La Melodía de tu Pulso (borrador)

5

Stefany

🩰

El sonido más irritante del mundo es el pitido rítmico y constante de un monitor cardíaco.

Abro los ojos muy despacio, pero la luz blanca del hospital me apuñala las retinas, obligándome a cerrarlos de nuevo con un gemido sordo. El cuerpo me pesa como si me hubieran pasado un camión por encima; cada músculo duele, pero el tormento principal se concentra en mi pierna derecha, donde siento un bulto de vendas y una punzada tan agria que me corta la respiración.

—¿Stefany? ¡Hija, por fin despiertas! —la voz de Renata se quiebra a mi lado.

Siento una mano intentando acariciar la mía, pero el recuerdo del coche, de su voz gritándome inútil, de mi propia rabia ciega acelerando a fondo... todo regresa de golpe como una ola helada. Con un esfuerzo sobrehumano, aparto mi mano de su alcance y giro la cabeza hacia el lado contrario, respirando con dificultad.

—Vete —mi voz sale hecha un hilo de frustración y odio—. No quiero verte, Renata. Lárgate.

—Pero Stefany, el doctor dijo... —insiste ella, con los ojos anegados en lágrimas que no me conueven en lo absoluto.

—¡Que te largues! —grito con lo poco que me queda de fuerza, sintiendo que las lágrimas se desbordan por mis mejillas.

Justo en ese momento, la puerta se abre con suavidad y entra un hombre alto, de bata blanca, cabello oscuro perfectamente peinado y una mirada analítica pero cálida. El gafete en su pecho indica su nombre: Dr. Julián. Su presencia autoritaria pero serena hace que Renata guarde silencio al instante.

—Señora, por favor, le sugiero que la deje descansar a solas unos minutos. La paciente necesita tranquilidad —indica Julián con voz firme pero calmada.

Renata me mira con culpa, duda un segundo, y finalmente sale de la habitación cabizbaja.

El doctor Julián se acerca a la camilla, revisa la tableta con el historial médico y luego ajusta las sábanas con cuidado, examinando mis constantes vitales. Me quedo observándolo en silencio, con el pecho subiendo y bajando de forma agitada.

—Así que tú eres la famosa Stefany O'Connor —dice él al fin, levantando la vista para encontrarse con mis ojos—. Llegaste anoche directo a urgencias tras un impacto bastante fuerte contra un muro de contención. ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera atropellado un tren, doctor —respondo con amargura, apretando los dientes—. ¿Cuándo me van a dar de alta? Tengo que regresar a la facultad... este sábado es el evento de gala de ballet y...

Las palabras se me mueren en la boca al ver la expresión en el rostro de Julián. Su semblante amable se vuelve de piedra, adoptando esa rigidez profesional que anuncia lo peor.

—Stefany, necesito que me escuches con mucha atención —comienza diciendo, apoyando las manos a los lados de la camilla y bajando la voz—. Hicimos las radiografías y una resonancia magnética esta mañana. El impacto provocó una fractura severa en el tobillo y múltiples desgarros e inserciones comprometidas en los ligamentos.

Siento que el aire desaparece de la habitación.

—No... no, yo tengo que bailar el sábado, el instructor me matará si... —comienzo a negar con la cabeza, con el pánico brotando por mis poros.

—No vas a bailar el sábado, Stefany — sentencia Julián con dolorosa franqueza—. Ni este sábado, ni en los próximos meses. El daño en tu articulación es grave. Requerirás cirugía correctiva y, después de eso, un proceso de rehabilitación largo y sumamente riguroso. Con mucha suerte y paciencia, volver a pisar las puntas o bailar al nivel que lo hacías es un escenario muy lejano. Lo siento de verdad.

El mundo se detiene. El eco de sus palabras golpea mi pecho más duro que el mismo choque contra el muro. Mi futuro, mis años de esfuerzo, el ballet... todo destruido en una fracción de segundos por un arrebato estúpido. Un sollozo desesperado se escapa de mi garganta y entierro la cara en las manos, temblando de impotencia.

Julián se mueve con rapidez al verme al borde del colapso.

—Tranquila, respira hondo. Sé que es un golpe devastador, pero estoy aquí para ayudarte en el proceso de recuperación —murmura, acercándose para revisar mis signos vitales y auscultar mi pecho ante la taquicardia.

Para hacerlo con mayor precisión, desliza ligeramente la bata del hospital y abre los botones superiores de mi pijama. Mis movimientos de defensa son torpes debido al dolor, pero me detengo de golpe cuando noto que su mano se detiene en seco.

Los dedos del doctor Julián rozan suavemente la parte baja de mi vientre, sobre una larga, fina y extraña cicatriz que cruza mi piel de lado a lado, una marca profunda que casi nadie ha visto jamás. Siento cómo su mirada se desvía del estetoscopio a esa zona específica de mi cuerpo.

—¿Y esto? —pregunta Julián en un susurro bajo, cargado de genuina intriga profesional y personal, deteniendo el examen por un momento mientras sus ojos se clavan en los míos buscando una respuesta.

Me pongo rígida al instante. El calor me sube de golpe a las mejillas, y un instinto de defensa feroz me hace apartar su mano con un manotazo torpe mientras me cubro de inmediato con la sábana.

—No es nada... concéntrate en mi pierna, que para eso eres el médico —espeto con voz cortante, esquivando su mirada con furia, decidida a guardarme ese secreto cueste lo que cueste.

Julián se endereza lentamente, sin dejar de observarme con una mezcla de desconcierto y curiosidad en los ojos, pero decide no presionar más... por ahora.




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