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IMPUTACIÓN DE LOS HECHOS
A las diez y quince de la mañana, desafiando las órdenes del inspector Soto, Camila Sáez se presentó en la Fiscalía para la audiencia de imputación de los hechos de los hermanos Soler, para escuchar de primera mano los supuestos hechos delictivos que les imputarían. Maximiliano, había llegado más temprano y le había reservado un asiento en la banqueta de la primera fila.
—¿Cuál crees que sea la postura del juez de control? —le preguntó Camila, mientras se abanicaba con la mano porque el calor era intenso. Se le notaba la preocupación en el rostro.
—¡Tranquilízate! ¡Ya pronto lo sabremos!
La sala bullía de actividad: abogados ávidos de jurisprudencia, periodistas en busca de la noticia y simples curiosos que buscaban satisfacer su morbo. Vicente Soler sería el primer en ser imputado; su hermano lo seguiría. Vicente, impasible bajo la mirada vigilante de los policías, observaba la escena. A su lado, el meticuloso abogado Alejandro Moreno organizaba sus documentos. Al divisar a Camila, la saludó con un leve movimiento de cabeza. En el bando opuesto, el fiscal Bernal Cedeño, esperaba con impaciencia el inicio de la sesión. Cedeño era un jurista respetado y admirado por Sáez, con quien esperaba poder trabajar pronto. Lamentaba, no obstante, que el fiscal estuviera en el bando contrario.
Cinco minutos antes de que saliera el juez, llegó la madre de los Soler, ubicándose en una de las banquetas de atrás. Cuando el juez de control subió al estrado, la sala estaba tan llena y bulliciosa como una feria de pueblo. El juez leyó los cargos imputados: homicidio agravado, secuestro y profanación de cadáver. Seguidamente, el fiscal Bernal presentó su ponencia. El abogado Alejandro Moreno escuchó las acusaciones y presentó la versión de los hechos de Vicente Soler. Al finalizar la audiencia, el juez de control decidió que existían elementos suficientes para mantener la imputación. Irían a juicio.
A las dos del a tarde, se realizó la audiencia de Miguel Soler, prácticamente una repetición de la de su hermano. Por fortuna, Moreno logró que los hermanos salieran con una fianza, sin medidas cautelares, porque no había riesgo de fuga.
Camila, Maximiliano y la señora Soler salieron del tribunal al finalizar las audiencias. Esperaban, sobre el pequeño jardín, que separaba la entrada de la fiscalía de la acera, a que salieran los jóvenes. El bochorno de la tarde era sofocante, y el aire, cargado de polvo, hacía que respirar fuera una tarea difícil. Alina Soler, con el rostro marcado por la preocupación, mordisqueaba nerviosamente una uña. Sus ojos se clavaban en la puerta principal, como si con la fuerza de su mirada pudiera acelerar el paso del tiempo.
—Otro día más de esto y me vuelvo loco —murmuró Maximiliano, sin levantar la vista.
Camila suspiró.
—Lo sé, pero tenemos que ser pacientes.
La puerta de la fiscalía se abrió de golpe. Vicente y Miguel salieron juntos con su abogado, caminando con paso lento y cabizbajos, custodiados por dos guardias. Alina se abalanzó sobre ellos, inmersa en un mar de llanto y abrazos que contrastaba con la rigidez de los guardias.
Camila, Maximiliano y Alejandro observaron la escena en silencio.
—No puedo creer que estén libres —dijo Camila.
Maximiliano asintió con la cabeza.
—Yo tampoco. Pero la justicia es lenta, y a veces, injusta.
No obstante, el abogado Alejandro Moreno les advirtió:
—Esto no es el final del proceso. Deben prepararse para el juicio.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos rojizos y anaranjados. Alina y los jóvenes se despidieron con un abrazo, se fueron caminando hacia la parada del autobús. La detective y los abogados se quedaron parados sobre la acera, mirándolos mientras se marchaban. Sáez acotó:
—Son gente humilde. No tienen ni idea de lo que les espera —dijo con preocupación.
—Para eso tienen a su abogado —dijo Maximiliano, palmeándole la espalda a Moreno.
—No dudo de tu pericia como abogado, Alejandro —acotó la detective—. Pero nos enfrentamos a un monstruo. Decker es muy influyente y tiene gente poderosa a sus espaldas. Los Soler creen en el sistema de justicia y están seguros de que la verdad prevalecerá. Y bien sabemos, que eso no es siempre cierto.
El abogado Moreno enfatizó:
—La evidencia es débil. No hay forma de que puedan ganar el caso. Nos espera una larga jornada, Maximiliano. Te espero mañana en el bufete —y despidiéndose también de la detective, se enrumbó hacia el estacionamiento.
Maximiliano volteó a mirar a la detective que se había quedado rezagada, a sus espaldas.
—¿Cómo estás tomando lo de Mary? ¿Estás bien?
—Fue un hecho lamentable, pero así es la ida. Y sí, estoy bien.
—¿Algún avance en la investigación?
—¿Con Martínez a la cabeza? No lo creo.
—¿Tienes algún sospechoso en mente? ¿Delarrúa, tal vez?
Camila negó.
—Cuando estuve en su residencia me afirmó que él no asesinaba mujeres y yo le creo. Alguien más quiere verme muerta y sospecho que tiene que ver con el caso de las máscaras.