Desperté a punta de las diez de la noche, me di un merecido baño y me vestí con un pantalón negro y una playera del mismo color, me puse mi chaqueta de cuero, con manchas de tierra y sangre que por más que la lavé no se quitaron. Di un último vistazo a mi guardarropa, me estaba quedando sin ropa y eso era un gran problema, levantaría sospechas en mi madre. Trabajar no era una opción, no me daba el tiempo para hacer más, tenía que buscar una solución.
Para la una de la madrugada rondaba en las oscuras por la zona centro, atento a todo ruido y movimiento. Ni siquiera una ciudad tan pequeña como lo era la mía se salvaba de las manos de la delincuencia. Recordaba mi primera vez evitando un secuestro. Una mujer salió de trabajar a altas horas de la madrugada, de regreso a su hogar una camioneta se le acercó y un par de hombres bajaron del vehículo e intentaron llevársela, para suerte de ella, yo estaba ahí.
Sin que ellos se percataran aparecí por el otro lado de la calle y me abalancé contra la puerta del piloto, volví mi cuerpo de metal y arranqué la puerta usando todas mis fuerzas. Saqué al chofer del interior del vehículo y con un par de golpes lo dejé fuera de combate. Al darme la vuelta recibí un puñetazo en pleno rostro que hizo crujir mi mascara, pero al final lastimó más al secuestrador que a mí.
Me lancé al ataque como todo un inexperto, puse en práctica mis tutoriales de YouTube de defensa personal y, tomando el brazo del hombre, lo arrojé sobre mi espalda e hice que cayera sobre su compañero. Se quejó un rato tratando de recuperar el aire, por suerte no me excedí con la fuerza que usé. Me di la vuelta y rodeé la camioneta buscando al otro sujeto, pero este ya había corrido lejos de mí. Vi a la señora, quien se asustó al verme y gritó por auxilio. Las luces de una casa cercana se encendieron y corrí detrás el secuestrador, sin embargo, no lo alcancé. Desistí de la búsqueda algunas calles adelante, momento en que escuché las sirenas de la policía acercarse, tarde como siempre.
Recuerdo haber visto la expresión de alivio de la mujer y su familia esa noche. Como lloró mientras abrazaba a quien seguramente era su esposo. Di la vuelta y regresé a casa antes de que mi madre despertara para ir a trabajar.
Esa noche estaba dispuesto a hacer lo mismo después de un largo rato dando vueltas sin obtener acción. Emprendí mi regreso a mi casa, al llegar tomé una rápida ducha y dormí un par de horas, pues aún tenía escuela el siguiente día.
La mañana siguiente me levanté temprano, pero no lo suficiente para llegar a tiempo a mi primera clase que empezaba a las siete de la mañana. Salí de casa con todas mis cosas preparadas y corrí hasta la escuela, que en pocas palabras estaba hasta el otro lado de la ciudad, un buen ejercicio para mantenerme en forma.
Tuve que entrar por la parte trasera de la escuela, pues los guardias no me permitirían entrar por llegar empezada la segunda hora de clases, que para mí buena suerte el profesor aún no había llegado y pude deslizarme hasta mi mesa sin interrupciones. Saqué mi cuaderno de apuntes, pues tocaban tutorías y era normal que nos pidiera hacer ensayos de temas generales, con el pretexto de abrir nuestro interés por las cosas que sucedían en el mundo. Sin embargo, era un secreto a voces que lo hacía para tenernos ocupados y poder descansar de la resaca que sus noches en vela tomando le producían.
—¿Dónde estabas, Axel? —Otto se volteó hacia mí con molestia. Perderse clases era un pecado casi imperdonable—. Téllez estaba muy molesto porque no apareciste.
—Me quedé dormido —respondí con una sonrisa que no reflejaba ni un gramo de vergüenza—. Lo siento, es que ayer hubo tanta tarea que se me fue el tiempo, ni siquiera la acabe.
—Tu sarcasmo solo empeora como te ven los profesores.
—Bueno, no le podemos caer bien a todos, ¿no?
—Vamos, Otto, no seas tan duro con el niño —Me defendió Roman tomando mi rostro entre sus manos y mostrándoselo a nuestro amigo. Trate de poner mi mejor cara de niño bueno, pero no conseguimos hacerlo retroceder—. Panzón gruñón, eres muy cuadrado para tu circunferencia.
—¿Qué me dijiste, dientón?
Nunca entendería la relación de esos dos. Siempre estaban peleando, insultándose el uno al otro a un grado insano, pero seguían siendo los mejores amigos de toda la vida. Eran como dos polos opuestos, Otto, el joven más correcto que era el ejemplo de los demás y Roman, una persona con una moral algo cuestionable, conociendo sus límites.
—Estos dos siempre con sus tonterías.
A diferencia de esos dos, Julian era mas tranquilo en actitud, se mantenía muy enfocado en lo suyo. Sacando tiempo para conversar con nosotros y eso me agradaba, pues podía distraerme de las peleas de los otros dos.
En ese momento el profesor entro al salón dando largas zancadas, los compañeros guardaron silencio y corrieron a sus lugares mientras este escribía algo en el pizarrón. Julian sacó un cuadernillo hecho por el mismo. Entonces me preocupé, no sabía si era una tarea que había olvidado o que no apunté por salirme de clases para atender alguna emergencia. Entré en pánico volteando a todos lados, asegurándome que todos tuvieran uno, pero no fue así.
—Tranquilo, Axel —Me dijo al notarme alterado. Se puso en pie y alzó su cuadernillo—. Profesor, ¿puede revisar mi ensayo por favor?
Los demás compañeros lo abuchearon en ese momento, acto que no parecía importarle en lo más mínimo al pobre estudiante de cabello desordenado y anteojos rotos. Era común en el hacer esas cosas. A diferencia de los demás, cuando algo captaba su interés no salía de su cabeza hasta que supiera todo al respecto.