La memoria indeleble

Capítulo 29. Caso cerrado.

Dos días más tarde y aún recuperándonos del susto que habíamos pasado, nos encontrábamos reunidos todos juntos en casa de Beatriz y de don Anibal. Incluso Gallardo y Gálvez se encontraban allí. ¿Qué hacíamos? Celebrar que aún seguíamos vivos, que no era poco.
Beatriz no se separaba de mí ni un momento. Me había convertido en su héroe y ella en mi enfermera, la que había curado mis heridas con paciencia y dedicación. Ella llenaba mi vida y yo rumiaba en silencio mi indecisión de pedirle a don Anibal la mano de su hija sin atreverme a hacerlo.
Mi padre, feliz por haber vuelto a retomar su antigua profesión, escribía sin descanso, tratando de recuperar el tiempo perdido y mi patrón, don Anibal, pensando en su jubilación y buscando a quien entregar el testigo, su libreria encantada y confiando en mí para que le relevase en su labor, cosa que aún estaba pensándome.
La mesa del salón comedor rebosaba de dulces y de botellas de cava que don Anibal se había encargado de comprar.
Gallardo traía muy buenas noticias que, después de su fracaso como guardaespaldas, estaba encantado de poder proporcionárnoslas.
—La policía hizo un buen trabajo cuando llegó a la casa de Jaime Ramos. Lo encontraron allí, indefenso y rabioso después de que todos los hombres que había contratado lo abandonasen a su suerte. Está detenido y acusado de secuestro e intento de asesinato. También nos hemos encargado de poner una orden de búsqueda y captura para Carlos Sanabria que también desapareció sin dejar rastro.
—Creí haberlo matado —dije, convencido de que así fue.
—Tan solo lo heriste, Diego —dijo Gallardo —. Como la cucaracha que es, es muy difícil acabar con su vida. Aunque no creo que vuelva a molestarnos. Tratará de huir del país y acabaremos atrapándolo.
—¿Y de Estrella Durán qué se sabe? —Preguntó mi padre.
—Nuestra "amiga" está en paradero desconocido y ya la conoces, tiene muchos recursos y contactos para huir sin dejar rastro. No creo que nunca logremos encontrarla.
—Mejor así —dijo don Anibal.
—Esa mujer es mucho más peligrosa de lo que podéis imaginar —dijo mi padre —. Fue ella quien mató a Clara y presumiblemente quien mató también a Julián pues él nunca se hubiera fiado de alguien a quien no conocía. Mientras esté libre, ninguno de nosotros estará a salvo, os lo puedo asegurar.
—Me encargaré de dar su descripción en aduanas y aeropuertos —dijo Braulio Gallardo —. Pondré a toda la policía tras su pista. Yo pienso igual que tú, Rodrigo. Hasta que no esté entre rejas nadie podrá respirar tranquilo.
—Ahora vamos a brindar por el héroe que nos salvó a todos —dijo mi padre alzando su copa de cava —. Por Diego, mi hijo.
Todos alzaron sus copas y brindaron por mí, mientras sonreían y me agasajaban. A mí la única sonrisa que me interesaba era la de Beatriz. ¿Era un héroe? No lo sé. Lo que sí sabía era que la desesperación y el miedo a veces pueden transformar a alguien en un asesino, porque cuando me enfrenté con Carlos Sanabria, cuando le disparé, tan solo deseaba su muerte. 

                                                                               ☆☆☆

 

