"Si no hubiera sentido ningún deseo, no habría hecho nada.”
Jeffrey Dahmer
—Que te corten un dedo es horrible, pero es mejor eso a que te corten el delicado hilo de la vida, ¿no crees?…—
Estoy acostada en mi cama, como siempre. Igual no es que pueda hacer algo más con un pie encadenado y este espacio tan pequeño. Hoy me toca a mí y estoy asustada. La última vez fue horrible con Emma, pero las nuevas cicatrices de su espalda fueron a causa de haber roto esa regla importante: hablar, o peor aún, gritar.
El monstruo odia que hagamos eso. No le gusta. Mientras juega con nosotras, tenemos que actuar como si no tuviéramos voz. Él es el único que puede hablar. Una vez cometí el error de hacerlo y no tuvo piedad: me dio cuatro latigazos. ¿Qué puedo decir? Fue una de las peores cosas… y sabía que podía ser peor.
Escucho el seguro de la puerta siendo abierto. Es él. Mi corazón late con mucha fuerza y mis manos tiemblan, pero lo controlo.
No seré débil. Puedo con esto. Puedo con esto, me repito en mi mente. Dicen que si te mentalizas con algo contrario a lo que estás pasando, lo hace más fácil, ¿no? Psicología inversa o algo así. Lo leí en algún lugar. Me ayuda a calmarme.
Entra y, con pasos suaves, se acerca a mí. Él es un gigante a mi lado. El monstruo le queda perfecto en todo sentido. Llega al instante, porque, como dije, es una habitación pequeña. Me quita la cadena; tengo marcado el anillo de esta en el tobillo.
Emma se queda mirando la pared. No quiere mirarlo, y él tampoco la mira. Ella tiene pesadillas todas las noches y yo la ayudo, así como ella me ayuda cuando tengo las mías.
Camino hacia la salida con pasos débiles. Tengo hambre y sed. Las comidas nos las da cuando termina con nosotras en el cuarto de juegos, al igual que el baño. Y el agua: nos da una botella que tiene que durar hasta que él venga a por una de nosotras. No se alarma cuando salgo; sabe que no haré nada. Igual, no es que pueda salir corriendo y abrir la puerta de las escaleras.
Me toma de la nuca por detrás. Tiene manos grandes y ásperas. Caminamos hacia el infierno y siento cada vez más nervios. Me muerdo los labios por dentro hasta que siento la sangre salir.
Llegamos a nuestro destino y entro a la habitación. Nunca dejo de estremecerme ni de sentir pánico, el cual encierro dentro de mí. Este lugar tiene luces blancas, está lleno de instrumentos raros en la pared de la derecha, y a la izquierda están los látigos: de diferentes tamaños y tipos. Mis cicatrices duelen cuando los veo.
En las otras paredes hay fotos de sus anteriores víctimas, todas cerca de mi edad. Deben estar muertas. Me pregunto: ¿cuántos años lleva este monstruo cazando chicas jóvenes en la oscuridad?
He notado que hoy está extrañamente feliz…
Me acuesto en la camilla y me esposa las manos y los pies.
—Lili… —así es como me llama; nos cambia el nombre a todas—. Eres afortunada. Hoy probaré algo nuevo contigo…
Siento pánico. Mi corazón vuelve a dispararse. Una voz que no reconozco empieza a murmurar en mi cabeza:
No, no, no… por favor… Basta ya. Cálmate. Resiste. No te alteres, no grites, no hagas nada.
Jhon se despierta más temprano que de costumbre. Ya se ha fumado cinco cigarrillos en el balcón. Toda la situación de anoche lo ha dejado con miles de preguntas en la cabeza:
¿Por qué ahora?
¿Por qué enviarle el dedo?
¿Qué quería lograr con esto?
¿Cuál de las chicas tuvo que pasar por eso?
Al entrar a la habitación y mirar el reloj de la pared, ve que ya son las seis y media. Se prepara, se pone su reloj de oro —un regalo de Meredith—, se mira al espejo y se peina con las manos su cabello rubio mojado, en el que ya se le notan algunas canas.
Jhon es un hombre atractivo; su altura lo hace aún más imponente. Debe medir cerca de un metro ochenta y cinco. A su edad se mantiene muy bien. Lleva unos cuatro años soltero. Solo una mujer ha logrado robarle el corazón… y destruirlo.
Jhon se dirige en su auto hacia la agencia Cordy'Brothers, que está a tres horas y media de distancia. Al llegar, parquea frente al edificio y camina hacia este. Al entrar, ve a un hombre moreno con unas cajas en las manos y le muestra la foto del joven.
—Busco a este chico —dice—.
El hombre mira la foto y luego a Jhon.
—Por… —intenta preguntar, pero el detective no lo deja terminar.
—Soy policía —le dice, mostrando la placa.
El hombre es Harry Cordy, y el chico es su sobrino Dylan. Jhon le explica que necesita hablar con él por un paquete que le ha dejado. El moreno le informa que su sobrino aún no llega, así que se sienta a esperar.
