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BUSCANDO A IXCHEL
Selva de Petén, Tikal, octubre 2023
Maximiliano Santamaría se entretuvo viendo los densos nubarrones que se arremolinaban amenazantes en el cielo y pensó, ingenuamente, que se replegarían a la ciudad. Después de todo, el informe meteorológico afirmaba que las lluvias no llegarían hasta noviembre. Dos horas más tarde, con la excavación arqueológica adelantada y con una docena de hombres musculosos que sudaban como esclavos y que seguían arañando aquella tierra árida para arrancarle sus tesoros, el arqueólogo advirtió que era posible que lloviera. Maximiliano nunca había sido bueno para descifrar las arbitrariedades del clima y menos las de la selva guatemalteca, la más traicionera de todas. Por un instante, se olvidó de la lluvia y se concentró en la pieza de cerámica que un mulato sacó de los escombros y que se esmeró en limpiar con delicadeza femenina. Dos gotas, luego seis, después ocho, aterrizaron en el sombrero de cocuiza que lo protegía del sol, así que apuró a los trabajadores para que pusieran bajo resguardo los objetos encontrados. El geólogo y el antropólogo corrieron también a refugiarse en las carpas.
Como huésped inoportuno, la lluvia hizo acto de presencia, obligando a Maximiliano a suspender los trabajos de excavación que, junto al Departamento Arqueológico de Quezaltenango, llevaba a cabo en la antigua ciudad maya de Tikal, en el corazón de la selva de Petén. Buscaban desenterrar los vestigios de una población maya que habitó la Sierra durante el mandato de Pedro de Alvarado como Gobernador e Inspector General de Guatemala, allá por el año 1527. Descubrir pueblos perdidos era un anhelo que lo había acompañado desde sus días de estudiante en la Universidad La Salle, donde la arqueología lo cautivó y lo moldeó a su antojo convirtiéndolo en un apasionado buscador de tesoros del pasado. Su tutor, Otto Balluch, compartía su loca fascinación por las culturas mesoamericanas y fueron muchas las horas que compartieron juntos, fuera del área académica, enarbolando teorías improbables sobre el surgimiento, apogeo y caída de estas civilizaciones.
Balluch creía en el potencial de Maximiliano y lo impulsó a perseguir su ambición más anhelada: liderar su propia excavación. El caso fue que Maximiliano, con astucia, tejió una red de contactos que lo condujo a las puertas de patrocinadores, filántropos seducidos por la misma causa. Esta providencial intervención fue crucial, pues su padre, incrédulo, se negó a financiar una empresa que consideraba insensata. Así, con determinación y el apoyo de aquellos que creían en su visión, Maximiliano se adentró en la Sierra, listo para desenterrar los secretos de una civilización perdida bajo el manto de la tierra.
Un estruendo atronador rasgó la quietud de la selva montañosa, seguido de un relámpago que iluminó el oscurecido cielo. Eran apenas las cuatro de la tarde, pero la densa capa de nubes había convertido el día en una noche cerrada. Quien no ha presenciado una lluvia guatemalteca, no ha vivido la lluvia en su máxima expresión. Es como si el cielo se abriera en dos, desatando un torrente de agua incontenible. Las gruesas gotas impulsadas con furia caían a cántaros, empapando todo a su paso. Las carpas del campamento se convirtieron en refugios raquíticos, incapaces de resistir la embestida del aguacero. Los gavilanes buscaron cobijo entre las ramas de los cedros. Los helechos, azotados también por las pesadas gotas, agitaban sus frondas con desesperación. En cuestión de minutos, la lluvia se transformó en un diluvio inaguantable. Los trabajadores, presa del pánico, corrían de un lado a otro, intentando salvar del naufragio parte del equipo y las herramientas de excavación. La carpa que albergaba los alimentos sucumbió bajo la furia del agua, convirtiéndose en un lodoso charco. La tierra, antes firme y seca, se convirtió en un barrial intransitable.
—¡Maldición! —bramó Maximiliano, viendo el torrencial aguacero bajo la endeble carpa que servía de refugio precario. El poco confiable informe meteorológico había fallado una vez más. Las lluvias, que según sus predicciones debían llegar en noviembre, habían hecho su inoportuna aparición en pleno octubre.
Gloria, la ayudante de Maximiliano, arribó instantes después empapada hasta los huesos y con la respiración agitada por la carrera desenfrenada. Entre jadeos de ahogado, le espetó a su jefe:
—Ya te lo dije, Max, no debíamos fiarnos de esos informes tercermundistas. ¡Siempre fallan! Y si en esta selva caprichosa los últimos doscientos años la lluvia ha comenzado en octubre —dijo con sarcasmo—, ¿por qué este año iba a ser la excepción?
Maximiliano, con la ropa pegada al cuerpo y los puños apretados por la impotencia, intentó defenderse:
—El clima cambia constantemente, querida. Y más ahora con ese fenómeno de El Niño que anda por ahí. ¡Demonios! Creí que teníamos más tiempo. ¡Estábamos a punto de lograr un gran avance! Después de todo lo que nos costó conseguir el permiso de excavación del gobierno…
—¡Sin mencionar los sobornos que tuvimos que pagar para agilizar la burocracia! —completó Gloria, aún con la ira resonando en su voz.
Bajo la lona, que comenzaba a ceder por el peso del agua torrencial, se había refugiado el resto del equipo. Observaban con desazón cómo un impetuoso río de barro desprendido de las laderas montañosas se colaba por las grietas de las rocas e inundaba sin piedad el foso de la excavación, sepultando bajo un manto ocre meses de arduo trabajo. Por fortuna, la mayoría de los hallazgos, principalmente vasijas y jarras de barro, habían sido ya catalogados, embalados y enviados a la capital para su estudio. Pero Maximiliano mantenía la secreta esperanza de encontrar la Máscara de Ixchel de la leyenda.