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EL NARCOTRAFICANTE
René Delarrúa y Serafín se conocían desde niños. Ambos vivieron la pobreza extrema en carne propia. Provenían de una provincia guatemalteca en donde la miseria se asentaba con más ahínco que en otras provincias de la región. Serafín era el mayor de cinco hermanos, de los cuales dos habían muerto en manos de la malaria y los otros dos en manos del hambre. Conoció a René en sus andanzas y correrías infantiles en la vera del río El Limón, único lugar de recreo de la chiquillada de aquella zona rural en la que se criaron y en donde se reunían a jugar con guijarros y a chapotear en las cristalinas aguas del río.
Sus padres, siempre ausentes por motivos laborales, trabajaban para una compañía minera que realizaba excavaciones a dos kilómetros del poblado. La falta de escuelas era evidente, y quienes sabían leer y escribir lo habían aprendido de unas monjas que de vez en cuando visitaban la zona para realizar labores misioneras. Los niños quedaban al cuidado de sus abuelos, pero estos no les brindaban una supervisión adecuada, porque también trabajaban elaborando cestas de palma y artesanías para venderlas a los comerciantes que ocasionalmente llegaban desde la capital. Así, los niños pasaban largas horas vagando por la ribera del río.
Cuando René tenía doce años ya tenía sobre sus espaldas la responsabilidad de un muerto. “Trotamundos” era el mote de un individuo que vivía a dos cuadras de la casa de Serafín, todo el día lo pasaba entregado a la embriaguez del aguardiente y a las drogas. En las tardes gustaba merodear por los lugares donde jugaban los niños en busca de una víctima para satisfacer sus depravados apetitos.
Un día, estando René en camino a reunirse con sus amigos en el río, el depravado intentó someterlo amenazándolo con un cuchillo, pero este, con un rápido movimiento que el pillo no esperaba, le arrebató el arma y se la clavó en el pecho, con tanta puntería y tino que le perforó el corazón. Cayó muerto de inmediato. Serafín y otros dos amigos lo ayudaron a arrastrar el cuerpo hasta el río y allí lo abandonaron. La corriente lo arrastró cuesta abajo. Nadie preguntó por el difunto ni se realizó investigación policial alguna, como suele suceder en los parajes incivilizados.
René soñaba con otra vida, una menos miserable. Una vez, estando sentado sobre la laja de una piedra saliente, con el río corriendo bajo sus pies, le había dicho a Serafín:
—No voy a ser pobre siempre, ¿sabes? Estoy cansado de comer frijoles cuando hay, y de acostarme con la barriga vacía cuando no hay. Mi madre se parte el lomo trabajando para conseguir solo unas cuantas monedas, y mi papá se va por semanas a trabajar en la mina donde le pagan un mísero sueldo. Ayer murieron dos mineros. Quedaron atrapados bajo las ruinas y la compañía no tenía el equipo necesario para sacarlos, así que se asfixiaron antes de que la ayuda llegara.
Serafín guardó silencio. Su papá también trabajaba en la mina. Entendía el sentimiento de frustración que sentía su amigo.
—Me voy a Quatzipa. En la hacienda Santa Inés están buscando muchachos para cultivar la tierra
Serafín se angustió ante la perspectiva de perder a su amigo.
—¿Cómo llegarás hasta allá? Quatzipa queda muy lejos.
—Caminaré hasta que me sangre la planta de los pies; pero aquí no me quedo.
Los ojos de Serafín brillaron con entusiasmo.
—¿Puedo ir yo contigo?
René lo miró con aquellos grandiosos ojos. Estaba renuente. No era lo mismo hacerse cargo de uno mismo que de otra persona; pero Serafín insistió tanto que, al final, el muchacho no tuvo corazón para abandonarlo. Así que a la mañana siguiente, por una nota dejada sobre la mesa en sus respectivas casas, sus padres se enteraron de que los muchachos se habían marchado. Las mujeres lloraron y querían ir tras ellos, pero los padres se impusieron declarando:
—¡Déjenlos! Así se harán hombres. Si no les va bien, seguro regresan.
Los niños se fueron caminando por el único andrajoso sendero de tierra que salía del poblado, rumbo a Quatzipa, con la ilusión de llegar hasta la hacienda Santa Inés. Tardaron treinta días. Llegaron desfallecidos y descalzos, ya que la suela de los zapatos la largaron en el camino poco después de salir, con la piel moreteada por las picadas de los mosquitos y los arañazos de las ramas salientes de los arbustos. Sobrevivieron comiendo cambures, tomates y mangos que encontraron en la vía y en los distintos sembradíos por los que iban pasando. Dormían encaramados en árboles, bajo la ruana tejida que habían hurtado de la abuelita de Serafín, y la sed la aplacaban caminando a la vera del río El Limón, cuando se podía.
Cuando finalmente llegaron a la hacienda, el capataz salió a recibirlos. Encontró a dos muchachos indigentes, vestidos en harapos, famélicos del hambre. Estaba renuente a contratarlos, pero el viejo Montano, dueño del caserío, que se hallaba a escasos metros de donde conversaban el capataz y los muchachos, los había estado observando desde hacía rato y quedó sorprendido por la vivacidad y suspicacia del mayor. Se acercó y exclamó a viva voz:
—Capataz, ¡contrátelos! Póngalos a hacer cualquier trabajito por allí —y señalando a René le dijo— Se acordará de mí, pero ese muchachito será capaz de grandes cosas.
El capataz, mermada así su autoridad por la exigencia del patrón, y ante la falta de personal y la labia subyugante de René, acordó que trabajarían en los sembradíos y estarían bajo un período de prueba de dos meses.