La Máscara De Ixchel

LA LEYENDA

Tikal, Año 200, D.C

Los Espíritus del Cielo, Maestro Gigante Relámpago, Huella de Relámpago y Esplendor de Relámpago, del barro crearon a la más hermosa de las criaturas: Ixchel, la personificación mística de la belleza. Su piel lechosa emulaba las suavidades de la seda; su cuerpo, un laberinto incognoscible de placeres; y sus ojos selváticos, un pozo sin fondo donde campeaba el deseo. Y quisieron los Espíritus del Cielo agradar a los hombres y enviaron a Ixchel a la Ciudad de Oro, en donde sus labios de copihue despertaron pasiones indignas en los hombres y envidia en las mujeres.

Se cuenta que un día la enmarañada cortina vegetal rugió con el alarido ronco del jaguar; alzaron el vuelo los quetzales, desplegando su manto de arcoíris, y al sonido grácil de las guacamayas se les impuso otro más fuerte: el rugido profundo y resonante de los monos aulladores, un coro fúnebre en la espesura. No eran los únicos sonidos que perturbaban la paz de aquel reino fluvial; un ejército de guerreros marchaba hacia la Ciudad de Oro. Al frente, Tyanoc, el pretendiente injuriado, llevaba en su pecho una herida ardiente y, en su mente, la imagen de Ixchel, la mujer que obtendría por la fuerza.

Sin embargo, el rey de la Ciudad de Oro, Tupamacotl, también había sucumbido al hechizo cautivador de la muchacha y no estaba dispuesto a entregarla a su enemigo. La reina Cuachenia, ciega de celos, ardía en un tormento cruel y la antorcha de la discordia flameaba en su corazón. Tupamacotl y sus aliados esperaban en las afueras de la ciudad, tensos y agobiados, preparados para la batalla. Los sacerdotes, las mujeres y los niños habían partido al amanecer, dejando la ciudad desierta convertida en un esqueleto urbano, sin latidos, sin susurros, sin alma.

Los sonidos de la selva se atenuaron, la tragedia campeaba sobre la copa de los árboles y un temblor de hojas anunció la llegada del invasor. Se abrió la selva en dos y un millar de hombres irrumpió con sed de sangre. Se cruzaron los aceros, resonaron en el aire las espadas, gritos desgarradores rompieron el silencio y cientos de cuerpos cayeron como las hojas marchitas de las ceibas. La muerte danzaba a sus anchas. El enemigo se expandió por la calzada y se multiplicó por cien. Xibalbá, el inframundo, abrió sus puertas y Vucub-Came, el dios de la muerte, frotó sus manos con deleite, contando las almas que se sumaban a su reino de sombras penitentes.

La batalla fue feroz, pero la fuerza bruta superó la valentía. La Ciudad de Oro cayó, sus muros se tiñeron de rojo y la esperanza se ahogó en sangre. En la profundidad de la selva, océano verde e impenetrable, los refugiados lloraron su pérdida. Juraron reconstruir su hogar, ahora en ruinas. Volverían a erigir su ciudad en lo profundo de la selva virgen.

La reina Cuachenia, con el corazón ennegrecido por la ira, culpó a Ixchel de la desgracia. La vio como la encarnación de la maldición que había azotado a su pueblo. Con crueldad despiadada, la obligó a ocultar su rostro tras una máscara de obsidiana, símbolo de la noche y el inframundo, adornada con plumas de quetzal y guacamayas, sofocando su hermosura bajo un velo de vergüenza y dolor.

En su soledad, Ixchel lloró su pena en agonía y sus lágrimas crearon las tormentas y las tempestades que formaron el lago Upataca, con sus aguas rojas y sus piedras tristes. Ixchel, musa de la desgracia, fue condenada a vivir en las sombras hasta el final de sus días, por un don que nunca pidió y una belleza que solo le trajo desventuras.



#491 en Detective
#397 en Novela negra
#66 en Novela policíaca

En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 17.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.