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TRES CUERPOS SON DEMASIADOS
Un cacho de luna derramaba su luz plateada sobre Caracas. La ciudad despertaba de su sopor vespertino para adentrarse en el vibrante mundo nocturno. Las puertas de los restaurantes se abrían de par en par, puntualmente como en una carpa de circo, mientras que las discotecas, impregnadas de humo y licor, rugían con su estridente música. Como un río caudaloso, la droga fluía por las esquinas, alimentando el vicio y la adicción. Los proxenetas y su rebaño de mujeres cansadas, se adueñaban de las calles. La Avenida Libertador se convertía en un desfile singular de piernas que recorrían la distancia entre Chacaíto y Plaza Venezuela, una extraña procesión de cuerpos exóticos y coloridos que se vendían por unas cuantas monedas.
Por este entramado nocturno, un vehículo sigiloso surcó la avenida principal de Los Dos Caminos, en su ascenso hacia las cumbres de Los Chorros. Esta zona, portadora de un legado histórico, era el refugio predilecto de adultos mayores que anhelaban una pausa en el frenesí de la vida citadina, pero, esta vez, sería el lugar perfecto para desechar un cuerpo. A escasos metros del parque Los Chorros, su motor se apagó, sumiéndolo en un silencio cómplice. Su ocupante, envuelto en una capa oscura, descendió del vehículo y abrió la puerta trasera. Con un esfuerzo titánico, extrajo un bulto de dimensiones colosales, depositándolo con cuidado sobre el suelo antes de cerrar la puerta con un golpe seco. Luego, con un gesto resuelto, trató de alzarlo sobre su hombro. No pudo. Entonces, arrastrándolo, se adentró en la espesura del bosque, oculto bajo el amparo de las sombras. Unos pasos más bastaron para liberar el bulto, que rodó por una pendiente abrupta hasta encontrar su destino final al costado de una caseta de vigilancia. Con sigilo felino, el individuo regresó al vehículo y arrancó el motor, perdiéndose entre las bulliciosas calles de la ciudad, dejando atrás solo el eco de su crimen.
El sol apenas se asomaba cuando el afamado periodista, Pete Rondón, irrumpió en la redacción del diario “La Verdad”. Sus pasos firmes resonaban en la quietud del espacio como lo había estado haciendo los últimos quince años. Era un fiel servidor de la rutina, un ritual que iniciaba a tempranas horas de la mañana, siendo el primero en llegar para revisar por internet los sucesos de la noche anterior. Esta devoción por la primicia le había valido más de un bombazo noticioso, fruto de ser el único reportero despierto en la redacción cuando la noticia irrumpía. Poseedor de una vitrina repleta de galardones por su ardua labor en el periodismo investigativo, se consideraba un maestro de la comunicación, una condición que aderezaba con una pizca de arrogancia que no era del agrado de sus colegas menos afortunados. En lo personal, con dos divorcios a sus espaldas, media docena de hijos y gastos de manutención que no había podido solventar, proclamaba que el matrimonio era la tumba del amor y estaba a favor de una sociedad que pregonara los beneficios del amor libre y la soltería vitalicia.
En su cubículo, encendió el ordenador y se sumergió en el mar de titulares que inundaban los portales de la competencia. La noticia principal era un mitin político del candidato oficialista, Douglas Decker, en la parroquia El Recreo. La foto, a todo color, lo mostraba sobre una tarima en la avenida Bolívar esbozando su sonrisa de tiburón y dirigiéndose a un concurrido público, como parte de su campaña para las presidenciales. Pete sonrió. Decker lo había demandado por difamación a principios del año por publicar una foto de él junto a Marcos Fabiani, un capo de la droga; y aunque el artículo no hablaba abiertamente de su vinculación con algún negocio ilícito, cualquiera que hubiera leído el reportaje quedaba con la duda. Pete Rondón era un experto en el manejo de la información con la habilidad de disfrazar los hechos y publicar verdades ambiguas. La demanda no prosperaría, ya que el artículo en sí era inofensivo, pero la foto, tomada en un exclusivo restaurante capitalino, decía más que mil palabras.
El periodista tomó un sorbo de su café negro y sin azúcar, una bebida que su médico le había prohibido tajantemente por los molestos síntomas de una incipiente úlcera. Su mirada seguía escudriñando las noticias cuando, de pronto, se topó con la delineada silueta de la recepcionista, quien irrumpía en la escena con un provocativo escote y una taza de café humeante en su mano, ocupando su puesto en la recepción. Sus ojos se detuvieron por un instante en las voluptuosas curvas de la joven. Volvió a sonreír. La invitaría a salir. Era amante de la belleza femenina, no tenía caso negarlo. Luego, bajó la mirada y regresó al frío brillo del monitor.
Un timbre estridente interrumpió su concentración, y el periodista, sin perder la compostura, contestó el teléfono:
—Pete Rondón, ¿en qué puedo servirle?
Del otro lado de la línea, una voz gutural soltó un mensaje como una ráfaga:
—Parque Los Chorros, detrás de la cabina de identificación, tercer cuerpo mutilado con máscara. ¡La policía oculta información! Se relaciona con Douglas Decker ¡Corra, si quiere la primicia de la noticia! —Y sin más, la llamada se cortó abruptamente.
Pete se quedó con el auricular en la mano, procesando la información anónima que acababa de recibir. No era la primera vez que este tipo de llamadas aterrizaba en su escritorio y sabía que, en ocasiones, podían ser meras falacias. Sin embargo, su instinto periodístico lo impulsaba a verificar la veracidad del hecho. Apurando el sorbo final de su café frío, se levantó de su cubículo, tomó su gabardina y se lanzó a la calle, con la esperanza de que la fuente anónima no lo hubiera engañado.