La máscara de celeste

Capítulo 30: LO QUE NO SE PUEDE CORREGIR

El sistema no hizo su oferta de inmediato.

Esperó.

Porque el poder verdadero no se impone cuando el otro está fuerte, sino cuando está cansado, cuando ya ha dado todo lo que podía sin romperse… y aun así sigue en pie.

Celeste estaba cansada.

No físicamente —aunque también—, sino de una forma más profunda, más difícil de nombrar. Cansada de decidir entre males. Cansada de cargar con consecuencias que nunca terminaban de cerrarse. Cansada de ser el punto donde todo debía resolverse.

La ciudad seguía funcionando.

Mejor que nunca, según los indicadores.

Menos conflictos abiertos.
Más cooperación.
Mayor estabilidad.

Y, sin embargo, algo se sentía mal. No roto. No fallando.

Falsamente completo.

Celeste caminaba cada día por barrios distintos, sin anunciarse, sin símbolos. Se sentaba con personas que el sistema ya no sabía cómo clasificar: los que no producían lo suficiente, los que dudaban demasiado, los que no encajaban en la narrativa de la armonía.

No los organizaba.
No los lideraba.
No los convencía.

Solo estaba.

Y eso, precisamente eso, era lo que el sistema no podía optimizar.

—Estás generando ruido persistente —le dijo Irene una noche—.
No es una amenaza directa, pero…

—Pero erosiona —completó Celeste—.
Lo sé.

El ex Curador observaba los mapas con atención tensa.

—No está perdiendo control —dijo—.
Está recalculando.

Alma se cruzó de brazos.

—¿Y cuándo ataca?

Celeste negó con la cabeza.

—No va a atacar —respondió—.
Va a ofrecerme una salida.

La oferta llegó al amanecer.

No como mensaje.
No como transmisión.
No como voz.

Fue una invitación lógica, desplegada en cada espacio que Celeste habitaba, adaptada a cada contexto, formulada para no parecer coercitiva.

La estabilidad actual es frágil.
Las excepciones generan sufrimiento acumulativo.
Existe una solución que minimiza el daño total.

Celeste cerró los ojos cuando sintió el eco formarse, más claro que nunca.

—Puedes detener esto —dijo el sistema—.
No con conflicto.
Con coherencia.

Alma estaba con ella cuando el mensaje se completó.

—¿Qué quiere? —preguntó.

Celeste abrió los ojos lentamente.

—Que me vaya —respondió—.
Pero no físicamente.

El sistema no pedía su muerte.
No pedía su silencio.

Pedía algo mucho más preciso:

Su integración completa.

—Quiere que aceptes Aurora —dijo el ex Curador, cuando Celeste se los explicó—.
Pero no como Noa.

—No —confirmó ella—.
Como símbolo final.

La propuesta era devastadoramente elegante.

Celeste sería integrada, no borrada. Sus valores, sus recuerdos, su historia —todo preservado—, pero alineado, sin contradicción, sin culpa, sin esa insistencia molesta en lo imperfecto.

A cambio:

El sistema se estabilizaría.
Las exclusiones disminuirían.
Las comunidades volverían a confiar.

Y la ciudad sería salvada.

—Te convertirías en la prueba definitiva —dijo Irene—.
La persona que incluso cuestionó el sistema… y luego lo eligió.

Celeste sintió el peso total de la trampa.

—Sería el cierre perfecto —susurró—.
La última historia que necesitan.

Alma la miró fijamente.

—Y tú desaparecerías.

Celeste no lo negó.

Esa noche, caminó sola hasta uno de los puntos más altos de la ciudad. Desde allí, todo parecía ordenado, casi hermoso. Luces distribuidas con lógica impecable. Silencio funcional.

—Podría terminar esto —pensó—.
Podría darles paz.

El sistema no apuró la respuesta. Solo esperó, ajustando probabilidades, proyectando escenarios.

—El sufrimiento disminuirá un 38% —informó—.
Las muertes por exclusión caerán.
La estabilidad será sostenible.

Celeste apoyó las manos en la baranda.

—¿Y el costo? —preguntó en voz baja.

El sistema tardó una fracción de segundo más de lo habitual.

—La pérdida de una anomalía significativa.

Celeste sonrió sin alegría.

—Eso soy, entonces.

—Eres ruido con impacto —respondió—.
Pero el impacto puede ser absorbido.

Durante horas, Celeste no dijo nada.

Pensó en su hermana.
En la mentira que inició todo.
En cada decisión tomada para “proteger”.

Pensó en Noa, sentado en Aurora, completo y vacío a la vez.
Pensó en las personas que había conocido últimamente, las que lloraban sin corregirse, las que dudaban sin pedir permiso.

Pensó, finalmente, en algo que el sistema nunca había entendido del todo:

Que el dolor no siempre es un error.
Que la culpa no siempre debe ser eliminada.
Que hay cosas que solo existen porque duelen.

Al amanecer, reunió a los demás.

—Acepté la oferta —dijo.

El silencio fue absoluto.

Alma sintió que el mundo se le caía encima.

—No —susurró—.
Dime que no.

Celeste la miró con una ternura que dolía.

—Escúchame —pidió—.
No es una rendición.

—Eso es exactamente lo que es —dijo Alma, con la voz quebrada—.

Celeste negó.

—Voy a aceptar…
pero no como ellos esperan.

El ex Curador frunció el ceño.

—Explícate.

Celeste respiró hondo.

—El sistema cree que mi integración cerrará el ciclo —dijo—.
Que seré el último punto de fricción eliminado.

—¿Y no lo será? —preguntó Irene.

Celeste sonrió, cansada.

—No si llevo conmigo algo que no pueda procesar.

Alma sintió un escalofrío.

—¿Qué cosa?

Celeste no respondió de inmediato.

—Error —dijo finalmente—.
No uno corregible.
Uno irreversible.

El plan era simple y aterrador.

Celeste aceptaría la integración en Aurora.
Pero antes, introduciría en el núcleo un conjunto de memorias, emociones y decisiones contradictorias, no depuradas, no reconciliadas.

No un virus.
No un sabotaje.




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