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UN CUERPO RETORCIDO
Charapita, 22 de octubre de 2023
El novato Freitas volvió a mirar. La experiencia no podía ser más aterradora: un cuerpo retorcido al fondo de un baño, un rostro cubierto con una máscara emplumada, algunos dedos de la mano mutilados y un enorme charco escarlata de sangre extendiéndose sobre los azulejos.
Su jefe, el oficial Oscar Ordoñez, había comentado con estupor:
—¡Qué pena que una joven de aspecto saludable haya sido convertida en un macabro títere!
A la vista de aquel cadáver, atrofiado y amorfo, caricatura grotesca de lo que alguna vez fue un ser humano, el novato Freitas tragó saliva con dificultad. Era su primera vez en una escena de un crimen, y el oficial Ordoñez comprendió de inmediato su estado de ánimo.
—No te preocupes, ya te acostumbrarás —dijo, palmeándole el hombro en un gesto de consuelo.
Freitas no pudo evitar sentir un escalofrío y, por primera vez, cuestionó su decisión de convertirse en policía. Se imaginó que con el tiempo esa sensación de vértigo se disiparía y llegaría a ver la muerte como algo tan natural como comer o dormir, al igual que el oficial Ordoñez, quien era capaz de devorar un burrito con salsa de ajo junto a un cuerpo en descomposición infestado de gusanos, sin mostrar la más mínima perturbación. El oficial, a punto de jubilarse tras más de cuatro décadas en la policía, había presenciado lo peor de la humanidad: homicidios, suicidios, crímenes por venganza y por amor, sicariato, así como cuerpos mutilados, ahogados, baleados y apuñalados. Ya nada parecía perturbarlo. Freitas era consciente de su inexperiencia y de la larga trayectoria que lo separaba de la aparente apatía del oficial.
Para Ordoñez, un hombre cincuentón con algunos kilos de más y una calvicie incipiente, aquel domingo prometía ser de lo más desagradable. Su esposa, Tina, una andaluza con un carácter de mil demonios, lo había despedido con reproches, ya que, por enésima vez, cancelaba un almuerzo con sus suegros. Las sospechas de estos sobre la veracidad de sus excusas laborales crecían con cada nueva negativa. No entendían la imprevisibilidad de la muerte, que no se ceñía ni a horas ni a fechas del calendario. Al salir, ella le había gritado con acento siseado:
—Si te vas, no regreses —así que Ordoñez, a esas alturas, no sabía si todavía tenía una casa a la cual regresar o un divorcio en ciernes.
En el baño de una gasolinera se encontró el cadáver. Tenía las piernas dobladas hacia arriba a la altura de la nuca en una posición antinatural que simulaba las contorsiones del yoga; los brazos entrelazados en la espalda, retorcidos de forma inhumana, desafiaban la lógica newtoniana; y una extraña máscara emplumada le cubría el rostro, añadiéndole un toque siniestro y teatral a la tragedia. Estaba incrustado entre la poceta y el lavamanos desconchado de segunda mano. Al observar la escena, a Ordoñez le vinieron a la memoria las palabras de Juvenal Urbino, un personaje de una novela de García Márquez: "aquel no era un lugar propicio para morir en gracia de Dios”.
La mañana del domingo, la noticia del hallazgo voló como pólvora por la barriada. Era la primera vez que sucedía algo así en Charapita, el barrio más conflictivo del estado Miranda. La gasolinera era un lugar donde camioneros de dudosa procedencia y malhechores de las zonas aledañas encontraban un refugio para sus actividades ilícitas. La luz tenue y la atmósfera sombría lo convertían en el escenario perfecto para el comercio de drogas a pequeña escala y la prostitución ocasional. Pero sobre todo, un escenario perfecto para un crimen.
El establecimiento en sí era modesto. Dos surtidores de combustible, una tienda de conveniencia con productos básicos y una cafetería de dudosa higiene. Sin embargo, lo que realmente atraía a la clientela era un lúgubre pasillo a la derecha del local, donde se escondían seis baños, tres para los hombres y tres para las mujeres, que servían como punto de encuentro para los negocios turbios. En un lugar tan remoto como aquel, donde los fines de semana se teñían de rojo por las riñas y el alcohol, este hallazgo no debería haber sorprendido, pero sorprendió por la magnitud del enseñamiento.
El administrador de la gasolinera, un hombre de aspecto taciturno y mirada esquiva, que además dirigía dos establecimientos similares y de cuestionable reputación en la capital, se quejó con los policías:
—¿Se imaginan la mala publicidad que este cuerpo le generará a mi negocio? Ya tengo bastante con las redadas policiales los fines de semana en busca de prostitutas y drogadictos para tener que vérmelas ahora con una investigación policial.
Ordoñez lo ignoró, tal como ignoraba a su esposa cuando discutía por nimiedades. Dio un segundo vistazo al cadáver y movió la cabeza en señal de desaprobación. La disposición del cuerpo y la máscara emplumada no podían ser simples detalles, sino elementos seleccionados por el asesino para transmitir un mensaje. Todavía debía esperar a la detective Camila Sáez, de la policía científica, y al equipo forense, pero decidió ir adelantando algunas tareas como asegurar el área y tomar las declaraciones de los testigos, mientras el perito planimétrico y el fotógrafo hacían lo suyo. Al novato lo mandó a realizar la labor más sencilla.
—Freitas, acordona el lugar. No quiero gente merodeando ni entorpeciendo la investigación.
En efecto, un grupo de personas entorpecía el acceso a los baños, esperando con morbo conocer los pormenores del crimen. Freites los espantaba, pero se volvían a arremolinar tan pronto les daba la espalda.