“No se puede ser un personaje que lleva
una vida secreta con éxito, si no se manipula a veces”.
—John Wayne Gacy
5/2/1986
Camino a medianoche por la calle; a esta hora solo hay un par de personas saliendo de bares o discotecas. Estoy aburrido. Caminar me entretiene y me deja pensar tranquilo. «¿Qué debería hacerle ahora?» es la pregunta que no dejo de repetirme en mi mente. Ya le he hecho bastantes cosas a su pequeño cuerpo y no me es suficiente. Quiero jugar más y más, pero en estos momentos no puedo: mi madre y su esposo están en casa y escucharían sus molestos gritos. «Creo que le coseré su pequeña boca». ¿Cómo no había pensado en eso antes? Pateo una piedra que hay en mi camino y, al levantar la mirada, se me ocurre algo mucho mejor.
—Creo que encontré a mi nuevo juguete —digo en un murmullo mientras siento una sonrisa en mi cara y el calor en mi pecho.
El detective va en su camioneta a hacerle una visita a su viejo amigo que está de vacaciones. Sabe que estará en su casa; el pobre hombre prácticamente fue obligado a tomarlas. Hoy es el día en que le dará la mala noticia. Jhon sabe que cuando le cuente a Theo, no se quedará tranquilo en su casa, tomando café y leyendo revistas, y él no se lo va a impedir. Emma es su hija y él necesita a las personas en las que más confía y los mejores agentes para atrapar a ese monstruo.
Al pasar unas pocas horas, el camino empieza a adentrarse en el bosque. Theo vive en una casa de campo que pertenecía a la familia Garrel; Jhon se la dio luego de que Ferrys se divorciara de su esposa. El detective se desvía por una calle un poco más estrecha que hay a la derecha; falta un kilómetro para llegar. Cuando se acerca a la casa, ve a su amigo en el portal esperándolo. Theo está serio; presiente que Jhon le dará una mala noticia. No vendría si no fuera por el caso. Él fue quien lo sacó a patadas de la agencia para que se tomara un descanso y, aunque esto le molestó, se lo agradece: tuvo bastante tiempo para hacer un par de cosas nuevas.
Jhon baja del auto. Su amigo se ve más descansado, ya no tiene las ojeras, pero sí la barba de hace días. «Y el muy terco que no quería tomarse un descanso». Los dos amigos se saludan, se estrechan la mano y se dan un abrazo. No se preguntan cómo están: no es necesario. Al entrar a la casa, al detective le vienen viejos recuerdos y un aire de nostalgia. Meredith… está sentada en el sillón con una taza de chocolate caliente, recién salida del baño, con su cabello rojo mojado… Jhon aleja rápidamente esos recuerdos; no es momento para eso.
—¿Qué pasa, Jhon? ¿Me vas a decir que encontraron el cadáver de mi hija? —Theo traga en seco mientras pregunta—. ¿Es eso, no?—
El detective lo mira y suelta la noticia, no dará tantas vueltas. Es mejor decir las cosas directas y sin rodeos, sea cual sea la situación, eso piensa Jhon.
—Envió un dedo, es de Emma. —
Theo, al escuchar esto, siente su corazón encogerse; se queda sin palabras mirando a su amigo. Ya está acostumbrado a la forma tan sutil de él al decir las cosas. Está procesando las palabras que le dijo: le quitaron un dedo a su pequeña y está bien, ¿no? Es mejor un dedo y no la vida.
—Un dedo, solo fue un dedo. Eso no significa que está muerta. Y ahora, escúchame, cabrón: voy a alistarme y vamos a salir por esa puerta; me voy a montar en tu auto y me llevarás de vuelta a la agencia. — Le dice a su amigo mientras apunta hacia la puerta de roble.
