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UN GIRO INESPERADO
Tras abandonar los juzgados, la detective se sumergió en una búsqueda frenética de su vehículo en el caos del estacionamiento. Se sentía más sola que nunca. Una vez al volante, vagó sin rumbo por las calles de la ciudad, huyendo de sí misma tanto como de la Comisaría. Por primera vez, se sentía maniatada, impotente. Decker Soto, el fiscal, todos eran peones en un juego perverso que la superaba. Un golpe seco al volante, que la dejó con un dolor sordo en la mano, expresó su frustración a rabiar. Sin pensarlo dos veces, aceleró hacia la autopista Regional del Centro, como si la velocidad pudiera borrar de su mente la pesadilla que la perseguía.
Su mundo se desmoronaba a su alrededor, dejando al descubierto un abismo de corrupción. La figura del fiscal, otrora símbolo de justicia, se había convertido en una mancha oscura. Un bandido encumbrado, cuyo poder parecía infiltrar cada rincón de las instituciones. Incluso el inspector Soto, en quien había confiado, no era más que un títere en manos de poderosos como Douglas Decker. ¿Hasta dónde llegaba esta red de corrupción? ¿Estaría el Comisario Aranguren, a quien consideraba un hombre íntegro, involucrado en estos turbios asuntos? Esperaba que no. A su regreso de Nueva York, hablaría con él, pero la duda ya había echado raíces en su mente.
Regresó a su apartamento a las ocho y media. Un tiempo muerto en el que los minutos parecían horas. Tiró las llaves del auto sobre la mesa y se acostó en el sofá, acurrucada como un feto. Estuvo largo rato observando a Simón, quien ajeno a sus preocupaciones, se ocupaba de picotear una rebanada de papaya con perseverancia de monje.
La llamada a Maximiliano era inminente, pero Camila dudaba. ¿Estaba preparada para escuchar otro revés? Al final, cedió a la necesidad de saber. La voz de Maximiliano sonó apagada y derrotada.
—La cinta, nuestra única esperanza, fue descartada como evidencia por el juez.
Un escalofrío recorrió la espalda de Sáez. ¿Estaban todos involucrados? El juez, el fiscal, incluso el jurado... La sensación de estar atrapada en una telaraña se intensificó.
—¡No podemos rendirnos! —le dijo a Maximiliano, aunque su voz interior sonaba débil y vacilante.
—Ya no hay tiempo, Camila. No tenemos más testigos y mañana el juez dictará su veredicto.
Camila se encerró en su habitación, se sentía atrapada en una encrucijada moral. Daba vueltas en la cama, pero los demonios en su mente no cesaban. La última jugada, el último as bajo la manga, representaría un antes y un después en su inmaculada carrera como detective El reloj corría en su contra y la única persona que podía ayudarla era alguien a quien odiaba. La idea de pedirle un favor a Delarrúa la revolvía por dentro. Pero la imagen de Vicente Soler, inocente y condenado, la obligaba a actuar. Con un nudo en la garganta, se levantó de la cama y se dirigió a su ordenador. Sus dedos temblaban mientras tecleaba el mensaje. Era una decisión que marcaría su vida para siempre. Le envió un mensaje:
“Mañana es el último día del juicio de Vicente Soler. Todos se han confabulado para inculparlo. Dijiste que podías ayudarme. Encontrar al culpable es la única forma que tengo de salvarlo. Necesito tu ayuda.”
Esperó unos minutos por si obtenía respuesta, pero fue en vano. Luego se percató de que eran las dos de la mañana y se fue a dormir. Esta vez se tomó un somnífero.
El juzgado estaba a rebosar. La detective tenía claro lo que iba a hacer. Pete Rondón estaba parado cerca de la puerta de entrada como un buitre acechando carroña. Corresponsales de otros periódicos habían tomado los puestos de la última hilera de los bancos donde se sentaba el público, esperando a que se iniciara el juicio. Con un gesto furtivo, Sáez se acercó a Rondón.
—¿Te interesa una exclusiva? —le susurró, como si estuviera revelando un secreto de Estado.
El periodista asintió de inmediato, sus ojos brillando de anticipación.
—Lo espero en la cafetería “Dulce Aroma” que está bajando a dos cuadras del tribunal.
Camila abandonó el recinto, bajó las escaleras y se enrumbó hacia la calle. Rondón esperó cinco minutos e hizo lo mismo. Al llegar, se encontró con que la detective se hallaba sentada en una mesa en el interior del local, apartada de la mirada de los curiosos. Había pedido dos cafés.
—¡Así que le interesa la noticia! —recalcó Camila, mientras abría una bolsa de azúcar y se la echaba al café. Revolvió con un palillo y bebió un sorbo, mirando al periodista con fijeza.
El otro asintió. Soltó su block de notas, colocó la cámara a un lado de la mesa y tomó asiento, intrigado.
—¿Promete que va a mantener la confiabilidad de la fuente? —inquirió Sáez en forma sarcástica, acercándole la otra taza de café.
—¡Absolutamente! —sonrió— Aunque debo confesar que la situación me es extraña. La última vez que nos vimos, usted se marchó con cara de pocos amigos.
—La última vez que nos vimos usted se comportaba como un cretino, pero dejemos nuestras diferencias de lado. Como dicen por ahí: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Lo que me trae aquí es mi deseo de hacer justicia para Vicente Soler. Es inocente y Douglas Decker está montando todo un espectáculo para inculparlo.
Rondón frunció el ceño.