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VILLA LAURA
En algún lugar en las afueras de la ciudad, un vehículo se desplazaba por un camino empedrado del municipio Los Teques. Subió colina arriba y se adentró en un espeso bosque que terminaba en una planicie plantada de pequeños arbustos y trinitarias. Luego, a un costado de la vía, un largo muro de piedra parecía surgir de la nada, alargándose una decena de metros hasta terminar en un portón de hierro forjado, de dos hojas, finamente labrado.
A la vista del vehículo, los dos vigilantes, que flanqueaban la entrada, se apartaron. El conductor todavía tuvo que conducir algunos metros más para llegar a la hacienda Villa Laura, una de las tantas residencias del narcotraficante René Delarrúa, y que usaba para esconderse de las autoridades. A lo lejos, se observaba la extravagante construcción de estilo colonial, en tres niveles, con barandillas en hierro forjado y con enormes corredores bordeados de columnas blancas y helechos que colgaban del techo desperdigando la cabellera de sus hojas. Más allá del garaje, se alzaban algunos cedros y acacias bajo la alfombra esmeralda del césped, que se perdía de vista en el horizonte. De un costado, el rectángulo azul de la piscina, relampagueaba con pequeños destellos de luz. Un grupo de muchachas jóvenes se hallaban disfrutando de la calidez de sus aguas, bronceando sus cuerpos embadurnados con aceite de coco. A pocos metros de allí, reposaba el helicóptero del patrón, y los hombres supieron que el jefe había llegado.
En la barra del bar, muy cerca de la piscina, fuertemente custodiado, se encontraba René Delarrúa. Sobre la silla de extensión, fumaba su legendario puro cubano Cohiba, acompañado de un vaso de güisqui Macallan. La novia de turno, Chiqui, le susurraba empalagosas frases al oído al tiempo que le daba un relajante masaje en la espalda.
Los cinco hombres armados que venían en el vehículo se acercaron al corredor a esperar al capo. A ninguno se le hubiera ocurrido interrumpirlo mientras se encontraba en un momento de esparcimiento. Al divisarlos, René se desenredó de los brazos de la Chiqui y salió a su encuentro. Todos entraron en la casa.
René Delarrúa se dirigió al estudio, con el puro colgando a un costado de su boca, y se sentó en el amplio sofá de cuero, que había importado desde Francia, y que ocupaba casi la mitad del espacio. Había sido un capricho costoso, una mariconería que deploró después; pero a fuerza a verlo, se acostumbró a su estampa y ahora hasta lo disfrutaba. Un fino humo blanquecino inundó el recinto, mientras sus hombres, de pie, escuchaban lo que Serafín, la mano derecha del narcotraficante, tenía que informarle:
—¡Patrón! ¡Alguien está matando gente y usando nuestro emblema en las escenas del crimen! —gritó Serafín. Llevaba un ejemplar de “La Verdad” en la mano.
René Delarrúa no se inmutó y siguió fumando su Cohiba.
— Ya lo sé, Serafín. Me lo informaron esta mañana —respondió mientras cavilaba sobre las turbias aguas que agitaban su imperio en ese momento.
—¿Sí? yo venía a decírselo lo antes posible.
El capo alzó una ceja y sonrió. Serafín no destacaba por su inteligencia, pero su fidelidad era indiscutible. Se conocían desde niño y era la única persona en el mundo, además de sus padres, en la que confiaba Delarrúa incondicionalmente. El capo solía tenerlo a su lado y evitaba colocarlo en situaciones de peligro. Para los asuntos rudos, usaba a matones sanguinarios que solo entendían el lenguaje del dinero.
—¡Amigo, lo antes posible es por teléfono! —sus hombres sonrieron.
René Delarrúa se deshizo del tabaco tirándolo al piso y pisándolo con su bota. Se incorporó y quedó de frente a su ayudante, comentó:
—Hay que averiguar quién está detrás de estos asesinatos y si buscan inculparnos. Empieza con Fabiani podría estar involucrado...
Delarrúa, curtido en mil batallas y con una mente calculadora, analizaba la situación. Su mayor enemigo, Marcos Fabiani, un capo rival con plantaciones en Colombia y vínculos con grupos subversivos, podría ser el responsable de estos asesinatos. Delarrúa temía que estos crímenes fueran una estrategia para manchar su reputación y tomar el control del lucrativo negocio de la droga. Un enemigo estaba acechando en las sombras, sembrando el terror con el macabro símbolo de sus máscaras y él no se quedaría con los brazos cruzados. Fabiani desde hacía tiempo buscaba emular la operación de Delarrúa, pero su producto dejaba mucho que desear. Todavía le faltaba mucho para equiparar la calidad y los canales de distribución de Delarrúa, quien era el proveedor indiscutible de la cocaína en la ruta que servía a las islas del Caribe, Honduras y parte de América Central.
—¡Serafín!
—¡Mande, mi patrón! —respondió cuadrándose como un militar. Serafín pensaba que la formación castrense era un activo deseable en su función como mano derecha del capo, y cada vez que podía buscaba imitar sus poses.
—¡Búscame a “El Diablo” y me lo traes! —ordenó el narcotraficante.
El otro, sin cuestionar, salió corriendo en voladilla a cumplir el mandado como lo hacía siempre.
Roberto Morales, conocido en el bajo mundo como “El Diablo”, era un ser enigmático, envuelto en un aura de misterio y melancolía. Su escasa figura, casi frágil, contrastaba con la oscuridad que habitaba en su interior. Su mirada taciturna y su naturaleza reticente podían confundir a algunos, haciéndolos creer que se trataba de un hombre simple, incluso de un alma ingenua. Sin embargo, detrás de esa fachada inofensiva se escondía un ser atormentado por las bajas pasiones y con una inclinación innata hacia la violencia. Era uno de los peones de Delarrúa. Su función principal era la de infiltrado, trabajando en la hacienda El Naranjal de Marcos Fabiani, donde recopilaba información valiosa sobre las actividades de la organización rival. Una vez al mes, se reunía con Serafín, en un bar clandestino de la zona roja. Allí, bajo la tenue luz y el murmullo de las conversaciones, “El Diablo” revelaba los secretos de la organización de Fabiani, quien estaba más interesado en la vida social y las banalidades que en los asuntos turbios de su negocio. Su falta de perspicacia y astucia lo convertía en un líder inepto, cometiendo errores garrafales que conducían a cuantiosas pérdidas para su organización. “El Diablo”, por el contrario, era un observador sagaz, capaz de captar los detalles más sutiles y anticipar los movimientos del enemigo.