CAPITULO 1
Dolor, físico y emocional, es lo único que he recibido en estos meses. Llevo meses aquí, y se sienten como años. Aún tengo esperanza; otra persona en mi lugar creo que la perdería, pero yo no. Sé que hay personas buscándome, que no se rendirán hasta encontrarme. Él no me matará aún. Me he comportado. Al principio no lo hacía: solo gritaba, luchaba contra él y lloraba. Eso solo empeoraba las cosas. Ahora actúo sumisa y resisto. Me adapté con tal de sobrevivir el tiempo que pueda.
Hice una amiga. Emma lleva más tiempo que yo aquí. No me habla, solo me escucha. Creo que tiene problemas para hablar, o tal vez no quiere. Había otra chica, pero él la mató; ella le ponía las cosas difíciles, era una rebelde, no obedecía y él odia que no le obedezcan. Le dio duros castigos y, aun así, ella no se rendía. Un día intentó escapar, pero salió mal y él la atrapó. Eso lo hizo enojar, y fue cuando le puso fin a su vida. No recuerdo su nombre, ni su rostro, ni cómo murió. Solo sé que fue horrible. Una muerte horrible.
Escucho los fuertes pasos en la escalera. Abre la puerta y no me muevo de mi lugar. Estoy acurrucada en el colchón. Entra con Emma, le pone la cadena en el tobillo y se va. Ella yace en el piso. Me levanto y me acerco para ayudarla a levantarse. La llevo a su colchón y me da la espalda. Rompo un pedazo de tela de mi vieja blusa y lo mojo con agua de la botella; le limpio lo más suave que puedo. Las heridas son horribles. Están encima de las viejas cicatrices, son gruesas y se ven profundas. Fue con el látigo. Lo usa nada más cuando rompemos una de las reglas. No se inmuta cuando le paso el trapo. Ahora mismo ella no está aquí. Solo se queda mirando a la nada hasta que se acuesta y se queda dormida.
Decido dormir también. Camino hasta mi sucio colchón y me acuesto. Intento olvidar que estoy en este horrible lugar con un monstruo cerca. Me imagino que estoy en una pesadilla y que, al dormir, vuelvo a la realidad. Los sueños son mi realidad...
Estoy en la cocina, sentada en la mesa, hablando con mi mamá mientras ella hace sus ricos pasteles de chocolate con fresa. Es una adicta a la repostería, y se le da de maravilla. Además, hoy es el cumpleaños de… su pastel favorito es este.
—¡Mamáááá, déjame probar!
—No, espera a que esté listo. Si me guío por ti, no dejas nada —le sigo insistiendo hasta que por fin se rinde y me da una cucharada; no se resiste a mí.
—Te amo, mami.
Despierto con lágrimas en los ojos. Era un sueño. Un maldito sueño. Se sentía tan real. Mis lágrimas no se detienen, por mucho que quiera. Ahogo los sollozos hundiendo la cara en el colchón.
¿Cómo estarán? Mi mamá debe estar devastada. Mi papá… quiero estar con ellos, los extraño. Mamá, papá, por favor, sáquenme de aquí; por favor, vengan por mí. Prometiste que siempre me protegerías… eso hacen los hermanos mayores. Por favor, ven. Tengo miedo...
Emma me abraza y dejo que lo haga. Lloro hasta que ya no me quedan lágrimas y nos quedamos así. Creo que sin ella me volvería loca aquí, y puede sonar mal, pero me alegra no estar sola, aunque a veces siento que lo estoy.
No me sirve llorar; eso no va a hacer que mi situación mejore. Debo ser fuerte. Si se preguntan por qué no intento escapar, la respuesta es: no puedo hacerlo. Eso sería empeorar las cosas, y la idea no es morir. Además, aunque quisiera, no podría. Este lugar es un maldito búnker.
Hay tres habitaciones. Primero: la habitación donde estoy. No es muy grande, no hay ventanas, tiene dos colchones y un bombillo en medio del techo. Apesta a humedad. Segundo: la habitación de aislamiento. Es donde nos lleva cuando rompemos las reglas. La puerta es de metal y está en el suelo. Sí, es un puto hoyo en el suelo. Estuve ahí al principio. Y tercero: la habitación de juegos. Es donde pasa todo.
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—¡Ayudaaaa, déjame ir, sueltameee!
El monstruo me lleva agarrada del brazo, quién sabe a dónde. Lucho contra él. No me voy a rendir tan fácil. Mi papá me enseñó a no rendirme. Logro soltarme y le doy un golpe con mis manos amarradas en la cara.
—¡Maldito imbécil!
—¡Perra! Escúchame bien, pequeña: tú has cometido un grave error al hacer eso, y ahora aprenderás la maldita lección.
Mierda, lo hice enojar aún más. ¿Pero qué esperaba? Era obvio que iba a pasar. Tengo miedo.
El monstruo me da un golpe en la cara que me deja aturdida. Siento algo cálido y con sabor metálico en mi boca. Es sangre. Creo que perdí un diente. Me carga como un saco de papas y me lleva de vuelta a mi habitación. No… no es mi habitación. Abre una puerta de metal que está en el piso y me lanza adentro. Caigo con un golpe sordo, me quedo sin aire. Duele como carajo. Cierra la puerta y me quedo en completa oscuridad. Solo escucho mi respiración… y siento frío.
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El detective Jhonatan Garrel, al cual sus amigos llaman Jhon, tiene cuarenta y cinco años y es el encargado de resolver el caso. Está poniendo todo su esfuerzo en encontrar a ese maldito enfermo que secuestra y asesina a las chicas.
¿Cómo puede hacer algo así? Esos actos tan inhumanos… ese tipo de monstruos no deberían existir, pero por desgracia, sí existen. Ha estado a punto de atraparlo, pero siempre se le escabulle. Aunque no quiera admitirlo, el muy jodido es demasiado bueno y sabe lo que hace. El día que lo meta entre rejas va a celebrar a lo grande. No solo meterlo en una celda a pudrirse: hará todo para que ese monstruo tenga la pena de muerte. Entonces es cuando va a celebrar de verdad.
Jhon se pone a analizar la pizarra llena de fotos de las chicas desaparecidas recientemente y las de hace más de un año. Está seguro de que es el mismo asesino. Siempre se para frente a la pizarra, mirándola fijamente, pensando qué maldita cosa es lo que está pasando por alto. Todo esto le ha generado un nivel de ansiedad que calma a base de cigarros.
Hay dos chicas de dieciséis años que desaparecieron recientemente: Shay Hearton y Emma Ferrys, la hija de su viejo amigo Theodore Ferrys. Emma desapareció hace cuatro meses y Shay Hearton hoy cumple tres meses. Debe encontrarlas. Esa es su misión. Se lo prometió a Theodore y a la familia Hearton.