Tres meses transcurrieron hasta que recibimos noticias de Braulio Gallardo. Unas noticias que no nos dejaron indiferentes. La primera hacía referencia a mi abuelo, don Jaime Ramos. Un hombre importante, de peso, cuyo nombre era bien conocido por los medios de comunicación. Un hombre que no le temía a su destino, porque su dinero y su poder podían comprar jueces, amañar pruebas en su contra y silenciar a quien deseará sin que nadie pudiera dudar de su honradez. Y así ocurrió cuando se celebró el juicio que suponíamos le inculparía  de todos los crímenes por los que estaba acusado y que finalmente le declaró inocente de todos los cargos. Su defensa se centró en la avanzada edad de su cliente y en una razonable demencia senil para justificar los delitos que la acusación presentaba en su contra. La sentencia, favorable, lo dejaba en libertad aunque recomendaba que el acusado fuera internado en un centro donde pudiera recibir los cuidados que un enfermo como él pudiera necesitar.
Una vez más, pensé, la justicia; esa dama cuyos ojos vendados sugieren imparcialidad, debería quitarse la venda para, de vez en cuando poder apreciar lo que sucedía a su alrededor.
El mal siempre salía vencedor, ¿no es así? 
En este caso sucedió todo lo contrario. Mi anciano abuelo no pudo disfrutar de su recién recobrada libertad, porque antes de salir de los juzgados de plaza de Castilla donde se había celebrado su juicio, un desconocido atentó contra su vida, logrando, está vez sí, que la justicia triunfase.
Alguien se acercó hasta mi abuelo cuando una multitud de periodistas le rodeaban a la salida de los juzgados y disparó contra él. Los médicos que le atendieron solo pudieron certificar su muerte. El disparo, realizado desde muy corta distancia había abierto un boquete en su pecho, justo sobre su corazón si es que alguna vez Jaime Ramos tuvo un corazón, cosa que dudaba.
El asesino se dio a la fuga amparándose en la multitud y la policía, según Gallardo, no tenía idea de quien podía ser.
Pero eso no fue todo, porque dos días más tarde del asesinato de Jaime Ramos, apareció el cuerpo sin vida de doña Estrella Durán, muerta de un disparo en la cabeza y en el jardín de su casa de la calle Infantas, donde se suponía que ella se ocultaba de la policía. 
Gallardo nos explicó que tal cosa era imposible pues la policía había registrado su casa en dos ocasiones y la habían encontrado vacía. 
¿Volvió Estrella Durán a su casa por algún motivo? ¿Conocía el asesino que ella se escondía allí? ¿O por el contrario, fue ese mismo asesino quien trasladó su cuerpo a aquella casa después de haber acabado con su vida? Como en el caso de mi abuelo, la policía no tenía idea.
Pero Gallardo sí que tenía varios sospechosos.
¿Quién tenía mayores motivos para acabar con la vida de esas personas sino nosotros? Dijo: Don Anibal, cuya hija y el mismo habían sido secuestrados y estuvieron a punto de morir. Mi padre; Rodrigo Peralta, cuya esposa fue asesinada y cuya vida estuvo en peligro tantas veces y yo. Gallardo me confió que yo era, desde que supo que apreté el gatillo para salvar mi vida y la de Beatriz cuando me enfrenté a Carlos Sanabria, su sospechoso preferido.
—Podrías parecer el personaje más indefenso de esta historia —me dijo Gallardo —. Aquel al que han atemorizado, espiado, mentido, confundido e incluso intentado asesinar y sin duda el que más motivos tendría para cometer estos crímenes y del que menos sospecharían todos. Sin duda el asesino perfecto.
Le miré con una sonrisa burlona en el rostro.
—¿Y por qué no habría de ser el actual director general de la policía el asesino? Conocía a ambas víctimas y también a los demás sospechosos. Su cargo le mantendría a salvo de sospechas porque, al ser un policía, o sea, uno de los buenos, jamás podría verse implicado en un asesinato, ¿no es así?
—Sin duda podría serlo —reconoció Gallardo —, pero entonces me tendría que detener a mí mismo, ¿no crees?
Asentí.
—Y Carlos Sanabria —dije —. También pudo ser él, ¿no?
—Es otro de mis sospechosos favoritos. Al morir Jaime Ramos y Estrella Durán, no quedaría nadie que pudiera hablar en contra suya. Nadie que pudiera acusarlo de los crímenes que es bien seguro que ha cometido. Quizás cuando le atrapemos sepamos la verdad. Eso si llega con vida a comisaría. Un policía que se vende por dinero es una mancha negra en cualquier departamento y él sabe que tendrá que escapar a sangre y fuego si quiere sobrevivir. Nunca le cogeremos con vida.
—¿Entonces qué va a suceder ahora? —Pregunté.
—Seguiremos investigando estos crímenes, porque la justicia así lo pide, aunque yo creo que la auténtica justicia ya ha actuado y no creo que vuelva a haber ningún crimen más, ¿no lo crees tú así?
Estuve de acuerdo con él y así se lo hice saber. 
—Estoy seguro de que no habrá más crímenes, porque los culpables ya han pagado —dije.
Braulio Gallardo asintió.
—Por cierto, me gustaría hacerte una última pregunta, Diego. ¿Recuerdas el arma de Carlos Sanabria? ¿El arma con la que le disparaste?
Dije que sí, que no podría olvidarla fácilmente.
—¿Qué ocurre con ella?
—Parece ser que no ha aparecido. Nadie encontró ese arma cuando procedimos a registrar el domicilio de tu abuelo. ¿Sabes tú qué pudo ser de ella?
Contesté que no. Después de disparar a Carlos Sanabria con ella, dije, fue mi padre quien la tomó de mis manos usándola para desarmar a los secuaces de mi abuelo. Más tarde vi como mi padre se deshacía de ella arrojándola a un rincón del salón. Nunca más volví a verla.
—Estás seguro de ello. 
—Sí —dije.
—El arma era una Astra de 9 milímetros, exactamente el mismo tipo de arma que se usó en los asesinatos de Jaime Ramos y Estrella Durán. ¿Casualidad?
—No soy de los que creen en las casualidades —reconocí.
—Yo tampoco —contestó Braulio Gallardo.




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