BORRADOR/Novela corta.
CAPÍTULO I:
Virtud.
HAZEL.
¿Quién quiere estar así? No decido sobre mi, no tomo decisiones por mi, soy un títere controlado por personas que se suponen son mi “apoyo”. Pero dime, ¿acaso tengo otra alternativa?
—Gaseosas no.
Constantemente soy monitoreado por mi madre, o por alguna de sus empleadas. No soy un niño, claro que no lo soy, he vivido dos décadas, un poco más de tres, ¿por qué me siguen tratando como mi sobrino de tres años?
El choque de copas indicaba otro brindis, las carcajadas pesaban sobre mis hombros, sentía las miradas, las personas me asfixiaban, era una constante sensación alrededor de mi cuello.
—Nuestro orgullo —gritó uno de mis tíos.
Frente mío mi primo no paraba de mirarme y tirarme sus sonrisas burlonas, incapaz de ocultar la burla y el orgullo que lo sobrepone.
Con un delicado movimiento me liberó de la presión de él y su prometida.
—¡No regreses muy tarde! —escuché a mi mamá gritar sin más.
Doy una mirada rápida a ellos, solo para ver como la mesa ríe mejor sin mi. ¿Qué pasa con ellos?
¿Acaso no son capaces de agradecerme un poco? ¿Tan siquiera por el vino que beben como agua en el desierto?
Mi abrigo me protege un poco del frío, aún así la noche parece más azulada de lo normal, más grisácea por otra parte; todo tan quebrado.
Por mi mente no dejan de pasar las imágenes de ellos dos; mi prometida —o la que era mi prometida—, abrazada de un chico nuevo, justo días después de conocerme.
Que raro, la imagen que le hicieron llegar la emocionó, mi fortuna la hizo brincar he inclusive firmar un matrimonio sin pensarlo. Pero… ¡Qué sorpresa! No se sentía lista para casarse conmigo.
Así tuviera miles, cientos de millones de dólares, prefería esperar a que todo en su vida mejorará. Claro, es una razón válida, pero no tanto cuando se compromete días después, justo con alguien que sí cumple “todo”.
—¡Callate! —escuchó una voz robótica, casi inhumana.
A unos pasos de mi una joven lloraba despechada, sin tiempo para tomar aire, destrozada por la noticia que le llegó.
—¡Por qué me haces esto! ¿Por qué me metiste Yared? —reclamá.
—¡No te amo, jamás lo hice! ¿No entiendes que ella es diferente a ti? No tiene tu odioso cabello tostado, mucho menos tus ojos cansados de tus estupideces.
Ella quiebra aún más, deja la llamada plasmada en el suelo de la calle, su teléfono se la lleva al dejarlo caer con demasiada fuerza, casi haciendo otro hoyo.
Paso a su costado sin intenciones de hablar con ella, los problemas de otros no pueden ser mis problemas, no debo cargar más de lo que ya tengo.
~✬~
Mi mente no deja de vagar en lo cruel que puede llegar a ser la vida. Veo mi plato en comparación a la del resto de la familia. ¡Qué dolor! Toda una vida así y no soy capaz de acostumbrarme, me cuesta mucho adaptarme.
Quisiera que todo esto tan rutinario, se volviera un poco especial, tal vez otro sitio que no sea una mesa aparte de ellos, como un animal peligroso, o alguien infectado de algo incapaz de curar.
Volteó a él, y como siempre, su sonrisa de lado, burlona, arrogante. Lo sabe tan bien.
Mi padre confiaba en mí, lo hizo durante años; el día que falleció, él lo recordó, me contó lo mucho que trató que mi madre no me dejara a la deriva en un orfanato. Era su primer y único hijo después de varios dolores.
La empresa era mía, todo era mío, inclusive el amor de la familia; todo aquello durante tres años. Entonces llegó él, fuerte desde la matriz, capaz desde el primer día, insuperable al día de hoy. Papá siguió insistiendo en que era el mejor.
Lo hizo hasta el día de su muerte, le rogó a mi madre que no me hiciera menos, pero ella solo puso una condición; si para los treinta y dos no lograba casarme, toda la empresa pasaría a manos de mi primo. Él no tuvo problemas, porque desde el preescolar se le veía capaz de todo, mientras que mis estudios y el amor, fueron algo que se me negó por mi propia culpa.
Trague mi amargura convertida en lágrimas; faltaba poco para mis treinta y dos. Y mi madre es capaz de aventarme al río si llego a fallar.
Aunque trató de “ayudarme”, todo fue en vano, las esperanzas desaparecen al ver la fotografía de cuerpo completo.
~✬~
—Qué más da —dije al ver la calle repleta de autos.
Mi padre no estaría orgulloso de mí, pero qué más da estar aquí cuándo la única persona a la que podías llamar familia, ya no está.
Me golpeé mentalmente una, y otra vez, lo hice tantas veces como fueran necesarias; al final obtuve la misma respuesta, hazlo.
—¡Tonto!
El peso de dos costales de arroz me hizo dar vueltas en mi propia silla.
—¡Ah! —grité al sentir el inmenso dolor correr por mis piernas y brazos—. ¡¿Estás demente?!
—Yo no, pero tal parece que tú sí.
Dos enormes estaciones de otoño ardían sobre mí, pesaban tanto que parecen dos mundos separados pero listos para unirse si lo ameritaba.
—¿Qué pensabas? Los autos dejarían de avanzar, tu estarías en medio de ellos, incapaz de moverte antes de que arranquen otra vez, ¿no pensaste que te podrías arrepentir y todo estaría perdido? —Negué.
—¿Podrías quitar tu mano de mi brazo? —dije sin sentir ya mi brazo.
No tardó en levantarse, darme una mano fue su otra manera de casi golpearme por lo “tonto”. No tardé en estar de nuevo sentado sobre mí silla, y ella no lo pensó para darle la vuelta y alejarme lo más que pudo de la calle.
—¿Por qué? —pregunté. Ella me dió una mirada confundida—. ¿Por qué lo hiciste si no me conoces?
—Todos somos humanos, tenemos los mismos sentimientos, tal vez no de la misma manera, pero llegamos a comprenderlo… Claro que te conozco —recordó—, te vi ayer, justo pasaste frente a mi y mi llanto calmó. Lo hizo por ese perfume tan dulce que parecía mío.