A veces resbalaba con agilidad, o daba pasos firmes sobre las rocas. Y a veces tenía que dejarse caer, sin poder evitarlo.
A veces la montaña lo vencía. A veces él vencía a la montaña.
No hurgaba ni tanteaba en la nieve. Ya sabía que no iba a encontrar nada importante. Sólo quería bajar, y se sentía capaz de hacerlo sin la ayuda de ningún medio tecnológico. Cuando tropezó con la gruesa raíz de un arbusto que no esperaba encontrar en su camino, a pesar de lo estrambótico de su caída, se incorporó inmediatamente, con un sentimiento de triunfo y poderío, sin dejarse amilanar por el dolor físico, pero también descubrió que estaba anocheciendo y que tendría posponer su travesía hasta el amanecer, aprovechando esas horas de absoluta oscuridad para dormir.
Llevaba algo de alimento en su bolso, pero debía racionarlo si no quería morir de hambre en esos dos meses que probablemente le llevaría el descenso, y el Sero 2 le ayudaría a soportar unos cuantos días sin comer.
Se arrastró hasta uno de los tantos rellanos de aquel declive, sobre el cual una roca saliente formaba un oportuno cobertizo, y se recostó a dormir sobre la lona que llevaba en su mochila. Pero la oscuridad que comenzaba a envolverlo no sería total. La luna llena brillaba intensamente, iluminaba la montaña y sus resquicios, y el frío de esa madrugada tampoco fue tan intenso como él esperaba.
Al amanecer, cuando despertó de uno de esos sueños profundos que suelen denominarse "reparadores", el cielo estaba nublado. Apenas lograba distinguir el sol sobre los bosques sombríos que circundaban la montaña, y reanudó su camino hacia abajo. Recorrió una distancia impresionante tan sólo en una jornada, pero al anochecer tuvo que volver a refugiarse en un rellano y en esta ocasión sin la compañía de la claridad lunar en toda su plenitud, porque aquellas tenaces nubes seguían predominando en el cielo.
Buscó nuevamente la lona en su mochila y la tendió.
Dormir en la oscuridad absoluta le resultaba más difícil que hacerlo bajo la incidencia de cierta luminosidad, porque esa oscuridad lo invitaba con demasiada persistencia a pensar, a recordar, a cuestionarse.
Se había lastimado un poco la mano derecha durante el descenso, pero el ardor fue disminuyendo a medida que la noche avanzaba. Lo importante era que había logrado sortear una buena cantidad de esa montaña maldita, mucho más de lo que un escalador profesional podría sortear a lo largo de 12 horas. ¿Acaso iba a llegar a la meta antes de que se cumplan esos dos meses previstos? ¿Por qué no?
Se preguntó eso, y también se preguntó si los ingenieros que construyeron el droide no habrían desarrollado también algún sistema con el cual sea posible desactivarlo, en caso de emergencia, o impulsarlo a la autodestrucción. Recordó el nombre de uno de ellos, Crane. Fue quien le dio al cerebro artificial los "últimos toques", quien lo encerró entre los paneles y quien lo conectó a los circuitos principales, y también participó de la primera etapa del proyecto, aunque no de una manera tan relevante.
Michael Crane, así se llamaba. Él fue quien propuso que, para que la monotonía de la misión que debía cumplir en el espacio no afecte su equilibrio intelectual, se le encargue a ese cerebro una tarea simple, que deba ejecutar cada cierto tiempo ( 3 horas, 35 minutos más exactamente). Una especie de sueño a través del cual esa mente pudiera descargar la tensión de su propio funcionamiento. Así, pasando de una instrucción a otra, se mantendría más activo y habituado a recurrir a otras funciones de su propia constitución. Se decidió entonces que esa tarea consista en calcular la distancia entre él y cualquiera de los paneles que permanecerían definitivamente a su alrededor formando una especie de cráneo en forma de prisma hexagonal, los cuales servirían también para sostener y resguardar los delicados circuitos fundamentales de esa inteligencia, ya que estarían más seguros en un compartimiento exterior a ella. Los paneles debían ser firmes, para que esa distancia no varíe nunca y el resultado de cada cálculo sea siempre el mismo, de manera que un resultado dispar no genere un conflicto en el registro general de dichos cálculos que podría impulsar a esa inteligencia a una interpretación apresurada de su propia eficacia, y al rechazo de algunas de las misiones que le fueron encargadas, si no de todas.
- Crane... - murmuró Rainer, mientras la negrura del cielo se acentuaba notoriamente.
¿Una tormenta? ¿O sólo era frío, frío que formaba nubes allá a lo lejos?
Se puso de pie, y ya que no podía dormir y contaba con una pequeña linterna, decidió guardar la lona y seguir bajando. Sería más que inconveniente para él que lloviera mientras se encontraba en ese tramo preciso de la montaña, sobre ese terreno tan empinado y terroso, que ni siquiera la nieve cubría.
Siguió bajando, y el cielo sobre él siguió oscureciéndose, cada vez más. Recuerdos que venían desde algún remoto laboratorio, piezas metálicas dispuestas sobre la mesa, listas para ser ensambladas. Crane conversaba con uno de los operarios cerca de la puerta principal, con su típico delantal blanco y esos movimientos de sus manos. Estaba indignado porque no le habían traído uno de los dispositivos que había solicitado y el operario se excusaba, con evidente nerviosismo.
- Estamos creando un cerebro superior a todos los demás - decía Crane -, sean naturales o artificiales. Sólo les pido que presten un poco de atención. Mañana seguiremos, cuando tengamos el dispositivo y podamos finalmente cerrar la sección del brazo izquierdo. Hasta luego. Recuerden apagar el transmisor lateral antes de irse.
Las luces del laboratorio se fueron apagando, una a una. Esa agonía duró una media hora y luego Rainer se quedó solo, con las llaves de la puerta principal en su mano, y le echó un último vistazo a esa especie de bujía silenciosa y plateada que campeaba en el centro de aquella mesa y que, casi 30 años después, iba a convertirse en su peor enemigo.
Editado: 23.07.2026