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LA DETECTIVE DE HIELO
Más de dos horas llevaba la detective Camila Sáez atrapada en el congestionado tráfico de Caracas. Era una locura. El arranque de la campaña presidencial del exgobernador Douglas Decker, candidato del partido oficialista, había sumido a la ciudad en un caos vehicular ensordecedor.
—¡Odio la política! —dijo en voz alta, mientras golpeaba con sus manos el volante.
Avanzaba con lentitud por la Autopista Francisco Fajardo, buscando empalmar con la Autopista Regional del Centro para salir de la ciudad. Una caravana pasó por el carril de la vía contraria, seguida por motorizados que vociferaban consignas a favor de su candidato, gritando como si se fuera a acabar el mundo. La campaña prometía ser una de las más costosas y agresivas en la historia republicana del país. El partido de gobierno llevaba la ventaja, pero la oposición se presentaba más fuerte que en elecciones anteriores. Douglas Decker había renunciado el año pasado a su cargo como gobernador del estado Miranda para dedicarse por completo a la campaña, era considerado el favorito. Pero el opositor Gustavo Mendoza, del partido “País en Acción”, le pisaba los talones y estaba tan solo cinco puntos por debajo en las encuestas. Esto tenía nerviosos a sus respectivos jefes de campaña.
El desdén de la detective Sáez por los políticos se remontaba a sus días como novata en la Academia de Policías, en donde no tardó en comprender la naturaleza corrupta de estos servidores públicos. Cuando estudió su segunda carrera, y obtuvo el título de abogada, ya estaba segura de que no existían los políticos honestos.
El calor y el tráfico eran insoportables. Buscó un pañuelo en su bolso para secarse el sudor que corría por su frente. Un vistazo al reloj le confirmó su presentimiento: llegaría tarde. Su malhumor se acrecentó, era una persona metódica que detestaba los contratiempos y valoraba en extremo la puntualidad. Creció en el “Hospicio de las Monjitas de la Caridad del Cobre” ubicado en la Candelaria, dependencia católica de la casa parroquial que, para ese entonces, tenía bajo su cuidado a veinticinco huérfanas, incluyéndola a ella. Llegó a los cinco años y salió a los dieciocho, directo a la Academia de Policía. Nunca recibió mucho afecto, así que tampoco lo daba. Sus días de huérfana le enseñaron a valerse por sí misma, a soportar los rigores de la soledad y las brumas flotantes de la incertidumbre.
Un motociclista con cara de niño se aproximó a su ventanilla e intentó pegar una calcomanía del candidato en el parabrisas. Con un ademán despectivo, lo ahuyentó.
—¡Fuera de aquí!
Un suspiro de alivio escapó de sus labios al divisar el peaje que marcaba la salida de la ciudad. Pisó el acelerador con determinación, ansiosa por dejar atrás la urbe y aquella locura desenfrenada.
La detective Camila Sáez llegó a la gasolinera a las diez y cuarenta de la mañana y buscó un lugar a la sombra para estacionar su vehículo. Se tomó unos minutos para observar con detenimiento el entorno rural. A diferencia de la mayoría de sus colegas, que se enfocaban únicamente en los detalles de la escena del crimen, ella consideraba que el contexto externo era tan importante como el interno para la investigación.
Tomó nota mentalmente de los alrededores. El panorama no se distinguía mucho del de otros barrios marginales de la ciudad: la misma infraestructura precaria, el mismo asfalto resquebrajado en las calles, las mismas alcantarillas a cielo abierto y la misma ausencia de alumbrado público. En cuanto a sus habitantes, se repetía el desfile arquetípico de personalidades que suele habitar en comunidades de esa categoría.
Vio como un grupo de camioneros serviciales parloteaba al lado de la cafetería y se quejaba porque los baños no estaban disponibles. Les urgía orinar y dos de ellos caminaron hasta un terreno baldío, lanzando el chorro que aromatizó el ambiente con un fuerte olor a amoníaco; algunas mujeres de aspecto errático aprovecharon la contingencia para ofrecerse al mejor postor; dos drogadictos sicodélicos, sentados en la capota de un Volkswagen, consumían yerba y volaban por el espacio sideral y, por último, un indigente medio muerto dormía como un bebé sobre un cartón sucio y endeble al lado de la cafetería custodiado por moscas. Todos ellos atrapados en el mismo ciclo de miseria y desesperanza.
Al divisar a los dos oficiales, Sáez se dirigió hacia ellos y notó con satisfacción que la zona había sido acordonada. Se complacía al ver que los protocolos se cumplían al pie de la letra.
—¿Llegó la forense? —fue lo primero que preguntó la detective a los oficiales.
Ordoñez contestó:
—Todavía no, pero la estamos esperando. Los peritos ya hicieron su trabajo y se marchan. Tienen a otro homicidio en la ciudad.
Sáez asintió, los homicidios nunca escaseaban. Percibió cierto nerviosismo en Ordoñez, pero decidió no indagar al respecto, el estado emocional de los subalternos no era de su incumbencia. Freitas, por su parte, se ubicó detrás del oficial y evitaba mirarla a los ojos, comportamiento que ella interpretó como una muestra de respeto.
—Sígame, detective. El cuerpo está en el último baño —dijo Ordoñez, mientras la guiaba por un pasillo oscuro.
Al cruzar el umbral del baño, Sáez percibió una mezcla nauseabunda de olores: el de la sangre, inconfundible aroma de la muerte; el de orina y heces, vulgares secreciones humanas; y el de cloro y desinfectante de lavanda que intentaban, en vano, enmascarar la tragedia.