—Sabía que dirías eso —dice Jhon con una pequeña sonrisa, conoce bien a su amigo—. También vine por eso; he empezado a investigar desde el inicio, hay un par de cosas que te contaré en el auto, y una de ellas es que Han está con nosotros. — A Theo le agrada escuchar esto; le cae bien la asiática, es una mujer impresionante y hace bien su trabajo. También sabe que ella es una mujer importante para Jhon y harían una buena pareja, pero sabe que su amigo no va a avanzar más en la relación que mantiene con ella. Después de todo lo que pasó, él se quedó vacío… esa mujer se llevó todo de él.
Ya en el auto, Jhon le relata todo lo sucedido a Theo. El agente está procesando todo: el dedo de su hija en una caja de regalos para el detective, una nota con una fecha y también que el maldito ahora quiere jugar con Jhon al gato y al ratón. La idea de empezar desde cero es inteligente y le gusta; hay pequeñas cosas que seguro pasaron por alto, pero lo más importante ahora es investigar qué pasó el trece de diciembre del año dos mil, no recuerda que algo haya sucedido.
«Tal vez es una fecha falsa y solo quiere hacernos perder el tiempo» piensa el agente.
Al llegar a la agencia, los dos amigos se bajan del auto y se adentran al edificio. Cuando llegan a la oficina, está Han sentada en el sillón del detective hablando al teléfono… o bueno, discutiendo. Han, al verlos, cuelga el aparato sin siquiera avisarle a la persona al otro lado.
—Ferrys, cuánto tiempo sin verte; te he extrañado —le dice Han con cierto tono falso en esto último, el cual solo nota Jhon—. —Puedo decir lo mismo, Agente Han —le responde Theo mientras estrecha su mano con la de Han y le da una sonrisa auténtica, todo lo contrario a nuestra agente.
—Ustedes dos, revisen los archivos; yo iré con Anthon y buscaré la fecha. — Luego de decir esto, el detective se va dejando a los agentes trabajar. Después de cinco minutos llega a su destino. El cuarto está lleno de computadoras y, al frente, en la silla, está sentado el chico comiendo… spaghettis instantáneos. Jhon carraspea y Anthon se asusta, casi se le cae su comida, estaba tan concentrado.
—Detective —dice mientras deja la caja en una esquina y se para frente a Jhon—. ¿Qué lo trae por aquí? —pregunta mirándolo, con las manos en las caderas.
—Busca en todos lados la fecha trece de diciembre del año dos mil; no me importa dónde, como si es en la dark web, búscala —le responde Jhon con tono un poco exigente.
—Ni un “¿cómo estás?” —murmura Anthon mientras se sienta y empieza a teclear.
—¿Dijiste algo? —pregunta Jhon.
—Nada —le responde el chico dándole una mirada rápida con una pequeña sonrisa.
Anthony Miller, el chico que Jhon trajo a la agencia, es como su hijo adoptivo. Gracias al detective, el joven pudo salir del mal lugar donde vivía junto a su madre, y él se lo agradece. Jhon lo conoció cuando el joven pelirrojo intentaba robar un pequeño mercado a pleno día; iba vestido con una sudadera negra y capucha. Esto le resultó sospechoso y Jhon al instante supo que el chico quería robar. Se acercó y lo llamó:
—Oye, chico, ¿en serio intentas robar una tienda a pleno día y vestido así? ¿Podrías ser más obvio? —le dice Jhon con su típico gesto serio y un poco de sarcasmo.
El chico, asustado, lo miró con los ojos como platos e intentó negarlo.
—Yo… yo no… —el detective lo interrumpe y le enseña la placa—. ¿Soy policía, acaso quieres que te arreste por mentirme?
El chico lo mira con miedo, pero trata de ocultarlo; no se quiere dejar intimidar. Jhon se da cuenta de esto.
—Dime tu nombre —le dice el detective con tono severo, pero un poco más suave.
—Anthony… Anthony Miller, señor.
—Dime, Anthony, ¿hay algo en lo que seas bueno? Ya que está claro que robar no lo es —le dice Jhon con burla, mientras cruza sus brazos.
—Soy bueno con las computadoras… señor, soy hacker —esto a Jhon le llama la atención.
—¿Eres hacker y te consideras bueno en eso? Pruébalo —Anthony lo mira confundido—.