Una hora después, una camioneta se parquea: es la misma de la cinta. Es Dylan. Cuando el chico cruza la puerta, Jhon se coloca frente a él.
—Tengo que hablar contigo, y más te vale que no me mientas —dice.
El chico se siente intimidado por la mirada y la altura de Jhon. Su tío Harry, que había ido a dejar las cajas, llega y ve al chico a punto de salir corriendo.
—Es policía, Dy. Vamos arriba, a mi oficina —le dice.
Los tres suben a la oficina. Jhon y Harry se quedan de pie mientras el chico se sienta en el sillón, ahora menos intimidado porque está con su tío. ¿Qué demonios quiere un policía con él? No ha hecho nada.
—Anoche, exactamente a las siete con cincuenta, dejaste un paquete en mi casa. Quiero que me digas quién lo envió —dice el detective, reconocido también por ser muy directo, cosa que molesta a unos cuantos.
El chico al principio pone cara de confusión, hasta que recuerda:
—Yo no sé quién lo envió, lo juro. Iba saliendo cuando vi la caja en el piso; tenía una nota que decía su dirección y algo de que era un regalo y que usted debía descubrir quién se lo envió. Sonaba como un juego de detective, ¿entiende? —sonó a que lo había escrito una mujer—, así que imaginé que era uno de esos juegos raros de parejas…
Jhon lo mira fijamente con los brazos cruzados, intentando descubrir si decía la verdad.
—¿Y la nota? —pregunta.
—Yo… no lo sé. Creo que la tiré.
El detective se va sintiendo un poco decepcionado. ¿Qué esperaba? Está claro que no iba a ser tan fácil. Sube a su auto y se queda pensativo. Por alguna razón, la palabra juego se le ha quedado en la mente. De pronto algo se le ocurre; arranca el auto y va a la agencia. Al llegar, camina apresurado hacia los archivos de su oficina, busca y busca hasta que por fin encuentra lo que buscaba: una cinta de video. Se acerca al reproductor y…
Sale una chica en una cama de hospital. Tiene los brazos y el cuello con vendas. No se puede ver muy claramente, pero se notan dos grandes cicatrices desde las esquinas de su boca: una curvada hacia arriba, como si fuera a hacer una sonrisa, y la otra curvada hacia abajo.
—Jessica, ¿puedes contarnos qué fue lo que pasó en ese lugar? —pregunta un hombre a la chica.
—Yo… no recuerdo mucho… era horrible. Él hacía cosas horribles conmigo y… mientras me llamaba Becky… e… él nos pone nombres… yo no sé más… le gustaba jugar, jugar con… con mi cuerpo… le gustaba lo… los juegos… y nos violaba mientras… sangrábamos… —
—¿Y su rostro, Jessica, lo recuerdas? —sigue preguntando aquel hombre desconocido.
—Yo… no… su… su rostro… una máscara… —La chica empieza a llorar y temblar. La máquina de signos vitales empieza a sonar y se ven a los médicos entrar y sacar a todos.
Jessica Collins murió una hora más tarde.
Jhon se queda mirando la pantalla, pensando:
Claro, cómo demonios olvidé eso. Los juegos… le gustan los juegos, y ahora el maldito quiere jugar al gato y al ratón conmigo…
El detective es sacado de sus pensamientos por el chillón tono de su teléfono. Contesta sin mirar quién es, dejando el aparato en altavoz sobre la mesa.
—Detective Garrel —dice.
—Tengo los resultados. El dedo pertenece…—
Estoy desnuda en la camilla. Él me está haciendo lo que llama tatuajes en el brazo con un bisturí. Me va arrancando pedazos de piel; a veces falla y me quita más de la que se supone que es. Se frustra un poco al arruinarlo y vuelve a empezar otro.
—¿Sabes? Siempre me han gustado los tatuajes. Quería ser tatuador, pero la técnica que usan no me gusta. Busqué mucho sobre este tema y ninguna me convencía, así que decidí crear la mía propia. Cuando cicatrices te quedarán en formas. Increíble, ¿no crees? —Levanta la mirada, me sonríe y sigue en su trabajo.
Odio su sonrisa; siempre usa esa fea máscara que solo deja ver su boca y sus feos ojos. Mis lágrimas salen a montón. Quiero gritar, pero si lo hago me castigará y no creo poder aguantar tanto.
Soy fuerte, soy fuerte… puedo con esto, resiste… vendrán a por ti y volverás a ver a mamá, papá y Kain…
A Emma Ferrys —Jhon masculla una maldición en voz baja, deseando tanto que no fuera ella, pero de nada sirvió—:
Y hay algo más. Te veo hoy a las cinco.
Cuelga el teléfono y lo deja sobre la mesa. Algo más… ¿qué maldita cosa será esta vez? No le da muchas vueltas; mejor esperar a Han. Jhon está preocupado: el dedo es de Emma. Esa niña no merece nada de lo que está pasando; ninguna lo merece. Aunque no lo demuestre, está devastado por esto. Vio crecer a la chica, la cargó en sus brazos, estuvo con ella en todos sus cumpleaños. Esa niña es como su sobrina. Esto lo está matando.
