La Máscara Perfecta

Capítulo 10: El Juego de la imputación

Desde la muerte de Sarah, Miller se había convertido en un fantasma, una sombra que se movía entre las sombras de la ciudad, un espectro atormentado por la culpa y la rabia, consumido por una sed de venganza que ardía como un fuego inextinguible. Sabía que Clarens lo estaba manipulando, que estaba jugando con él como un gato con un ratón, pero no se dejaría convertir en un peón en su retorcido juego, en una marioneta sin voluntad.

La policía lo buscaba incansablemente, los medios lo difamaban, convirtiéndolo en un monstruo a los ojos de la ciudad entera. Miller se había convertido en un fugitivo, un paria, un hombre sin nombre, despojado de su identidad y su reputación. Se movía de un refugio a otro, durmiendo en callejones oscuros, comiendo de la basura, sobreviviendo como un animal acorralado, como un fantasma que vagaba sin rumbo por las calles de una ciudad que lo había olvidado. El aislamiento era su condena, una soledad impuesta por un enemigo invisible que controlaba cada uno de sus movimientos.

A pesar de su situación, Miller no se rindió. Continuó su investigación en la clandestinidad, buscando pistas, siguiendo los rastros de Clarens, como un sabueso que persigue a su presa. Se había convertido en un detective clandestino, un fantasma que buscaba la verdad en la oscuridad, un hombre obsesionado con desentrañar el retorcido juego de Clarens. Cada pista era un hilo de esperanza, cada detalle una pieza del rompecabezas que lo acercaba a su némesis.

Su único aliado era el detective retirado, un hombre que creía en su inocencia, que veía en él la sombra de un hombre justo, un eco de la integridad que Miller había perdido. Juntos, revisaban los expedientes, analizaban las pruebas, buscaban un patrón en los crímenes de Clarens, intentando reconstruir el rompecabezas de una mente retorcida. La confianza era un bien escaso en un mundo de sombras, pero Miller había encontrado un faro de luz en la oscuridad.

La obsesión de Miller con Clarens crecía con cada día que pasaba, consumiéndolo por completo. Clarens se había convertido en su némesis, en la personificación de todo lo que odiaba, en el arquitecto de su desgracia. Sabía que tenía que detenerlo, que tenía que poner fin a su juego macabro, aunque eso significara sacrificar su propia vida. La sed de venganza era un fuego que ardía en su interior, alimentado por la culpa y la rabia.

Los recuerdos de Sarah lo atormentaban, su voz, su sonrisa, su mirada llena de vida, como fantasmas que se negaban a desaparecer. Se culpaba por su muerte, por no haberla protegido, por haberla arrastrado a la oscuridad. Prometió vengar su muerte, aunque eso significara sacrificar su propia alma, convertirse en un monstruo como Clarens.

El miedo era su compañero constante, un fantasma que lo seguía a todas partes, un eco de la paranoia que Clarens había sembrado en su mente. Temía perder la cordura, caer en la trampa de Clarens, convertirse en un monstruo como él. Pero la rabia era más fuerte que el miedo, la sed de venganza más intensa que la desesperación. Miller luchaba por mantener su cordura, por no dejarse arrastrar a la oscuridad que lo rodeaba.

Miller se había convertido en un hombre diferente, un hombre endurecido por la pérdida y la persecución, un hombre que había aprendido a sobrevivir en la oscuridad. Ya no era el detective que seguía las reglas, que confiaba en la justicia. Se había convertido en un cazador, un fantasma en la sombra, un hombre dispuesto a todo para detener a Clarens, para poner fin a su reinado de terror.

Miller avanzó entre las sombras del antiguo hospital psiquiátrico abandonado, un laberinto de pasillos oscuros y habitaciones vacías que parecían respirar con vida propia. La humedad impregnaba el aire, y las paredes descascaradas susurraban historias de desesperación. Sus pasos resonaban como ecos lejanos de un tiempo en el que aquel lugar albergaba almas rotas, mentes fragmentadas por la locura.

Pero ahora, Miller no era más que otro espectro atrapado en aquel infierno.

Clarens había tejido una red perfecta, una trampa tan meticulosamente diseñada que Miller apenas podía distinguir la realidad de la alucinación. Todo lo que había sucedido en los últimos meses—las muertes, la persecución, la sombra de la culpa sobre sus hombros—lo habían arrastrado hasta aquí, hasta este punto sin retorno. Clarens lo quería aquí, lo necesitaba aquí, en este escenario macabro donde los límites entre la cordura y la demencia se desdibujaban.

El detective sentía su mente fracturarse poco a poco. La falta de pruebas, la muerte de Sarah, la constante sensación de que la verdad se deslizaba como arena entre sus dedos, lo estaban llevando al borde. Sabía que Clarens lo estaba manipulando, que estaba jugando con él como un titiritero cruel, pero el conocimiento no hacía más fácil resistirse. Era como mirar una telaraña y aun así quedar atrapado en ella.

La trampa se cierra

Un sonido. Un crujido en la oscuridad.

Miller se giró, el arma temblorosa en su mano sudorosa. La oscuridad era demasiado densa, las sombras demasiado vivas. Algo se movía en los pasillos, un susurro, una risa lejana. Su respiración se aceleró. Estaba perdiendo el control. ¿Era Clarens? ¿O solo su propia mente jugándole una mala pasada?

De pronto, una puerta se cerró con un estruendo. Miller giró sobre sus talones, apuntando con el arma, pero no había nadie. Solo el eco de su respiración y su corazón golpeando en su pecho.

"Te tengo..." susurró una voz.

Miller disparó.

El estruendo de la bala se fundió con el silencio del hospital. Y entonces lo vio.

Un cuerpo.

Y sangre.

Demasiada sangre.

Las luces rojas de las sirenas iluminaron la noche. La policía llegó en cuestión de minutos, alertada por los disparos. Miller, de pie en medio de la escena, con las manos manchadas de sangre, parecía la imagen perfecta del culpable. Alrededor de él, fotografías, pruebas, documentos esparcidos en el suelo... todo lo incriminaba.




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