No había nada importante allí.
Algunas fotografías, diarios viejos. Nada más. El profesor Sterner había estado involucrado en el proyecto, pero hacía mucho tiempo. Quizá ya no significa nada para él y ni siquiera recordaba con claridad en qué había consistido su participación.
Pensó entonces en Hatcher, el otro ingeniero que Jeremy había mencionado.
Aprovechó el Congreso de Ciencias Exactas para inspeccionar también aquel otro departamento. En ese momento ambos ingenieros se encontraban, sin dudas, en el Congreso, el cual se prolongaría por lo menos una hora más.
Salió a la calle, tomó un taxi, bajó en una calle paralela a la avenida principal y pudo ingresar también a esa otra residencia gracias a la misma tarjeta magnética que el gobierno le había facilitado a él y a todos los que se habían comprometido a investigar este caso.
Revisó cajones en el comedor, en el dormitorio. Tenía la impresión de estar en una casa a la cual se estaba mudando alguien que apenas había logrado trasladar hasta allí una primera tanda de muebles. No había cuadros en las paredes ni una foto en el portarretratos que yacía sobre la repisa del living. Pero sintió que toda esa sobriedad trataba de engañarlo.
Quizá Hatcher no vivía realmente allí. Al igual que tantos ingenieros que habían colaborado con proyectos de los cuales tratarían luego de desentenderse, quizá Hatcher también tenía una de esas casas "falsas", a la que frecuentaba muy de vez en cuando y a la que públicamente consideraba su única residencia. Con esto podía despistar un futuro atentado o una investigación como la que Kent estaba tratando de llevar a cabo en ese preciso momento.
Pero se quedó allí, un rato más. Respiró, respiró profundamente, mientras examinaba esas paredes elementales.
¿Estaba ya todo perdido? ¿Para qué revisaba esos departamentos? Habían pasado años, décadas. Esos hombres se estaban dedicando a otras tareas, tenían otras preocupaciones. Ya ni pensaban en el monstruo que habían ayudado a crear.
Abrió una de las tantas puertas que tenía allí, delante de él. Entró en una sala bastante oscura. Volvió a pensar en la función. ¿Quién la había planificado? ¿Quién le había dado los "últimos retoques"?
¿Hatcher, Room?
La función... La máquina ya debió haberla reconocido.
¿Qué estaba entonces a punto de suceder?
Nunca antes se habían dado las circunstancias necesarias para que esa función pueda ser utilizada.
Nunca antes. Pero ahora iba a ser utilizada, o ya lo estaba siendo.
Paredes grises, un mueble antiguo al que le faltaba uno de sus espejos decorativos. Un olor a diarios viejos, a acumulación de recuerdos. Nada, nada que pueda interesarle, hasta que salió de esa sala y justo cuando estaba cerrando la puerta, devolviéndole así su contundencia a la oscuridad del interior, en esa misma oscuridad percibió un brillo, y entonces lo descubrió: el dedo de oro, el amputado y amarillento dedo de oro del que tantas veces había oído hablar. Aunque no parecía ser un hallazgo importante, aunque tenía otros asuntos más importantes de los que ocuparse, sintió una emoción bastante significativa al verlo y lo alzó del piso, llevándoselo con él.
Abandonó la resistencia con cierto apuro, subió a un taxi del cual descendió 18 cuadras después, frente a la Oficina de Asuntos Exteriores, donde sabía que iba a encontrar al ingeniero Fast, Allan Fast, el último colaborador que le quedaba por encontrar, quien fuera asistente de Room y compañero de laboratorio de Hatcher, aunque la función que desempeñaba en ese laboratorio nunca estuvo del todo clara.
Fast lo recibió con una mirada curiosa y sobresaltada, sentado detrás de su escritorio y debajo de un reloj de pared circular y un poco ridículo.
- Ingeniero Fast - dijo Kent-. Necesito hablar con usted. Quizá ya sepa que se han organizado algunos grupos para tratar de desactivar la invención en la que usted mismo estuvo trabajando.
- Eso fue hace más de 30 años - dijo Fast-. Yo no sé cómo se hace eso. Estuve en ese laboratorio sólo para dar algunos consejos técnicos; he colaborado, creo, en la confección de alguna que otra placa de control lateral. No sé decirle nada más. Pero es común que algunos sistemas automatizados fallen, no es tan grave.
- 7 barcos y 4 aviones de alta tecnología desaparecidos - comentó Kent-, el derrumbe del monte Everest, y hace algunas horas ha sido desmantelado el radar principal del Centro de Investigaciones Espaciales, el radar más grande y sofisticado que se haya construido jamás. ¿Le parece que no es nada grave? Usted sabe que hay una función, una función secreta, que muy pocos miembros de aquel laboratorio conocieron, de la cual ni siquiera se ha informado a las autoridades del ejército? No estamos sólo ante un peligro físico. Nuestra capacidad de pensar puede verse también anulada si esa función es ejecutada.
- Debería hablar con Hatcher de eso - dijo Fast-. Él estuvo a cargo de la supervisión de esa función.
- Estuve en su domicilio hace unos minutos - dijo Kent-. No estaba, y no encontré nada relevante allí, salvo ese dedo de oro que no va a servirnos de mucho en este caso.
- ¿Lo tiene ahí? - preguntó Fast-. ¿Puedo verlo? Creí que Fast lo había escondido mejor. ¿Cómo lo encontró?
- Sospecho que debió habérsele caído - dijo Kent-, sin que él se dé cuenta. Hoy se realizaba el Congreso, y seguramente él iría con la idea de mostrar públicamente esa reliquia. No creo que lo haya dejado deliberadamente donde yo lo encontré, y donde cualquier otro podría haberlo encontrado también.
- Va a querer recuperarlo- dijo Fast-. Tiene una especie de obsesión con ese objeto.
- ¿Y de dónde cree que él lo haya obtenido? - preguntó Kent.
- Sé que realizó un viaje a México - dijo Fast-, unos pocos días después de que se haya detectado ese laboratorio debajo del yacimiento. El dedo constituía una prueba de la veracidad de los planos que se descubrieron en el año 1896, dado que, evidentemente, había pertenecido a una construcción artificial y no a un ser humano. Se demostró que no se trataba de una prótesis, ni de un elemento independiente. Y después no se supo nada más de él, pero era evidente que Hatcher se lo había quedado, incluso en una reunión él mismo dio a entender que lo preservaba en algún sitio especial, de su propia residencia o de su lugar de trabajo. Pero más interesante resulta el hecho de que esos planos, trazados por la mano de un hombre presuntamente primitivo, originario de una población precolombina, hayan sido utilizados para la elaboración de nuestros actuales droides. El propio Room se basó en ellos, y gracias a ellos pudo llevar a cabo un proyecto tan ambicioso.
Editado: 12.08.2026