¿Y Theo? ¿Qué le dirá a su viejo amigo? ¿Que el maldito psicópata le envió el dedo de su hijita en un paquete como “regalo”?
Jhon suspira y se pasa las manos por la cara, frustrado y enojado por toda esta situación. Se lo dirá cuando venga; merece saberlo. El detective también decide ponerse manos a la obra: empezará de cero, revisará cada documento desde los inicios, cada prueba recopilada con los años, cada grabación. Lo encontrará, cueste lo que cueste.
—Resistan, chicas… las encontraré.
Llegada las cinco de la tarde, Jhon espera a Han Lee. ¿Qué será eso que tiene para él? Debe ser muy importante para que venga en persona. Solo espera que no sea una mano esta vez.
Han Lee entra a su oficina con una expresión seria y le tiende algo a Jhon: una nota.
—Lo encontré debajo de la segunda caja. Lo he leído y no te gustará lo que dice.
Jhon desdobla el pequeño papel. Las letras son impresas, sin evidencia de caligrafía:
TE RETO A DESCUBRIR QUIÉN SOY.
FELIZ CUMPLEAÑOS, JHON :)
13/12/2000
Una pista: la fecha es una pista, y Jhon lo sabe. ¿Qué demonios pasó el trece de diciembre del año dos mil? ¿Y cómo sabe su maldito cumpleaños? ¿Acaso lo conoce? ¿Será alguien cercano? No, esto no puede ser… conoce bien a su gente, aunque no puede guiarse por esto último. Los malditos como él saben pasar desapercibidos. Puede ser tu esposo, tu hijo, hasta tu sobrino… o tal vez lo ha estado investigando. Si eso debe ser, quiere confundirlo, quiere joderlo mentalmente… y no lo va a lograr.
Él es un psicópata, un sádico que le gusta jugar con sus víctimas, que es inteligente y tiene fijación con jóvenes de cabello negro. Y eso no es suficiente: necesita más.
Jhon se da cuenta de que ha quedado mirando la nota, perdido en sus pensamientos. Sabe que necesitará ayuda y la tiene justo al frente: Han Lee. Ya sabe que el detective se trae algo entre manos; lo conoce demasiado bien.
—¿Está conmigo en esto, agente Han? —dice mirándola a los ojos y extendiendo su mano.
Ella nunca se negaría:
—Siempre es un placer volver a trabajar con usted, detective. Atrapemos al hijo de perra.
Ahora están juntos en esto.
Han Lee sale del gran edificio negro. Al entrar a su auto, una sonrisa le asoma en el rostro: ella y Jhon volverán a trabajar juntos y esa idea le emociona. Ha hecho equipo con otros agentes, pero Jhon… él es de otro nivel. Juntos se complementan demasiado bien; son el equipo perfecto. Él es como su alma gemela, su amante cuando lo necesita y, sobre todo, su mejor amigo.
Toda esta situación le preocupa. Es bueno en su trabajo, pero este tipo… lleva años detrás de ese mal nacido, y ahora se atreve a enviarle dedos y notitas. ¿Y no cualquier dedo, sino el de Emma? El hombre sabe de la conexión sentimental de Jhon con la chica. Es información importante. Han lo anota en su agenda. Sabe de la ansiedad que le ha causado este caso; sabe que fuma para calmarla. Aunque odia fumar, esto es lo que logra calmarlo.
Ahora no está solo; está con ella. Lleva tiempo esperando que él le hiciera esa pregunta y, ahora, por fin se la ha hecho.
Al entrar a su apartamento, Han se quita los tacones —le duelen los pies como el infierno—, camina hacia su habitación y los tira a un lado. Se cambia para darse una ducha; lo necesita.
En su camino al baño, se detiene frente a la segunda habitación, abre un poco la puerta y se asoma: no hay nadie. Da un suspiro; al parecer hoy también estará sola. Jin no está en casa; últimamente prefiere ir a la de su padre. Esto a Han le molesta y la hace sentir… triste y sola.
Su hijo y ella discuten mucho, y Han sabe que es culpa de su odioso exesposo… y también un poco de ella. Antes tenían una buena relación; el niño la adoraba y eran muy unidos. Todo se empezó a ir a la basura cuando su trabajo se volvió más complicado. La primera vez que se infiltró fue en un caso sobre pedofilia; estuvo tres meses en ese lugar y luego vinieron otros, que exigían más tiempo. Se perdió mucho de la infancia de su hijo y esto provocó todo lo de ahora.
Claro, también influyó el lavado de cerebro de su ex esposo sobre el chico. No se arrepiente de nada: gracias a eso ha ganado respeto, reputación, medallas y… conoció al detective.
Han entra al baño y se da una ducha con agua fría. Al salir, se pone su bata de seda negra, se sirve una copa de vino, coge su laptop y se sienta en el sofá, con los pies extendidos mientras le escribe al detective pidiéndole que le envíe toda la información que tenga sobre el caso.