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DOS PISTAS INESPERADAS
La detective Camila Sáez aparcó su vehículo en el puesto 4B, una ventaja de vivir en el edificio Emporio, ubicado al norte de la ciudad, con estacionamiento propio, muy cerca de la prestigiosa panadería Danubio y el centro comercial Metro Plaza. No era la renta más barata de la zona, pero tenía algunas ventajas: el agua y la luz eran servicios incluidos, el condominio no era excesivo y se mantenían bien cuidadas las instalaciones y las áreas verdes.
Apagó el motor y miró al asiento del copiloto en donde reposaban los expedientes del caso de las máscaras. Había concertado una reunión a las siete de la noche con el arqueólogo Maximiliano Santamaría. Victoria había insistido en celebrarla en su apartamento, cuestión que Camila agradeció porque no le gustaba llevar extraños a su casa. Por otro lado, la idea de compartir los datos de la investigación con un tercero le resultaba aversiva, pues estaba habituada a trabajar de manera autónoma. No obstante, la naturaleza de los crímenes la obligó a solicitar ayuda de quien en otras circunstancias jamás la solicitaría. Optó por poner a prueba a Santamaría, dejando los expedientes en el auto. Si este demostraba ser un colaborador eficaz, vendría por los documentos y los revisarían juntos. En caso contrario, simularía haber dejado los expedientes en la Comisaría y pospondría indefinidamente cualquier encuentro futuro.
A las seis y cincuenta, la detective se plantó frente al apartamento de su amiga y pulsó el timbre. La forense abrió la puerta con una espumosa cerveza en mano. Vestía unos jeans ajustados, una camiseta blanca y tenía el cabello recogido en una cola alta que le sentaba muy bien.
—¿Esto es una fiesta o una reunión de trabajo? —conjeturó Camila, quien pasó directo a la sala, ubicándose en un taburete alto, cerca de la cocina, en donde solía compartir con su amiga noches de cervezas y vino.
—¡No seas aguafiestas! —respondió la otra, cerrando la puerta—Por si no lo sabías, en las reuniones de trabajo es donde más se estila consumir licor —dijo, empinándose el vaso.
Victoria, conociendo la renuencia de su amiga para relacionarse con desconocidos, le ofreció una bebida:
—¿Cerveza, agua o vino?
—Una cerveza sería maravilloso —exclamó la otra, con agrado.
Mientras Victoria se dirigía a la nevera por la cerveza, Camila decidió ponerse más cómoda en el sofá. Las dudas comenzaban a surgir en su cabeza y se preguntaba si invitar al arqueólogo habría sido buena idea.
Victoria no llegó a la nevera, el timbre del apartamento irrumpió con su sonido persistente y ella se dirigió de nuevo a la puerta. Un hombre de imponente estatura, ojos claros y cabello meticulosamente peinado, saludó a Victoria con un beso en la mejilla. Esta devolvió el beso con dificultad, porque el hombre era muy alto y ella apenas alcanzaba un metro sesenta y cinco centímetros de alto. Desde la puerta y en voz alta, lo presentó:
—Camila, este es Maximiliano Santamaría. Mi compañero de farras en la universidad.
El hombre, con pasos firmes y seguros, se dirigió hacia ella. Su figura era atlética y masculina, con un porte que denotaba confianza.
—¡Es un placer conocerte, Camila! —exclamó estrechando su mano con fuerza. Luego, volviéndose hacia Victoria, le mostró una botella de vino que traía en la otra mano.
—¡Por los viejos tiempos! —dijo con una sonrisa.
Victoria soltó un par de exclamaciones de alegría.
—¡Mejor vino que cerveza! —refirió, tomando la botella y dirigiéndose al gabinete en busca de copas.
Mientras tanto, Maximiliano se acomodó en una butaca, frente a Camila. A primera vista, la detective lo catalogó como un individuo superficial, un patiquín con una apariencia que sugería un mayor interés en la estética que en la inteligencia. El tiempo le diría si detrás de esa fachada se escondía una persona más compleja y profunda de lo que inicialmente había supuesto.
—Victoria me mencionó que eras arqueólogo y abogado. Yo también soy abogada —afirmó Camila, sus ojos escudriñando cada detalle de su rostro. Sáez era una experta en leer entre líneas. Sabía que la apariencia podía ser engañosa, que detrás de una sonrisa encantadora a menudo se ocultaban intenciones ocultas. Sin embargo, algo en el porte de este hombre, en la seguridad que emanaba de él, la hacía dudar de sus primeras impresiones. Su ascendencia, sin duda, contribuía a esa aura de distinción y honorabilidad.
—En ese caso, somos colegas —acotó Maximiliano— Estudié derecho mercantil para complacer a mi familia y arqueología por puro placer personal —respondió, intentando también descifrar a la detective que tenía frente a él. Victoria le había hablado de ella. La había descrito como una amiga entrañable, experta en investigaciones criminalísticas y con un alto sentido de la responsabilidad, pero Maximiliano percibía cierta resistencia en su actitud.
—Es cierto, son dos carreras muy diferentes —comentó Sáez—. Tengo entendido que regresaste hace poco de Guatemala y que estabas trabajando en una excavación arqueológica.
Los ojos verdes de Maximiliano se iluminaron al responder:
—Sí, siento una gran pasión por los trabajos arqueológicos. Tengo un equipo muy competente en Guatemala. Existen indicios de la existencia de una civilización mesoamericana al sur de la selva guatemalteca y estamos trabajando arduamente para demostrarlo.