La Máscara De Ixchel

4. Historia de una Máscara

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HISTORIA DE UNA MÁSCARA

La detective Camila Sáez llegó, como siempre, con puntualidad inglesa a la Biblioteca de la Universidad La Salle, donde la esperaba el distinguido profesor Otto Balluch. El espacio, elegante y sombrío, se veía engullido por colosales estanterías de madera caoba, que extendían sus poderosos brazos de pared a pared. En el corazón de la sala, hileras de gabinetes atestados de libros relucientes se elevaban desde el suelo hasta el techo. Un universo de ejemplares de todos los géneros y autores habitaba en la inmensidad de aquel templo consagrado a las artes y las letras.

La detective se aproximó a una coordinadora de porte severo, cuyos dedos surcaban el teclado con febril premura, tecleando un escrito que a Sáez le pareció indescifrable. Preguntó por el profesor Otto Balluch y la mujer, acomodándose sus gruesos lentes de carey, la escudriñó con una mirada inquisitiva que la recorrió de pies a cabeza. Sáez se sintió como un microbio observado bajo la lente de un microscopio. Luego, con un gesto imperioso, la invitó a seguirla y, haciendo resonar sus tacones sobre el suelo pulido como espejo, la condujo hasta una oficina contigua a la Biblioteca. Tocó la puerta con nudillos recios. Del otro lado, una voz ronca y cordial respondió:

—¡Adelante!

Con un gesto cortés, la coordinadora abrió la puerta, invitando a la detective a pasar. La oficina era sobria y elegante, cada elemento ocupaba su lugar con precisión. Un imponente escritorio, meticulosamente ordenado, dominaba el centro de la estancia. Junto a una ventana, un estante rebosante de libros ordenados por tamaño se erguía como un centinela del conocimiento. Un pequeño sofá de cuero negro, ubicado cerca de la entrada, ofrecía un breve respiro a la solemnidad del espacio. El profesor Balluch, un hombre de origen alemán y baja estatura, recibió a la detective con una cálida sonrisa. Lo que le quedaba de cabello estaba muy bien peinado y echado hacia atrás.

—¡Es un placer conocerla, detective Sáez! —exclamó el profesor, estrechando su mano con firmeza—. Me complace colaborar con su investigación. Victoria me ha informado de la importancia de este encuentro. Lamentablemente, mi tiempo es limitado, ya que debo partir al aeropuerto para una conferencia que impartiré esta noche en Bogotá. Sin embargo, dispongo de una hora para atenderla.

—Agradezco su tiempo, profesor Balluch —respondió la detective Sáez— Soy consciente de su apretada agenda y no abusaré de su amabilidad.

—¿Desearía tomar algo? —preguntó el profesor, señalando un asiento frente a su escritorio.

Sáez declinó cortésmente, consciente de la brevedad del tiempo. El profesor regresó a su asiento detrás del imponente escritorio, listo para iniciar la conversación.

—Como ya le habrá informado Victoria —continuó la detective— estamos investigando un homicidio ocurrido el pasado domingo en las afueras de la ciudad. La víctima fue encontrada sin vida, con una extraña máscara cubriendo su rostro. Creemos que rastreando el origen de esta máscara podremos descifrar la motivación del asesino para utilizarla. ¿Ha recibido las fotografías de la escena del crimen?

—Sí, detective —asintió el profesor Balluch, con un gesto grave—. La escena que describe es, sin duda, dantesca. Pero creo que puedo ayudarla. La máscara que encontraron en el cuerpo de la víctima no es un objeto común. Se nota que es una copia de la que se conoce como la Máscara de Ixchel y está envuelta en una antigua leyenda.

—¿Podría contármela, profesor?

—¡Por supuesto! La historia se remonta a mucho antes de la llegada de los europeos a América y trata sobre una civilización indígena que habitaba en la selva guatemalteca. Esa tribu, poseedora de grandes riquezas en oro, formó parte de las prósperas culturas precolombinas que poblaron México, Perú y Ecuador, como los mayas, aztecas e incas. A través de los siglos, se han transmitido relatos de estas culturas ancestrales, algunos sin pruebas científicas que los respalden. La leyenda de la Máscara de Ixchel es uno de ellos.

Desafortunadamente, no se sabe con exactitud a qué grupo étnico pertenece esta leyenda. Lo que sí se cuenta es que esta civilización, que floreció en la Sierra Madre, era un pueblo pacífico dedicado a la agricultura y la crianza de animales. Su rey, Tupamacotl, a pesar de tener esposa, se enamoró perdidamente de Ixchel, una mujer de belleza celestial enviada por los Espíritus del Cielo. Sin embargo, esta belleza provocó tensiones entre los guerreros de la tribu, quienes la disputaban, y las mujeres, que se sentían amenazadas por su encanto. Condenada a la soledad, Ixchel buscó refugio en las orillas del río, donde, según se dice, conversaba con las piedras y las criaturas del agua.

Un día, Tyanoc, hijo del rey de una tribu enemiga, la encontró en el río y quedó cautivado por su belleza. Tyanoc y su padre se presentaron ante Tupamacotl para pedir la mano de Ixchel en matrimonio. El rey, enfurecido por la audacia de su rival, rechazó la petición. El joven, consumido por la ira, juró regresar con sus guerreros para raptar a Ixchel.

Como la fatalidad lo había dispuesto, Tyanoc, fiel a su promesa, irrumpió en la Ciudad de Oro. A pesar de la valerosa resistencia del rey Tupamacotl, este sucumbió ante la furia del ataque. Solo los sacerdotes, las mujeres y los niños lograron escapar, huyendo del lugar antes del cruento enfrentamiento. Cuachenia, esposa de Tupamacotl, sin embargo, culpó a Ixchel de la tragedia y la obligó a usar una máscara. Creía que su belleza perturbadora era una maldición que podría atraer más desgracias. Este acto se conoce en la historia como el sacrificio de Ixchel.



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En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 17.01.2026

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