13
UN TITULAR MUY PERTURBADOR
La detective Camila Sáez se adentró en el caos matutino de la avenida Francisco de Miranda. La vía ya estaba congestionada. Sin quererlo, quedó atrapada en un embotellamiento de vehículos de todo tipo, cuyos vidrios polarizados amplificaban el ensordecedor ruido de las bocinas. Soltó una maldición gutural. Sintió la tentación de usar la sirena para despejar el tráfico, pero sabía que no era lo correcto. No había ninguna emergencia que lo justificara.
Después de días alejada de la Comisaría, anhelaba sumergirse de nuevo en el caso de la Máscara de Ixchel. La demora la irritaba. El detective Martínez, ávido de gloria personal, no había querido adelantarle nada de los avances del caso, prefiriendo mantenerla al margen. Martínez no simpatizaba con Sáez, a quien consideraba una arrogante feminista que se había cobijado bajo el ala protectora del Comisario Aranguren para escalar posiciones.
Sin embargo, durante su ausencia, Sáez no permaneció ociosa. Victoria se las arregló para sustraer de la Comisaría copias de las notas de Martínez, que entregó a su amiga oportunamente para que los escudriñara en casa. Sáez trabajó sin descanso, llegando a la conclusión de que los homicidios respondían a tres posibles motivaciones: la primera, un rival político de Decker que buscaba obstaculizar su ascenso a la presidencia, que bien podría ser el opositor Gustavo Mendoza; la segunda, alguien de su círculo íntimo o político con un interés oculto, el principal sospechoso era el secretario del partido y asesor de imagen, Eduardo Santaella; y la tercera, un asesino serial con una obsesión malsana por el político. Sáez barajaba una cuarta hipótesis, aunque más remota, en la que Decker estaría involucrado sentimentalmente con una mujer vengativa. La violencia de los crímenes, especialmente el ritualístico uso de la máscara y el degollamiento, sugería un móvil emocional, tal vez relacionado con una venganza personal.
Sáez, impaciente por el lento tráfico, buscó distraerse encendiendo la radio. La melodía estridente de un famoso grupo local no calmó su ansiedad. Por el contrario, comenzó a sentir un cosquilleo pasmoso en las manos y la sensación de sofocamiento. Bajó la ventanilla para respirar una bocanada de aire y, por instante, se relajó. Fue entonces cuando un pregonero, caminando entre los autos, gritó:
—¡DETENIDOS LOS ASESINOS DE LA MÁSCARA! —a todo gañote.
La noticia la sobresaltó y, por un momento, creyó que había escuchado mal. Con el corazón acelerado, le hizo señas al joven y este se acercó. Le pagó el periódico y se lo arrancó de las manos. Leyó el titular en primera plana. Las palabras del artículo la dejaron perpleja. Dos jóvenes eran los responsables de los homicidios ¿Cómo era posible que no supiera nada al respecto? ¿Quiénes eran esos muchachos y cómo los habían encontrado? El artículo detallaba el operativo policial que había culminado con la captura de los sospechosos en su domicilio ubicado en una sola populosa de Petare. Buscó su celular y marcó el número del inspector Soto. No hubo respuesta.
La fila se movió y Sáez, furiosa, al fin tuvo la vía libre. Apretó el acelerador hasta el fondo y salió del embotellamiento. Un contingente de periodistas ansiosos aglomerado en las afueras de la Comisaría trataba de convencer al portero de que los dejara entrar; entre ellos, el odioso Pete Rondón. Sáez no estaba de ánimos para declaraciones, aparcó su auto en el estacionamiento de un edificio contiguo e ingresó a la dependencia por un costado, ocultando el rostro tras una manojo de documentos. Por fortuna, nadie la detectó.
Con prisa, subió las escaleras hasta el segundo piso en busca del inspector Soto, pero no estaba en su oficina. Frustrada, buscó al detective Ramírez. Lo encontró cerca del cafetín, bromeando con otros oficiales mientras disfrutaba de un café y mordisqueaba una dona achocolatada. Ramírez no era un oficial destacado. Había llegado a la institución ocho años atrás, recomendado por el alcalde de turno. Su trabajo era considerado mediocre por muchos, pero era astuto, zalamero y propenso a los negocios turbios, lo que le había valido ascensos sin los méritos necesarios. Bajito, de ojos rapaces y actitud mañosa, la saludó:
—¡Buenos días, detective Sáez! Supongo que viene a felicitarme por la celeridad con que resolví su caso. No es necesario, ¡Ya recibí las felicitaciones del inspector Soto! Imagino que estarás intrigada por mis métodos y querrás aprender del maestro —vociferó jocosamente, agarrándose la barriga, que subía y bajaba con la cadencia de una pelota de ping-pong.
Los compañeros que lo rodeaban rieron ante su ocurrencia, pero callaron cuando se percataron de la expresión sería de la detective.
—¿Cómo es posible que hicieran ese arresto sin consultarme? —lo espetó ella—. Yo soy la detective que lleva el caso. No lo olvides. Además, ¿qué tipo de evidencias encontraron? ¿Cómo consiguieron que un juez firmara la orden de allanamiento en tan poco tiempo? ¿Confesaron los muchachos el crimen?
El detective Ramírez, consternado por la avalancha de preguntas, soltó la dona que se estaba comiendo y puso el café sobre la mesa, satisfecho por la oportunidad que se le brindaba de poner a la detective de hielo en su lugar. Balbuceó:
—¡Hable con Frank! Solo seguí sus instrucciones. No tengo por qué darle explicaciones a usted —refutó, volteando su voluminoso cuerpo y dejándola con la palabra en la boca.
Sáez no perdió el tiempo con aquel idiota. Sabía que era solo un títere y que era otro el que movía los hilos. Dio media vuelta, caminó hasta el final del pasillo e irrumpió en la oficina de Ramírez, a pesar de las protestas de la secretaria, y se llevó todos los expedientes del caso. Llegando a su despacho, con los brazos repletos de carpetas, observó sobre el escritorio de Mary un gigantesco ramo de flores. La base era de arcilla con incrustaciones de cerámica, las rosas formaban un abanico abierto en diversas tonalidades de rojo y remataba en el centro con un par de orquídeas blancas. Mary apenas tenía espacio para trabajar. Viendo la interrogación en los ojos de la detective, la secretaria se apresuró en responderle: