La mente entre los paneles de metal

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Dejó la placa donde estaba, cubriendo otra vez el cuerpo del profesor. Luego cerró los ojos con fuerza, como si quisiera despertar de una pesadilla o tratara de ordenar los recuerdos de los últimos acontecimientos que había vivido. Las imágenes daban vueltas en su mente, a veces sin un orden cronológico preciso: el comienzo de la expedición, las instrucciones de Rainer, esa bota sumergida en la nieve...

- Parece que no quiere matarnos a todos de una vez - observó Bristol.

-Tiene los recursos para hacerlo- observó Jeremy-, pero todavía no los sabe utilizar con suficiente precisión. ¿Por qué destruyó nuestros medios de comunicación y no a todos nosotros de una vez? Un solo disparo del arma que posee en su antebrazo lo conseguiría. Pero su mente no ha terminado de reprogramarse, y ese proceso equivale a un nuevo nacimiento, por lo que también debe estar redescubriendo los recursos con los que cuenta, su propia constitución y su propio poder. Lo ideal sería atacarlo ahora, si pudiéramos encontrarlo. Después quizá ya será tarde.

Fred apareció de repente, con la cabeza y los hombres cubiertos de nieve y la cara enrojecida por el frío.

- No hay nadie arriba - dijo -, pero algunas puertas fueron forzadas y derribadas. También había paredes derribadas. ¿Qué es este lugar?

- Posiblemente - dijo Bristol-, la oficina central. Pero ya no podremos comunicarnos con nadie desde aquí. Además, el profesor ha sido asesinado. Lo siento.

- Debimos habernos irnos con ese hombre - dijo Jeremy -. ¿Cómo se llamaba?

- Rainer- respondió Kent -. No, no es alguien a quien convenga seguir. Yo sé por qué se lo digo. Tiene que haber otra solución.

- ¿Cuál? - preguntó Fred, impaciente.

No lo sabía. Sentía que él también se estaba reprogramando, que debía redescubrir la capacidad de su propia mente, que estaba inmensamente lejos de cualquier respuesta y que el frío y la ansiedad habían embotado completamente sus sentidos.

El sol empezaba a ocultarse otra vez. En ese horizonte castigado por la nieve se dibujaba una oscuridad amenazante, que no representaba sólo la mera llegada de la noche, sino algo aun más inquietante. O al menos eso sentía Kent mientras contemplaba aquella lejanía y se preguntaba qué camino tendría que tomar.

¿Iba a ser la última noche de su vida, y constituía esa oscuridad un símbolo de su destino inminente?

Afuera no había muchos caminos por los que pudiera escapar a ese destino. Sólo era posible subir o bajar, o caminar hacia el oeste, y en todas las direcciones había lo mismo: rocas, tierra, nieve y viento, salvo donde el ejército había dejado alguna instalación.

- Hay una sección más detrás de la escalera - dijo Fred-. Quizá debemos ver qué hay allí antes de regresar al campamento o emprender el descenso.

La sección a la que se refería Fred no era más que un depósito lleno de chatarra, pero había unos cajones con bengalas que, aunque estaban muy húmedas, podían servirles. Las envolvió en un paño negro que encontró también en uno de los cajones, junto a la correspondiente pistola para lanzarlas, y guardó todo eso en la mochila que seguía llevando en sus espaldas.

- No las verá nadie - dijo Jeremy.

- Siempre hay alguien vigilando desde alguna torre - dijo Fred-. Si las lanzamos desde la roca en la que colocaron la bandera, las verán, alguien las verá. Sólo tenemos que darles un poco de calor para que podamos encenderlas.

- ¿Por qué desde esa roca? - preguntó Jeremy- ¿Por qué no las arrojarnos desde esta misma torre?

- Las torres de vigilancia están orientadas hacia determinados accidentes naturales - dijo Fred-. En este caso, esa roca. Antes de iniciar una excursión ese sitio es señalizado con una bandera. Son reglas de la sección del ejército a la que pertenecemos. Las señales de auxilio, cualesquiera que sean, deben ser enviadas desde allí. Lo haremos esta misma noche, aprovechando la oscuridad que pronto se abatirá sobre nosotros.

No tenían más opciones. A nadie se le ocurría un plan mejor que el propuesto por Fred, así que salieron de la torre en dirección a aquella roca.

- Estamos demasiado alto - dijo Jeremy-, y además hay demasiado viento. No verán la señal.

- Confiemos en que lo harán - dijo Fred-. No perdemos nada con intentarlo.

Caminaron, cuesta arriba, y cuando pudieron divisar la bandera otra imagen capturó su atención: cerca de esa roca estaban los mástiles de la silla colgante que el ejército había instalado allí para transportar heridos. En uno de los cables por los que esa silla podía deslizarse había tres cuerpos colgando boca abajo.
Uno de ellos era el de Cameron. A su lado, estaba en cadáver de Shep. El otro pertenecía a un compañero ocasional de ambos cuyo nombre Kent no recordaba.

- ¿Son ellos? - preguntó Jeremy - ¿Son los hombres que se habían extraviado?

- Sí - dijo Kent -, son ellos. ¿Pero por qué haría esto? ¿Por qué los colocó allí?

- Tuvo que haber trepado por el mástil y luego por el cable para ello - dijo Jeremy-, y además cargando cada uno de los cuerpos. Los pies están atados con bastante destreza. No debió haber sido una tarea fácil. Yo no podría haberlo hecho. Seguramente tampoco ninguno de ustedes. Creo que lo hizo con la intención de poner a prueba sus propias habilidades. Reitero algo que ya comenté: está redescubriendo sus propios recursos.

Los cuerpos se balanceaban en el viento gélido y salvaje, como campanas ensangrentadas, por encima del camino que conducía a la roca. Era un camino blanco, la nieve lo cubría casi en su totalidad, y las parcelas de tierra parecían islas sin conexión alguna entre sí bajo la poca luz que aún quedaba en el cielo.

El sol ya no se veía.

- Debe ser así - dijo Fred-, porque realmente no entiendo cómo lo hizo.

Después se sacó la mochila y buscó en su interior el negro envoltorio. Sacó una de las bengalas, la tanteó.

- Todavía está un poco húmeda - dijo-. No importa, iré allá arriba. Ustedes vigilen desde aquí, avísenme si esa bestia aparece por algún lado. Yo trataré de poner en condiciones las bengalas, y luego las dispararé.




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