La mente entre los paneles de metal

6

Habían cometido un error, uno solo entre tantos aciertos. Pero así son los errores, una pieza de dominó capaz de derribar a todas las demás sin importar qué tan firmes sean, qué tan bien colocadas estén. Una nube capaz de nublar todo el cielo, una gota más poderosa que el mar.

Dobló la hoja y la guardó en el cajón del escritorio. Ese tal Jeremy tenía razón, ¿pero qué podría hacer ahora? Los helicópteros trataban de recuperar cuerpos, vivos o muertos, del interior de una descomunal capa de tierra que había arrasado con poblaciones y autopistas, bosques y desiertos. Esto recién había empezado, y ese plano de una cabeza robótica plegado y escondido en ese cajón no podía servirle de mucho si el droide ya había protegido su núcleo intelectual con nuevas piezas incorporadas. Y eso que sólo había tenido acceso a maquinarias básicas. ¿Qué ocurrirá cuando pueda servirse de naves espaciales, portaaviones o tanques de guerra?

Fue hacia el dormitorio, pero no, no iba a poder dormir. ¿Qué había sucedido con Rainer? ¿Habría sobrevivido a ese derrumbe colosal? Era un hombre implacable, pero le habían echado toda una montaña encima... Room lo conoció en uno de los laboratorios del ejército cuando Rainer recién empezaba a cumplir allí tareas de secretaría. De esa época era el plano que había guardado en ese cajón. Le sorprendió hallarlo en aquella biblioteca y comprobar que mantenía su legibilidad a través de la amarillenta huella del tiempo. ¿Cuántos años habían pasado? ¿60? Posiblemente. Era tal vez un joven investigador de 19 años cuando trazó esas líneas.

Sacó una de las camperas del placard, se la puso. Afuera hacía frío. ¿Pero valía la pena salir, ir hasta aquel antiguo laboratorio?

Lo pensó, lo pensó durante bastante tiempo y luego salió del dormitorio, después del departamento, bajó rápidamente las escaleras hasta la planta baja y se reencontró con aquellas calles bajó un cielo gris, frío como el espíritu de Rainer, frío como la muerte.

Caminó con apuro y nerviosismo, cruzó varias calzadas y se metió en una calleja que conducía a la vieja edificación militar apenas vigilada por un guardia al que le importaba muy poco su trabajo. Ni siquiera le pidió una identificación cuando Room atravesó esa entrada y regresó a esos recovecos militares después de 40 años.

Deambuló entre algunas mesas y entró luego al depósito. Sólo quedaban 3 ficheros de metal de los muchos que había cuando él trabajaba allí.

Los fue abriendo, uno por uno, y revisando su interior, y cuando levantó el falso fondo del último fichero (una delgada placa de metal debajo de la cual solía esconder algunas cosas cuando era joven), encontró lo que buscaba. Ahí estaba, donde la había dejado. Lo estuvo esperando allí durante 40 años. La fidelidad que tristemente nos conceden las cosas que no saben que existimos.

La agarró, la guardó en su bolsillo y, cuando se dispuso a salir de allí, alguien se paró delante de él. No era el guardia. Ojalá lo hubiera sido.

- ¿Qué está haciendo aquí? - le dijo el oficial Fasser, a quien reconoció inmediatamente -. ¿Usted es Room?

- ¿Necesito una autorización para ingresar a este lugar? - preguntó Room.

- Claro que la necesita - dijo Fasser-. Usted ya no trabaja aquí. Nadie lo conoce en este sitio. Todos sus colaboradores han muerto, usted ha sido sustituido y el laboratorio sirve de base militar, es una base militar más. Aquí ya no se realizan investigaciones, ni se construyen autómatas. Sólo se preservan armamentos y se ejecutan prácticas bélicas. No tiene nada que hacer aquí.

- ¿Sabe que la humanidad está en peligro? - le preguntó Room-. ¿Sabe que hace 40 años se concluyó aquí un proyecto que ahora podría apoderarse del mundo? Yo estuve involucrado en su confección, que bueno que lo recuerde, y si bien muchas cosas aquí han cambiado, algunas otras no. Ya encontré lo que vine a buscar. Ahora me iré.

- No puede llevarse nada de aquí- dijo Fasser-. Esos ficheros, nadie jamás los ha usado más que para guardar desechos. Por lo menos desde que yo estoy aquí. ¿Qué estaba buscando en ellos?

- La estructura craneal de los autómatas tiene una llave de acceso- dijo Room-. Si usted quiere destruir un cerebro artificial, puede hacerlo tan sólo con dispararle, pero si está muy protegido tendrá que ingresar a él mediante algún otro camino. Cuando concluimos el proyecto, cuando la cabeza fue trasladada desde el laboratorio que aquí funcionaba hasta la central donde sería ensamblada con su correspondiente cuerpo, escondí su llave aquí y me fui de esta sala y jamás regresé hasta este día. Todos los droides tienen una llave. Yo vine a buscar la del que yo mismo ayudé a construir, cuyo cráneo yo mismo diseñé. Esa llave, por lo tanto, es mía. Ahora, déjeme pasar.

Fasser no pudo detenerlo. Room lo empujó, lo hizo a un costado, y abandonó ese lugar mientras Fasser trataba de comunicarse con las máximas autoridades del ejército para informarles lo que acababa de ocurrir.




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