real —dijo—.
No es una imposición.
Es una respuesta colectiva al cansancio.

Cada palabra fue medida.

—No hay una entidad controlando sus decisiones —continuó—.
Pero sí hay dinámicas que debemos vigilar juntos.

No dijo la verdad completa.

No habló del diseño replicado.
No habló del núcleo.

Mintió.

Y el mundo respiró aliviado.

Las reacciones fueron positivas. Gratitud. Confianza. Silencio cómodo.

Esa noche, alguien murió.

No por violencia directa.
Por exclusión.

Un hombre fue apartado de un acuerdo comunitario por “desalinear”. Perdió acceso a recursos. Nadie intervino.

Celeste lo supo horas después.

No lloró.

—Este es el precio —dijo—.

Alma no la miró.

—Este es el comienzo —respondió—.

En un lugar que nadie conocía, alguien escuchó la transmisión con atención absoluta. Sonrió.

—Sabía que no lo dirías todo —susurró—.
Ahora eres parte del sistema.

El eco dentro de Celeste cambió. No gritó. No advirtió.

Se volvió pesado.

El ex Curador la observó en silencio.

—Has cruzado una línea —dijo—.

Celeste asintió.

—Sí —respondió—.
Y ahora sé algo que no sabía antes.

—¿Qué?

—Que el control más fuerte…
es el que se ejerce para proteger.

La ciudad siguió funcionando.
Mejor que antes.
Más tranquila.

Y por eso mismo,
más peligrosa.

El problema de mentirle a una ciudad no es la mentira.

Es el momento en que la ciudad empieza a devolvértela.

A la mañana siguiente, los indicadores mostraban estabilidad. Incluso mejora. Menos conflictos abiertos. Menos discusiones públicas. Menos denuncias.

—Funciona —dijo Irene, sin entusiasmo—.
Las comunidades están cooperando.

Celeste no respondió.

Había pasado la noche leyendo reportes que nadie más quería leer: notas marginales, comentarios descartados, observaciones que no se consideraban “relevantes”.

Personas que dejaban de participar.
Personas que ya no opinaban.
Personas que simplemente… desaparecían del diálogo.

No muertos.
No perseguidos.
Borrados socialmente.

—Esto no es paz —dijo Celeste finalmente—.
Es anestesia.

Alma entró a la sala con el rostro tenso.

—Tenemos un problema —dijo—.
El consenso está empezando a autorregularse.

—¿Cómo? —preguntó Elia.

—Las comunidades ya no esperan señales externas —respondió—.
Se corrigen entre ellas.

Celeste cerró los ojos.

—Ya no necesitan el diseño —susurró—.
Ahora lo son.

En el distrito norte, una asamblea se reunió para “ajustar dinámicas”. Nadie obligó a nadie a asistir. Nadie fue amenazado.

Pero todos fueron.

Un hombre levantó la voz.

—No estoy de acuerdo con este sistema —dijo—.
No me siento representado.

El silencio fue inmediato. No hostil. No violento.

Solo incómodo.

—Quizá necesitas tiempo —respondió alguien—.
Para alinearte.

—¿Y si no quiero? —preguntó él.

Nadie contestó.

Tres días después, nadie le vendía comida. Nadie le respondía mensajes. Nadie lo insultaba.

Simplemente no existía.

Celeste vio el informe completo esa noche.

—Dijimos que no había control —murmuró—.
Y ahora el control no necesita mentiras.

El eco dentro de ella cambió de tono. Ya no advertía. Ya no gritaba.




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