La Máscara De Ixchel

15. El Candidato y el Opositor

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EL CANDIDATO Y EL OPOSITOR

A la mañana siguiente, al llegar a la Comisaría, el inspector Frank Soto se encontró con la noticia de que Sáez había citado a Douglas Decker para interrogarlo. No le hizo mucha gracia. Reconocía la validez de recabar todos los testimonios durante un proceso judicial, pero consideraba que en este caso particular, Sáez se estaba extralimitando. No obstante, carecía de argumentos para contradecirla, puesto que ella contaba con el apoyo del Comisario Aranguren. Además, la detective fue fiel a los protocolos y procedió de acuerdo con lo establecido.

Douglas Decker, escoltado por dos guardaespaldas, llegó a media mañana a la Comisaría. Su elegante traje azul de diseñador, su camisa de seda blanca y su corbata con motivos marinos estaban pensados para impresionar, aunque Sáez era inmune a estos artificios. Cuando Mary le anunció la llegada del exgobernador, la detective salió a recibirlo y lo invitó a pasar a su oficina. Evitó llevarlo a la sala de interrogatorios porque quería un ambiente relajado para la conversación. Los escoltas, quienes se apostaron como gorilas al lado de la puerta, crearon una atmósfera tensa en la Comisaría. La detective había preparado todo: la luz incidiría directamente sobre el exgobernador y revelaría cada gesto de su rostro; el paisaje urbano que se divisaba desde la ventana le ofrecería una falsa calma; y la grabadora, discretamente encendida, capturaría cada palabra.

Fiel a su filosofía de “quién ataca primero, gana”, Decker, tan pronto tomó asiento, inició la entrevista:

—Detective Sáez, antes que nada, quisiera una aclaratoria: ¿En calidad de qué me citó usted? ¿Testigo? ¿Sospechoso? ¿Colaborador? Los asesinos ya fueron capturados y no logró entender el motivo de mi presencia aquí —inquirió el exgobernador, esbozando la sonrisa de dentífrico que solía usar en las campañas.

Sáez ladeó un poco la cabeza y se mojó los labios, antes de responder con su arsenal de frases hipócritas.

—Lamento los inconvenientes, señor Decker y comprendo su molestia. Pero mi trabajo es investigar a fondo las muertes violentas o sospechosas para determinar las circunstancias exactas en las que ocurrieron. ¡Es todo! No tomaré mucho de su tiempo, el señor Santaella ya me contactó para informarme que tiene usted una agenda muy apretada esta mañana, así que iré al grano. Tenemos información de que hace dos años usted compró seis máscaras en el Museo Antropológico de Guatemala.

El exgobernador no se inmutó, ni un solo músculo de su cara se movió, a pesar de que las palabras de la detective lo sorprendieron. No contaba con que esa información estuviera a su alcance. El ojo clínico de Sáez percibió un ligero temblor en los ojos. Decker, acostumbrado a contestar preguntas incómodas, respondió con aplomo:

—Esas máscaras fueron sustraídas de mi bóveda hace seis meses.

Sin alzar la voz, adoptando la actitud fría de un interrogador, Camila agregó:

—¿Y no se le ocurrió pensar que al cuerpo policial le podría interesar esa información? ¿Hizo la denuncia correspondiente? ¡Quiero verla!

Decker acomodó su pierna derecha encima de la izquierda y cruzó los brazos. Respondió con tranquilidad:

—Escuche, detective. Esas máscaras no tenían valor alguno. Las compré por una bagatela, más por complacer a mi esposa que por su valor estético.

—¿Y por qué las mantenía en una bóveda si no eran valiosas?

La miró con odio, una vena titilaba en su sien y sus pupilas se ennegrecieron de repente.

—Mi esposa las colocó allí. Para ella, estas caretas tenían un valor sentimental.

—¿Por qué?

—Le recuerdan a una etapa de su vida ¿Qué sé yo? —expresó molesto, perdiendo la paciencia.

—Tres de esas máscaras terminaron en las manos de la primera víctima y las otras tres se usaron en los asesinatos. ¿Sabe cómo llegaron las máscaras a las manos de Sully Millán?

—No tengo la menor idea. Ella era compañera de Ángela y frecuentaba la casa. Quizás, las robó. Escuche, cualquiera pudo haberlas tomado. Mucha gente entra y sale de la casa. Si no las mencioné antes fue para evitar lo que efectivamente está ocurriendo: que me consideraran culpable de los crímenes.

Sáez se molestó. El exgobernador era un hombre de muchas habilidades y tenía una respuesta para todo.

— Su hija hacía su tesis con los Soler y dos de las víctimas. ¿Es posible que Ángela tomara las máscaras de la bóveda y se las haya entregado a Sully?

—¡No lo creo! Ángela no conoce la combinación. Además, tengo entendido que Sully y Ángela se habían distanciado.

—¿Puede decirme por qué?

—No lo sé.

—¿Y qué me dice de su empleada doméstica, Marta Quintero?

—No tengo nada que decir. Mi esposa es la que maneja los asuntos domésticos de la casa. La mayor parte de los empleados, no los conozco. Paso mucho tiempo fuera.

—¿Y de las grabaciones de las cámaras de seguridad desaparecidas? ¿Alguna idea de quién pudo haberlas tomado?

—No lo sé. Solo el jefe de seguridad, Natalia y yo tenemos acceso a esa sala. Supongo que alguien más consiguió la llave y entró a robarlas. La verdad es que no tengo idea, solo puedo especular.



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En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 18.01.2026

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