La Máscara De Ixchel

17. La Propuesta

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LA PROPUESTA

Sáez no pretendía llegar tarde a los tribunales, pero una serie de contratiempos la retrasaron: la convocaron para una reunión no agendada en la oficina del Comisario, perdió las llaves del auto, las encontró, el ascensor estaba en mantenimiento, llovió y su vehículo no encendió, y conseguir un taxi a una hora pico en Caracas fue una tarea titánica. Llegó cuando el ujier gritaba:

—¡Atención! El Tribunal entra en sesión. Preside su Señoría, el honorable Juez Edgar Blas.

La detective, cuyos zapatos estaban enchumbados por haber pisado un charco en plena avenida, esperó a que todos tomaran asiento y, luego, se ubicó en una banqueta a un lado de la puerta, con una buena vista del estrado.

El juez, un hombre de rostro severo y mirada penetrante, ingresó a la sala por la puerta de los magistrados. Detrás de él, el secretario portaba una pila de documentos que resonaron al posarse sobre el estrado. El jurado, un panel diverso compuesto por hombres y mujeres de distintas edades, ocupó sus asientos. Al fondo de la sala, el fiscal Bernal Cedeño intercambió una última mirada con su asistente. Enfrente, el abogado defensor, Alejandro Moreno esbozó una sonrisa tranquilizadora, Maximiliano y Vicente Soler estaban a su lado.

El juez se acomodó en su asiento y golpeó con fuerza el martillo. La sala quedó en silencio.

—¡Levántense! —ordenó con voz firme.

Todos los presentes se pusieron de pie.

—¡Queden sentados! —continuó, su voz volviendo a ser suave—. Procederemos a la lectura de los cargos en el caso del Estado contra Vicente Soler.

Alina Soler estaba en el banco de la primera fila. Vestía un vestido en tonos pasteles y llevaba recogido el cabello en lo alto de la nuca. Parecía haber envejecido cincuenta años desde la audiencia de imputación. Se mordía las uñas y tamborileaba a ratos los dedos para aliviar la tensión.

La sesión comenzó con el fiscal Bernal Cedeño dirigiéndose al jurado. Hizo una desagradable exposición, muy parecida a la realizada en la imputación de los cargos. Luego, el abogado Alejandro Moreno hizo la suya y llegó el turno de la fiscalía para presentar sus testigos.

Bernal llamó a tres personas a testificar: una compañera de Sully, un ayudante de mantenimiento y una profesora de Educación Artística de la universidad. Los testimonios fueron una sarta de mentiras, tan poco interesantes, que el público comenzó a dar señales de aburrimiento. Algunos miembros del jurado cabecearon, por lo que el juez consideró oportuno dar por terminada la sesión. La próxima se haría a la mañana siguiente, a las once de la mañana.

Sáez permaneció en las afueras de los tribunales, esperando a los abogados. Cuando salieron, Alejandro lucía tranquilo, pero Maximiliano se aflojaba la corbata como si esta lo estuviera sofocando. Se acercó a ella en dos zancadas.

—¡Te juro que siento que me ahogo! —luego, arremangándose las mangas hasta los codos— ¡Cómo me gustaría estar en este momento en cualquier selva del planeta!

—Te felicito, estuviste muy bien, Maximiliano —dijo la detective, apreciativa— De verdad que me sorprendiste.

—¿En serio? No sé por qué. Todo lo que hice fue pasarle los documentos a Alejandro.

—Lo de él son las tumbas y las selvas! —refirió Alejandro, lanzando una sonora carcajada.

—¿Cómo ves el proceso? –le preguntó la detective a Moreno, con curiosidad.

Este lanzó un suspiro y respondió:

—Hasta el momento, va bien. Pero Bernal es un zorro viejo, sabe cómo y cuándo presentar a sus testigos para crear un mayor efecto dramático y asegurarse la empatía de los miembros del jurado. Mañana todavía faltan por interrogar testigos de la fiscalía. Con eso y todo, no tiene pruebas sólidas que condenen a Vicente. Soy optimista con el veredicto.

—¿Qué hay de nuestros testigos? ¿A quiénes tienes? –preguntó Camila mientras caminaban hacia la avenida en busca del estacionamiento.

—Tengo a dos profesores y algunos estudiantes de la facultad de Literatura, pero no he podido contactar al profesor Balluch. Está de viaje y la secretaria no quiso decirme cuando regresaba.

El abogado Montero se despidió y Camila quedó a solas con Maximiliano.

—No puedo venir a todas las sesiones —le dijo Sáez—. Todavía trabajo en la obtención de evidencias para inculpar a Decker. Además, Soto ya dio por cerrado el caso, pero yo sigo trabajando por mi cuenta.

—No te preocupes. Te mantendré informado de todo cuanto pase.

Aquella noche, Camila Sáez tenía mucho en qué pensar. Los acontecimientos se estaban desarrollando demasiado rápido y pronto el juez daría su veredicto. Alimentó a Simón con un buen tarro de alpiste y, después, se dirigió a la cocina, buscando algo para cenar. Abrió la nevera y agarró una panqueca fría, una cerveza y fue a sentarse en el sofá, donde cruzó las piernas y devoró la panqueca en dos mordiscos. Un tintineo del celular le notificó que había recibido un correo. Con renuencia, caminó hasta la mesa en donde reposaba el bolso y sacó su celular. Las llamadas a la medianoche representaban siempre problemas por resolver.

Era Delarrúa, invitándola a cenar en “La Cima”. Luego del incidente de los arreglos florales y el agente Suarez había pensado en contestarle al capo, de manera no muy complaciente, que la dejara en paz. Aquel le pareció un buen momento para hacerlo, antes tuvo la precaución de instalar una conexión VPN para saltarse la vigilancia de los de narcóticos. Se tomó su tiempo para redactar su respuesta. Fue breve, tan solo cinco líneas en las que intercaló algunas malas palabras, un par de insultos y amenazas, dejando bien claro que jamás cenaría con él y que la dejara en paz. Después de enviar el correo, no recibió respuesta de vuelta, por lo que intuyó que el mensaje había llegado como correspondía a su destino.



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En el texto hay: detective, novela negra

Editado: 18.01.2026

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