—¿Qué? —pruébalo —Jhon se saca un teléfono del bolsillo y se lo da—. Descodifica este teléfono; hasta ahora nadie ha podido, y si tú lo logras te daré un trabajo.
Después de eso, Jhon quedó impresionado por las habilidades del joven y le dio el trabajo que actualmente tiene. Le cogió especial cariño al pelirrojo; se preguntaba si su hijo hubiera sido así…
Después de un par de tecleos no han encontrado nada importante. Jhon está frustrado por no haber encontrado nada y se vuelve a perder en su mente como acostumbra.
«Y si lo que piensa Theo es verdad? Tal vez no es nada».
—¿Esa es la fecha que él te dio, no? —Jhon asiente con la cabeza.
—Y si no encontramos nada, ¿por qué es tuya? —El detective es sacado de su mente con esto último y mira al chico.
—¿Qué quieres decir? —pregunta intrigado.
—¡Sí! Piénsalo, él te dejó la fecha por algo. No creo que fuera por nada, y si… y si tienes que ver con algo importante sobre ti? Algo que no sabes o no recuerdas, algún documento… piénsalo.
Jhon sale de la oficina luego de escuchar esto y se va sin avisar. Aunque no quiere que sea así, su instinto le dice que el chico tiene razón, pero… ¿qué pasó ese día? Jhon llega a su casa y se dirige a la habitación que era de él y Meredith. Si hay algo, debe estar aquí y lo encontrará; está desesperado y ansioso, aunque lo mantiene bajo control. Busca en todo el lugar y no hay nada…
«¿Dónde más puedo buscar?… ¡la oficina!».
Jhon va rápidamente a la oficina de ella; hace mucho que no entraba allí y, al hacerlo, la ve detrás de su escritorio, con su computadora y sus espejuelos rosados, concentrada en su escritura… siente una punzada en su pecho, pero decide ignorarlo.
—Basta, viniste aquí a buscar algo —el detective ignora su dolor y los recuerdos y empieza su búsqueda. Se queda de pie mirando todo, ¿dónde más buscar?… cae su vista en el escritorio; se acerca a este sin muchas esperanzas, abre la gaveta grande y saca los documentos: solo son notas y cosas de los libros de Meredith. Jhon siente nostalgia y el dolor le vuelve, quiere salir, esto no le hace bien. Cuando mete todo nuevamente, se cae algo al suelo; el detective se agacha lentamente con el corazón en la boca. ¿Qué será? Lo recoge y… nada, no es nada, solo es una foto de él y ella en la playa. Jhon cierra los ojos, da un suspiro:
—Te extraño tanto, Mer… —guarda la foto nuevamente en su lugar y sale de ahí.
Una vez fuera de la pequeña habitación, Jhon no sabe qué lugar más revisar… siente que no ha revisado todo, al menos no aquí.
«Será que… no será? O sí?»
El detective sale de casa y se monta en su camioneta; tiene que visitar su viejo hogar. Unas pocas horas después se detiene frente a una gran casa estilo colonial blanca con un ahora descuidado jardín. La abandonó luego de la muerte de su esposa. Está nervioso, y la ansiedad le empeora solo estar frente a ese lugar… le duele, pero no hay tiempo que perder; tiene que entrar. Entra a pasos lentos mirando y recordando: hay malos recuerdos… y buenos también. Mer cuidando su jardín, siempre fue una amante de la jardinería… Mer jugando con su perro husky llamado Cook… Mer, Mer, Mer… Jhon, como suele hacer, aleja todos esos sentimientos y recuerdos, mira la sala de estar, no hay nada, está vacía, sigue su camino a la cocina y… ahí está un sobre encima de la mesa. El detective se acerca y lo coge en mano…
«Trece de diciembre del dos mil».
Lo ha encontrado. Jhon sale de la vieja casa y va a su auto, abre el sobre sin pensarlo mucho; tiene un ligero temblor en sus manos y… está asustado. ¿Qué dirá la carta? Si de algo está seguro, es que tiene que ver con ella. Traga en seco y empieza a leer.