La Máscara De Ixchel

6. Otro Cuerpo Enmascarado

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OTRO CUERPO ENMASCARADO

La oficina de Camila Sáez era un museo en miniatura, un lugar con pocos objetos, iluminado y sin motas imprudentes de polvo que delataran falta de aseo. Cada objeto poseía un sitio meticulosamente asignado, archivado con precisión milimétrica, un contraste evidente con el desorden estudiantil de manicomio que reinaba en los despachos de los otros detectives. Sobre su escritorio solo descansaban los expedientes en curso. En la biblioteca de dimensiones minimalistas, los libros se alineaban en perfecta armonía, ordenados por tamaño, temática y color.

—Necesito más información, inspector. —Dijo la detective Sáez, después de que Ordoñez y Freitas dejaran la oficina—. ¿El cuerpo estaba contorsionado y los dedos mutilados?

Soto asintió. Camila Sáez destacaba por su carácter juicioso. Quizás, por eso, la consideraba odiosa. Pero a pesar de su manía casi obsesiva por el orden, la toleraba, porque realizaba un trabajo impecable.

—Espero que tengas pistas sobre el crimen de la gasolinera o, al menos, una hipótesis que arroje luz sobre este nuevo asesinato —dijo Soto, con ojos lívidos y en un estado de trance casi hipnótico.

Sáez le respondió con la misma deferencia que usaría una madre ante la pregunta impertinente de un infante.

—Cinco días es demasiado poco para tener una investigación avanzada.

El tiempo apremiaba. Si un asesino serial estaba matando gente, el caso ameritaba urgencia. Sáez se levantó de golpe. De la mesa contigua al escritorio, tomó su bolso y las llaves de su vehículo. Y dirigiéndose al inspector, acotó:

—Debo marcharme ya para inspeccionar la escena del crimen. ¿Tiene la dirección de Decker? De regreso, pasaré por su oficina para informarle los detalles de este nuevo homicidio.

Sin embargo, el inspector Soto la detuvo con un gesto firme.

—Espera, Camila —dijo con voz grave—. ¡Siéntate! El cuerpo ya no está en la residencia de los Decker. Lo han trasladado a la morgue. Victoria debe estar en este momento realizando la necropsia.

Sáez se congeló. Si el cuerpo ya había sido removido, eso significaba que otro detective estaba a cargo de la investigación y que los peritos ya habían realizado su trabajo. Entonces, ¿qué hacía el oficial Soto en su oficina?

—Pero... ¿tan pronto? —preguntó con incredulidad—. ¿Cuándo lo encontraron?

—Esta mañana, muy temprano —respondió Soto.

—¿Y a quién enviaste? —indagó Sáez, su voz cargada de suspicacia.

El inspector, sin perder la compostura, inhaló profundamente antes de articular palabra. Sabía del carácter incendiario de la detective y presagiaba que la conversación que se avecinaba sería, cuento menos, espinosa.

—A nadie —confesó—. Era un asunto delicado. Decker se encargó de que llevaran el cuerpo a la morgue. Un empleado suyo tomó algunas fotos, pero eso es todo.

—¿Y los protocolos? ¡Esto es completamente irregular! —exclamó Sáez, su indignación era palpable—. ¡No tenemos escena del crimen! ¿Qué hay de la planimetría? ¿Del levantamiento de evidencias? ¿Ningún perito estuvo presente? ¿Y el fiscal?

Soto se levantó del sofá y se aproximó a la detective, con la inquietud surcando su rostro. Sáez volvió a sentarse en su silla y Soto lo hizo en el sillón que minutos antes había usado Ordoñez, quedando frente a frente. Era consciente de que se habían transgredido todos los protocolos, pero las circunstancias eran de todo menos ordinarias. Él mismo, por confesión del propio Decker, se había enterado de la reubicación del cadáver cuando ya era un hecho consumado.

—Entiende, Camila —expresó con voz conciliadora—. Se trata del futuro presidente de la nación. ¿Te imaginas el escándalo si la prensa descubriera que se encontró un cadáver en su residencia? Investigarían su vida, inventarían historias y tejerían todo tipo de teorías convincentes que sembrarían dudas en los electores sobre sus intenciones de voto. La prensa debe mantenerse al margen de este asunto.

Soto tenía motivos de sobra para preocuparse. La campaña del opositor Gustavo Mendoza se basaba en una maraña de acusaciones que empañaban el pasado político de Decker como gobernador: fondos públicos desviados hacia bolsillos privados, enriquecimiento ilícito a expensas de licitaciones amañadas y el uso indiscriminado de los recursos del Estado para su beneficio, un secreto a voces. Aunque la justicia no había actuado, la sombra de la corrupción se cernía sobre el candidato. La propaganda oficialista, omnipresente y agresiva, inundaba el país: pancartas gigantescas en las carreteras, anuncios en las páginas centrales de los principales diarios, apariciones televisivas y el tintineo de los slogans de la campaña pululando en los espacios radiales. Y por si esto fuera poco, un rumor tenaz propiciado por el partido de Mendoza vinculaba a Decker con el narcotráfico. Faltando seis meses para las elecciones presidenciales, la carrera por el poder se intensificaba. Gustavo Mendoza estaba subiendo lentamente en las encuestas y aunque todavía le faltaba bastante para alcanzar a Decker, en seis meses cualquier cosa podía ocurrir.

Sáez se quedó en silencio, procesando la información. La presión del caso era evidente, pero también era inaceptable la forma en que se había manejado la escena del crimen.

—No sé si quiero seguir con este caso, Soto —dijo finalmente, con un tono de profunda incertidumbre—. Dos escenas del crimen arruinadas, sin evidencia confiable que recopilar...



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En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 17.01.2026

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