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EL RAPTO
Era sábado y el reloj marcaba las nueve. En la Comisaría, un silencio de sepulcro reinaba en los pasillos. Únicamente el personal asignado a la guardia estaba en el edificio y seis cuadrillas de patrullaje que se mantenían en las calles en vigilia. La ciudad, ajena a la quietud matutina, pulsaba siempre al ritmo del crimen, que no conoce tregua ni descanso. A pesar del espectacular sol que se asomaba por el horizonte y que se vislumbraba desde la ventana de la oficina de la detective Camila Sáez, esta se encontraba rodeada por una montaña de papeles. En vista de que Mary no trabajaba los sábados y el asunto era urgente, redactaba los oficios para citar a Douglas Decker y a Gustavo Mendoza para interrogación. También citaría a Natalia y Angela Decker porque deseaba ahondar en sus declaraciones.
Sáez miró la ruma de papeles que todavía quedaba por revisar: una labor tediosa y reconoció que le hacía falta la ayuda de Victoria, quien ocasionalmente la asistía cuando la carga de trabajo la rebasaba. Pero Victoria había sido invitada por el Colegio de Médicos del Estado Zulia para dictar una conferencia sobre prácticas forenses en Maracaibo y estaría ausente el fin de semana, lo que la obligaba a afrontar la tarea en solitario.
Entonces, una idea iluminó la mente de Sáez. ¿Y si invitaba a cenar a Maximiliano Santamaría? Aquello no era descabellado. Él mismo se había puesto a la orden y la idea, carente de cualquier atisbo romántico, podría convertirse en una fructífera colaboración. Eso sí, dejaría asentado de antemano que aquella cena era estrictamente de carácter laboral, para que el susodicho no tuviera ninguna otra expectativa. Le había dado la impresión, cuando se encontraron en el apartamento de Victoria, de que el arqueólogo la miraba como un depredador evaluando a su presa. ¿Sería prudente invitarlo a su casa? No podían reunirse en un lugar público con todos esos expedientes confidenciales y con personas extrañas escuchando su conversación. Se arriesgaría. Era amigo de Victoria desde hacía años y su amiga no lo hubiera invitado a su apartamento si no le tuviera confianza.
De inmediato, Sáez buscó en su bolso la tarjeta que Santamaría le había entregado, tomó su teléfono y marcó el número, con la esperanza de que su plan se concretara.
—Maximiliano, soy Camila... ¿Cómo estás? … Pensaba que, si no tienes compromisos para esta noche, podríamos cenar en mi apartamento. He conseguido la información que me solicitaste sobre los códigos de barra de las máscaras. También me gustaría conocer tu opinión sobre algunas de las declaraciones de los testigos... ¿Dispones de tiempo?... ¡Excelente! Te espero a las ocho… ¡Mi apartamento es el 408!
Tras colgar la llamada, recordó que su despensa estaba repleta solo de agua, café y pan, así que optaría por comprar comida en un restaurante, algo habitual en su rutina diaria. Victoria, con su humor ácido, solía bromear sobre la posibilidad de vender su cocina como nueva, dada su escasa utilidad. Camila tenía un talento innato para comer, no tanto para cocinar.
Guardó las declaraciones en su bolso y se dispuso a cerrar las ventanas y las cortinas. Luego, tomó su bolso y las llaves de su vehículo, cerró la puerta y se dirigió hacia ascensor. Sus pasos resonaban en el silencio del pasillo, y por un fugaz instante, la inquietante sensación de ser observada la invadió, aunque al mirar alrededor no encontró a nadie.
Caminó por el estacionamiento de funcionarios con pasos ligeros. Al entrar a su vehículo, algo llamó su atención: creyó ver una sombra moviéndose dentro de una camioneta negra Explorer, con placa borrosa, que estaba estacionada muy cerca de la salida. Pero esta tenía vidrios ahumados, así que atribuyó la visión a un engaño de su imaginación. Nunca había visto aquella Explorer en el lugar. Aun así, su intuición le susurró que estuviera alerta.
Con la mirada fija en la camioneta, hundió el acelerador de su vehículo y salió del edificio incorporándose a la calle, mirando constantemente por el retrovisor. La camioneta no se movió. No obstante, Sáez, con una maniobra evasiva, subió por la avenida Francisco de Miranda, su ruta habitual era por la Calle 11, y siguió mirando por el retrovisor de vez en cuando, confirmando que no la estaban siguiendo.
Se detendría en el restaurante “Luigi”, camino a casa, a comprar una deliciosa lasaña, y quizás algo de vino. Había olvidado preguntarle a Maximiliano qué tipo de comida prefería, pero Sáez estaba convencida de que todos amaban la comida italiana tanto como ella, así que no se preocupó por volver a llamarlo. Pero cuando ya estaba a punto de aparcar su vehículo en “Luigi”, notó que la Explorer estaba detrás, a dos carros de ella. Pulsó la palanca de retroceso y se alejó del lugar, pasó de largo el edificio Emporio donde vivía y, sin detenerse, continuó hasta Los Dos Caminos. Dio varios rodeos hasta que los perdió. Entonces, tomó el camino de vuelta hasta su casa. Mientras conducía, con el corazón a mil revoluciones, tomó su teléfono y contactó a un oficial:
—Habla la detective Sáez. Quiero reportar a un vehículo sospechoso en la zona de Altamira y Los Dos Caminos: una camioneta Explorer negra, con vidrios ahumados y placa borrosa. Perdí el contacto visual a la altura de la avenida Rómulo Gallegos. Me siguió desde la Comisaría. Verifiquen las cámaras de seguridad del estacionamiento. Agradezco que pasen el reporte a los patrulleros de la zona y me informen si la encuentran. Cambio y fuera.
Colgó la llamada. Maximiliano tendría que conformarse con café y pan, y con un pedido a domicilio de comida china.