La Máscara De Ixchel

3. Una Necropsia Complicada

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UNA NECROPSIA COMPLICADA

Caracas, apodada "la Sucursal del Cielo" por algunos cronistas, era una ciudad vibrante con todas las características de una metrópolis cosmopolita con sus vicios y sus bondades, donde el crimen no era ajeno y cabalgaba a sus anchas por todos los resquicios urbanos. La sede del Cuerpo Policial e Investigaciones Criminalísticas, o policía científica, se ubicaba en el este de la capital junto a las dependencias de la policía municipal y civil. El edificio era de reciente construcción puesto que la antigua sede se hallaba en el Centro Simón Bolívar, muy cerca de la avenida Lecuna, y había sido levantado en el año 1955 durante el mandato del dictador Pérez Jiménez. En ese entonces, varias dependencias gubernamentales compartían espacios; pero, con el paso de los años, se hizo evidente que se necesitaba una restructuración, lo que llevó a la construcción de la nueva sede en los Palos Grandes.

La oficina de la detective Camila Sáez era de las mejores, ofrecía una vista monumental y panorámica de la ciudad, encarando de frente al Parque del Este y al Ávila. Sin embargo, ella rara vez disfrutaba de ese panorama onírico, donde el verdor de la vegetación que rodeaba el valle se mezclaba con descaro con las modernas edificaciones de concreto y cristal, porque la congestión de trabajo acaparaba casi todo su tiempo. Tampoco tenía la sensibilidad como para apreciar la belleza visual de las obras de la naturaleza y las construcciones humanas.

Dos días habían pasado desde el hallazgo del cuerpo en la gasolinera. Sáez miró su reloj de pulsera. Eran las nueve. El informe de la necropsia de la víctima estaba listo y debía pasar por la morgue a recogerlo. Antes de salir, pasó por la oficina del inspector Soto para ponerlo al día con las novedades del caso y reiterarle la necesidad de tener tiempo para preparar su postulación, pero se topó con la sonrisa hermética de su secretaria Maureen, eficiente como ninguna, quien le impidió el paso, parándose frente a la puerta.

—El inspector está ocupado con el alcalde, detective. Si desea hablar con él, llámelo por teléfono.

A Sáez le hubiera gustado que su secretaria, Mary, fuera como Maureen. Pero, no. La extrema dulzura y amabilidad de Mary le resultaban empalagosas y hubieran sido muy útiles en otro ambiente, no en una Comisaría; pero, tras despedir a cinco secretarias, Soto le había advertido que si despedía a Mary también, se quedaría sin ninguna.

Sáez decidió, entonces, ir directo a la morgue y pasar por la oficina de Soto a su regreso. Le tomó casi una hora llegar a la morgue de Bello Monte. Un lugar que le inspiraba profunda aversión, lo consideraba repulsivo. Al bajar del vehículo, se encontró con un panorama desolador: familiares sumidos en la más profunda tristeza y personas casi al borde del colapso nervioso, aguardando la entrega de los cuerpos sin vida de sus seres queridos. Angustiosos gritos rasgaban la monótona letanía de llantos, amplificando el dolor y la tragedia que se respiraba en el ambiente. Era una escena dantesca, un macabro espectáculo que parecía sacado de la peor pesadilla, donde el sufrimiento de la pérdida se materializaba en desgarradores lamentos y desmayos.

Una vez dentro, la detective se vio envuelta por un olor nauseabundo e impregnable, una mezcla del hedor a putrefacción, a vida extinguida y muerte inminente que se adhería a la ropa y a la piel como una capa. Se trataba de un olor que se incrustaba en lo más profundo del ser, como un funesto recordatorio de la fragilidad de la vida y de nuestro inevitable paso por este mundo.

La secretaria le informó que Victoria estaba ocupada en la sala de disecciones, y que podía esperarla en su oficina. Sáez había estado varias veces en la morgue, así que se dirigió hacia allá por su propia cuenta.

La oficina de la forense era un espacio relativamente grande, con archivadores metálicos pegados a la pared que daban la impresión de ser robots. Una cartelera atiborrada de notas, un esqueleto de plástico aprisionado en un rincón, un escritorio y un par de gabinetes reflejaban el estilo ecléctico de Victoria. También colgaban en las paredes estucadas cuadros de órganos del cuerpo humano, diseccionados a todo color y con flechas que explicaban, con letras minúsculas, cada una de las partes. El toque de locura de la personalidad de Victoria lo representaban dos cuadros escandalosos de dos ninfas desnudas y unos querubines alados bañándose sin pudor en una fuente veneciana.

Sáez se sentó en una silla reclinable que, con un movimiento de su mano derecha, logró ubicar cerca del escritorio. Sobre el único espacio libre de la mesa depositó su bolso. La espera se prolongó en un silencio solo roto por el monótono zumbido del aire acondicionado. Cabeceó, somnolienta. Casi a punto de quedarse dormida, la intempestiva entrada de su amiga la trajo de vuelta al mundo real.

—¡Camila! ¡Ya estás aquí! Te extrañamos el domingo, ¿por qué no fuiste a la fiesta? —preguntó Victoria, sin dar tiempo a respuestas y lanzando una pregunta tras otra—. ¿Viniste por la necropsia? ¿Y Frank? ¿Aún no se decide a echarte los perros, ah?

La efusividad de Victoria le resultaba atosigante a algunas personas. Pero no a Camila. Estaba acostumbrada a su torrente de palabras, así que con calma y en orden, respondió a sus interrogantes:

—No fui a la fiesta porque no me gustan tus fiestas. Sí, vine por la necropsia. Y en cuanto a Frank, olvídate de eso. Él está felizmente casado con una actriz merideña y tiene tres hijos a punto de entrar a la universidad. Además, Soto me odia. Es mi jefe y jamás me involucro con personas en el trabajo.



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En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 17.01.2026

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