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TRES HOMBRES, UNA MUJER
En el despacho del exgobernador Douglas Decker, un espacio exquisitamente decorado con pinturas y esculturas de Fernando Botero, se celebraba una reunión urgente con el tesorero de su partido, José Medina, y su secretario y asesor de imagen, Eduardo Santaella. El motivo distaba mucho de ser agradable. Discutían los resultados de las últimas encuestas que medían la intención del voto del electorado y el tenso ambiente crispaba los nervios. Era obvio que la campaña no estaba resultando como esperaban.
—Douglas, bajaste 13 puntos en las encuestas ¡13 puntos! y esta es una caída meteórica —expresó con disgusto, Santaella, caminando de arriba abajo la oficina, con las manos metidas en el bolsillo del pantalón, echaba fuego por los ojos, tenía el ceño fruncido y rehuía la mirada de Decker. Había apoyado su carrera política incondicionalmente desde los tiempos en que estudiaron juntos Ciencias Políticas en la Universidad Central. Lo asesoró cuando lo eligieron alcalde en el 2008, cuando fue reelegido en el 2011 y cuando se postuló como gobernador del estado Miranda en el 2015. Cuando el nombre de Decker comenzó a sonar como candidato para las presidenciales del 2024, Santaella hizo todo lo que estaba a su alcance para enaltecer las cualidades de su amigo y desprestigiar a los que lo adversaban. Su primera tarea fue cambiarle la imagen de hombre vulgar y descuidado a una de político preocupado por las reivindicaciones sociales: lo puso en clases de oratoria, le acomodó la postura y los dientes, y le renovó la dicción y el guardarropa. Después lo puso a recorrer los barrios, abrazando a niños y viejas, prometiendo mejoras en su calidad de vida. Participó también en actividades caritativas concretando así la fachada de hombre preocupado por resolver los problemas sociales y económicos de la comunidad.
José Medina, sentado en el sofá de cuero español, con los brazos estirados sobre el espaldar, asintió, sin entusiasmo. Nunca había estado de acuerdo con la postulación de Decker como candidato a la presidencia, pero fue elegido por la mayoría de los dirigentes, y él terminó por reconocerlo como el representante del partido.
El exgobernador, detrás de su escritorio, se pasó la mano por la cabeza. Las cosas no estaban resultando como esperaba. Bien sabía que el electorado era un público voluble, que cambiaba su intención de voto tan rápido como una veleta con la acción del viento, pero había mantenido la esperanza de que su reputación y su larga trayectoria a favor de las causas caritativas lo mantuviera a salvo del daño causado por su involucración con los homicidios.
Medina vociferó:
—Las bases del partido están preocupadas. De continuar la situación, te obligaran a renunciar a la candidatura. Los puntos que has bajado los está capitalizando Gustavo Mendoza. El tipo es un zorro viejo y esta contingencia le ha venido como anillo al dedo. ¡Ya se cree el próximo presidente! Todavía cuentas con el 41,5% de intención de voto, pero Mendoza tiene el 36,6% del electorado; lo que nos deja el 21,9% de los independientes y los abstencionistas que tenemos que convencer para que nos den su voto. La diferencia entre Mendoza y tú es tan solo de 5 puntos y tenemos que agrandar esa brecha. Si no, ¡estamos perdidos!
El exgobernador se mordió los labios. Estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo. Eduardo Santaella veía desmoronarse el poderío de Decker ante sus ojos, y aquello no le hacía mucha gracia, porque la caída de su amigo, representaba también la suya. Preguntó:
—¿Cómo va el asunto con las máscaras?
Decker, sosteniendo un bolígrafo, con el cual daba pequeños golpecitos al escritorio para disfrazar su angustia, respondió:
—Hay avances en la investigación. El inspector Soto me informó confidencialmente que pronto darán a conocer al culpable —mintió—. Tienen ubicado al sospechoso, pero no me dio detalles porque la información forma parte del sumario policial. —Luego de una pausa— Amigos, confiemos en la labor de los investigadores. Pronto, esto no será más que una pesadilla que habremos dejado atrás. Seguiré con la campaña y cerraremos la brecha que me separa de Mendoza.
Medina tenía sus dudas. Se levantó del sofá y buscó en su bolsillo un cigarrillo. Se acercó a la ventana para encenderlo. Con el cigarrillo colgando en la comisura de los labios, profirió:
—¡Eso espero, Decker, por tu bien! Faltan pocos meses para la elección y si esto no avanza, tendremos que buscar un sustituto. Es más, creo que deberíamos adelantar este asunto ya. Si las cosas se resuelven, sigues con la campaña. Si no, deberíamos tener preparado un Plan B.
Decker, visiblemente molesto, dio un puñetazo al escritorio, refutó:
—No veo la necesidad de gastar recursos en el asunto. ¿Y según tu opinión, quién debería ser ese supuesto sustituto? ¿Tú?
El otro entendió que lo había sacado de sus casillas. Con una calma despreocupada, le respondió:
—Santaella sería un buen reemplazo. Entiende que no se trata de tus intereses, Douglas, sino de lo que sea mejor para el partido. ¡Te están involucrando en tres asesinatos!
—¡Pero yo soy la víctima! En ningún momento se me ha tratado como sospechoso.
—La percepción del electorado es otra. La reputación de un candidato es su mayor tesoro, y la tuya está por el suelo. Ahí están los resultados de las encuestas —dijo, señalándole un puñado de papeles en el escritorio.