Cuando volvió a mirar hacia atrás, no los vio.
Se detuvo por un momento, aguardó, con las manos hundidas en la nieve, y luego siguió adelante. La varilla había caído al vacío, golpeando, unas cien veces, contra la ladera, y el viento le había arrancado la boina de lana.
Estaba en la región más escarpada de la montaña. Ya no podía caminar ni gatear. Tenía que escalar. Cameron le había dicho que le avise si descubría alguna cueva u hondonada donde pudieran refugiarse hasta que el viento aminore, pero no veía nada, sólo nieve y copos de nieve que las ráfagas desprendían de las rocas y arrojaban hacia cualquier lado.
Tenía ganas de fumar. El frío siempre le provocaba ganas de fumar, pero no estaba en el comedor de su casa, ni en la biblioteca del depósito militar donde solía aprovechar la ausencia de Rainer para encender algún cigarrillo.
No estaba tampoco en la azotea del balneario donde los soldados tenían a veces permitido vacacionar. Estaba en la montaña más alta y gélida de Asia, a menos de un kilómetro de la cima, sostenido aún por una misteriosa fuerza que desde algún rincón de su sistema nervioso seguía fluyendo, inagotable. Y también por el Sero 2, el refuerzo inmunológico. Sin él tampoco hubiera llegado hasta allí.
Un poco más. Subió un poco más y volvió a hundir sus manos en la nieve. No encontró nada, y repitió el procedimiento varias veces, sin obtener ningún resultado, pero casi sin darse cuenta llegó a la cima. Divisó las primeras tiendas de campaña, negras, elementales. El helicóptero junto al montículo de bolsos, las enormes cajas selladas. Buscó a Rainer con una mirada exahustiva y casi desesperada, y no lo encontró.
No estaba. No había nadie allí. Pero entonces vio salir a alguien de una de las tiendas, una persona quizá no muy importante, no tan temible como Rainer. Era Bristol, el encargado de la enfermería, quien le hizo una seña y lo acompañó luego al interior de una de la tiendas.
- ¿Encontraron algo? - le preguntó.
- Nada - respondió Kent-. A Cameron y a los demás los perdí de vista. Ya deberían estar aquí, estaban a sólo unos 20 metros detrás de mí.
- ¿Y por qué se adelantó? - preguntó Bristol- ¿Por qué no llegaron todos juntos?
- Shep tuvo un inconveniente con una de sus botas - dijo Kent -. Los otros lo sujetaron para ayudarlo a avanzar en la nieve y Cameron me dijo que yo siga con la exploración, que me alcanzarían. Pero no volví a verlos.
- Está bien - dijo Bristol -. Quédese acá. Rainer vendrá en un momento y pasaremos a la segunda fase del operativo.
Kent se sentó en un rincón, y a medida que pasaba el tiempo crecía en él la impresión de que algo había salido mal, muy mal, además del incidente en la estación espacial, además de la esterilidad de la búsqueda que acababa de abandonar. Y cuando Rainer ingresó a la tienda, cubierto de nieve y con el rostro aterido, con su sola mirada confirmó ese presentimiento nefasto que se estaba gestando en el corazón de Kent.
- No hemos podido establecer contacto con Cameron y los otros - dijo-. En el radar de la oficina central tampoco vemos ninguna señal de ellos.
- ¿Se extraviaron? - preguntó Kent.
- No lo creo - dijo Rainer-, ojalá fuera sólo eso. Bristol me dijo que usted los vio por última vez en una región que no está muy lejos de la cima. ¿Por qué se desorientarían faltando tan poco para llegar? ¿Por qué adoptarían otra dirección?
- Tal vez para escapar de algo - opinó Kent, casi sin pensar en lo que decía.
- Eso sí es probable - dijo Rainer-. Pero aun así, si lograron escapar, sea de lo que hayan tratado de huir, no deberían estar tan lejos y ya los habríamos localizado. Por lo que es probable que hayan caído por la ladera, o que hayan sido traslados a otro lugar, contra su voluntad, por supuesto. Como sea, no podemos irnos sin saber qué les ocurrió. Ya he informado de esto al Departamento.
Kent no dijo nada más. El ruido de los dos helicópteros que descendían en el campamento desbarató ese incómodo silencio que se había alzado entre Kent y Rainer. Salieron de la carpa y un hombre alto, vestido con un uniforme gris y varios accesorios que lo protegían de esas terribles condiciones climáticas, se acercó inmediatamente a ellos. Se presentó diciendo que era el profesor Brass, y Rainer lo condujo a otro sector del campamento, más amplio que las carpas. Kent los siguió, y también lo hicieron los otros hombres que habían descendido de los helicópteros.
- Me alegra saber que al menos ustedes están bien- dijo Brass-. Pero la situación podría ser más grave de lo que pensábamos. Trataré de ser breve. Ustedes ya saben que una de nuestras estaciones espaciales estaba a punto de ser atacada la semana pasada, por lo que un vehículo del ejército decidió trasladar al droide de vigilancia desde esa estación hasta un lugar más seguro. No sé si sabían que ese droide es la más perfecta invención bélica que haya logrado la humanidad, el Neuron H -10, cuya misión, hasta ese momento, consistía en vigilar y defender nuestra estación principal. Las autoridades consideraron que no valía la pena arriesgar una maquinaria tan costosa si podía ser reubicada. Lamentablemente, el vehículo que lo trasladaba hacia la otra estación también fue atacado, y el droide logró ser expulsado antes de que aquél explote. Según los recursos satelitales del gobierno, cayó a la Tierra, exactamente en la región que ahora estamos pisando, por lo que ustedes han sido enviados aquí para encontrarlo. ¿Cierto? Sería terrible que una maquinaria semejante caiga en las manos de cualquier grupo de mercenarios o de terroristas, pero también sería terrible que en estos momentos se esté escondiendo de ustedes, y que por eso no hayan conseguido localizarla.
- ¿Y por qué se estaría escondiendo de nosotros? - preguntó Kent.
- Mire - dijo Brass-. Le repito, se trata de una invención casi perfecta, una estructura resistente a casi cualquier tipo de agresión, pero una caída desde esa altura tuvo que haber causado en ella un impacto significativo. Su cabeza pudo haber recibido un golpe importante, y si alguno de los paneles que rodean su inteligencia artificial se corriera tan sólo un milímetro hacia adentro, eso sería suficiente para provocar una reprogramación completa de esa inteligencia, y en un sentido bastante inconveniente. Los ingenieros del Departamento tienen razones para sospechar que esto, efectivamente, ha ocurrido. Si aquella invención estaba destinada a proteger a la humanidad, ahora podría estar persiguiendo el propósito contrario. Y eso, lamentablemente, explicaría la desaparición de esos hombres que participaban de este operativo. Aquí no hay otras organizaciones militares. Para ello se requiere de ciertas medidas, de un campamento, de un despliegue de recursos que habrían sido fácilmente detectado por nuestros radares. Tampoco hay animales salvajes demasiado peligrosos. Lo que atacó a esos hombres ha sido precisamente aquello que ustedes han venido a buscar.
Editado: 09.07.2026