La Máscara De Ixchel

14. Escudriñando Pistas

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ESCUDRIÑANDO PISTAS

El restaurante Venice, un lujoso enclave en Santa Rosa de Lima especializado en mariscos y frutos del mar, era el refugio habitual de la detective Camila Sáez y la forense Victoria Slam. Situado en las alturas de un edificio con vistas panorámicas de Caracas, este establecimiento les ofrecía un oasis de tranquilidad donde podían relajarse y compartir un trago tras agotadoras jornadas de trabajo. El arqueólogo elogió la elección del restaurante, ya que combinaba en un solo ambiente las preferencias de ambas mujeres: acogedor para Camila y estimulante para Victoria.

Contrario a su costumbre, Sáez llegó tarde, resoplando y maldiciendo el tráfico. Desde el pequeño escenario, un grupo musical ejecutaba una especie de góspel edulcorado que envolvía el ambiente en una melancolía pegajosa. Esquivando camareros que se movían como autómatas, se dirigió a su mesa, donde Victoria y Maximiliano la esperaban con sus copas ya medio vacías.

—Siento la tardanza. Cuando venía saliendo, olvidé el sobre con la información de los códigos de barras de las máscaras. Sé que te las había enviado a tu teléfono, pero quería que la tuvieras también en físico —dijo, entregándole el sobre a Maximiliano.

—Creo que te estás obsesionando con esas máscaras —comentó Victoria, con su voz amortiguada por el sorbo de un cóctel. Ella deseaba dejar atrás todo lo relacionado con el trabajo, abierta solo a la posibilidad de diversión. Ya había ubicado la suya en un joven que la miraba con insistencia desde una de las mesas contiguas.

Maximiliano entornó los ojos y estudió a Camila con una mezcla de diversión y preocupación. Se preguntó si ella tendría tiempo para algo más que su trabajo y la imaginó en un entorno diferente: en una playa caribeña, como Aruba o Curazao, relajada, acostada sobre la blanca arena, tomando sol y saboreando un cóctel de piña colada.

Pero Camila Sáez no era de las que saboreaban piñas coladas en una playa. Pidió, en cambio, una cerveza al mesonero que se acercó a tomar su pedido. Al ver el ensimismamiento con que Maximiliano la observaba, le hizo un guiño mientras le respondía a Victoria:

—¡Puede que tengas razón! Pero me propongo desenmascarar a los que pretenden inculpar a los Soler de los homicidios. Decker está metido en esto hasta el cuello y Soto lo protege.

El mesonero se acercó con la cerveza y la colocó sobre la mesa. La detective se la bebió de un tirón, como lo hubiera hecho un camionero abandonado cuarenta días en un desierto. Luego, pinchó una chistorra del plato de Victoria y agregó:

—Tengo que finiquitar el caso y dedicarme a la postulación. El tiempo corre y el fiscal no me esperará por siempre. Pero no abandonaré la investigación hasta que demuestre que los Soler son inocentes.

Maximiliano la vio con ojos comprensivos. Admiraba su voluntad de hierro y se preguntaba si alguna vez tendría la oportunidad de ser algo más que un simple colaborador en un caso de homicidio. Además, estaba el acoso de René Delarrúa. Le preocupaba, pero Camila había dejado claro, de manera fehaciente, que no quería su intervención en el asunto. Le inquirió:

—¿No estarás cegada por tus emociones? He visto muchos casos en que los sospechosos parecían inocentes, pero al final, luego de recabadas las evidencias, resultaban que eran culpables.

Un significativo suspiro escapó de los labios de Sáez, volteó a mirarlo y, sin querer, posó su mano sobre el brazo del arqueólogo, quien se crispó por el contacto. Camila respondió con seguridad:

—Estuviste presente en los interrogatorios. Tú mismo me dijiste que no eran delincuentes. ¿Por qué, ahora, cambiaste de opinión?

—No he cambiado de opinión, lo que digo es que las apariencias engañan. Nuestro trabajo no se basa en percepciones sino en hechos y serán las evidencias las que tendrán la palabra final.

Sáez se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Era el primer gesto de coquetería que Maximiliano había presenciado en ella, también notó que tenía un aspecto juvenil cuando hablaba de las cosas que la apasionan.

—Tengo que sacar a los Soler bajo fianza —acotó la detective, como si planificara los movimientos en un gran tablero de ajedrez—. Esos muchachos no están preparados para ir a una cárcel. Por fortuna, el departamento administrativo no enviará el expediente a la fiscalía hasta el lunes. Con suerte, la audiencia para la imputación de los hechos no se hará hasta el martes. El fin de semana los mantendrán en la Comisaría e hice arreglos con un guardia para que los protegiera mientras están allí.

Slam abrió sus ojos desmesuradamente. Aquella conducta no era propia de su amiga. Con frecuencia, bromeaba con Camila refiriéndose a su corazón de piedra y a la poca empatía que mostraba con sus semejantes. Era de las personas que pasaban al lado de un indigente, sin soltar una moneda. Nada la perturbaba. ¿De dónde estaba sacando Camila ahora esa sensibilidad?

—¿Hiciste qué? ¿Cómo es eso de “arreglos”? ¿Le pagaste a un guardia para protección? ¿Estás loca? Camila, te estás metiendo en problemas. ¡Razón tiene Soto de estar enojado! No estás siendo imparcial ¿Qué te está pasando?

—Absolutamente, nada. Me estoy ocupando de que se haga justicia. Los Soler estarán bajo la protección de un guardia amigo, al que le tengo mucha confianza. Lo ayudé con un problema que tuvo su hijo el año pasado por un malentendido. Confío en él con los ojos cerrados.



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En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 18.01.2026

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